El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 41.
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Eduardo Ceviche invitó a Karmen y a Gorka a acercarse a la mesa de autopsias.

Gorka no podía dejar de mirar su tupida barba blanca manchada por un pequeño trozo de chocolate que había quedado atrapado allí.

Olentzero tarareaba una antigua canción en euskera mientras se paseaba de un lado a otro de la sala.

Amaba su trabajo. Parecía el hombre más feliz del mundo, como si no le afectara en absoluto la presión mediática y policial para atrapar al monstruo que estaba sembrando de muerte el valle de Valdegovía.

—¿Nos vas a contar algo ya? —le recriminó Karmen.

El forense se acercó y señaló el cuerpo de Alma Arana tendido sobre el frío metal.

—La causa del fallecimiento es asfixia, a diferencia de las anteriores víctimas.

En el cuello he encontrado marcas de los dedos de ambas manos del asesino, pero es evidente que no ejerció la presión suficiente para rematar el estrangulamiento.

En su lugar, colocó algún cojín o almohada sobre el rostro de la víctima, una vez esta perdió el conocimiento debido a un golpe en la zona occipital del cráneo.

Los colegas de la científica me han reportado fotografías de la ventana de la terraza donde apareció el charco de sangre en el suelo.

El cristal estaba resquebrajado. He encontrado muescas de vidrio incrustadas en la cabeza.

Mi conclusión es que primero la golpeó de manera contundente contra el cristal de la ventana, lo cual provocó una hemorragia en la cabeza que le hizo perder el conocimiento.

Con la víctima ya inconsciente o en estado de estupor profundo, el agresor inició una compresión manual del cuello, probablemente para asegurarse de que no reaccionara.

Pero finalmente la asfixió con un cojín o almohada sobre su rostro.

En resumen: traumatismo craneal inicial, pérdida de conciencia y, a continuación, asfixia por sofocación.

El estrangulamiento manual fue accesorio, no la causa directa de la muerte.

Gorka se aproximó al cuerpo.

—Cambió de opinión cuando la estaba matando —sostuvo—. Igual que cambió de opinión y no llevó a cabo el ritual completo que había usado con las tres primeras víctimas.

—Es probable, sí —refrendó Olentzero—. Las otras víctimas mostraban una violencia menos controlada. Con Alma no. Casi podría decirse que no quería que sufriera.

Gorka se situó junto al rostro de Alma Arana y observó las marcas en el cuello.

De nuevo aquella extraña sensación de haber perdido a alguien cercano.

Había algo en ella que le había devuelto la calma durante la breve conversación que tuvieron.

Le hubiera gustado preguntarle tantas cosas sobre su enfermedad. Ahora ya daba igual.

—¿Y qué pasa con el tobillo derecho? —quiso saber Karmen.

Olentzero lo señaló con el dedo y dibujó un arco en el aire alrededor de él.

—Nuestro asesino comenzó a realizar el corte en ese tobillo, sí. De hecho, es un buen tajo, no os creáis. Utilizó un machete compatible con el empleado con las otras tres víctimas. Pero, no me digáis por qué, en el último momento se echó para atrás.

—O alguien le sorprendió cuando se disponía a hacerlo —apuntó Karmen—. Gorka, puede que llegaras en el momento en que iba a realizar la amputación.

Gorka volvió a observar el cadáver.

—No. No fue por mí. Ha variado conscientemente el patrón, estoy convencido.

Karmen no se atrevía a hablar claro del todo. Sabía que Gorka estaba afectado por la muerte de la neuróloga.

—Igual se arrepintió en el último momento y no quiso cortarle los pies —teorizó.

—No. Un asesino ritual no se arrepiente. No ha querido violentar el cuerpo de Alma. Con ella ha optado deliberadamente por un escenario más discreto. No la ha castigado. No la ha exhibido como a las otras.

—Quieres decir que con Alma… ha hecho algo distinto —concluyó ella.

El forense se dio cuenta de la mancha de chocolate de su barba e intentó limpiarla con disimulo.

—Puede que la conociera más de lo que pensáis —propuso.

Gorka se apartó de ellos y salió de la sala.

Sentía que el edificio entero se le caía encima.

Se encerró en los aseos y rompió a llorar.

No podía dejar de pensar en Alma. Por algún extraño motivo, aquella pérdida le había hecho reconectar con la de su madre, años atrás.

Las dos habían muerto en circunstancias horribles.

Abrió uno de los grifos y dejó el agua correr. No podía permitirse flaquear ahora.

—¿Te encuentras bien? —preguntó una voz detrás de él. Era Karmen. Lo había seguido hasta allí.

—Sí, sí, es que me ha afectado encontrar muerta de esa manera a la víctima. Pero ya se me pasa.

No es nada.

Karmen dudó un instante, pero finalmente se acercó y lo abrazó. No podía soportar ver a Gorka sufrir así.

Él se quedó sin palabras. No se esperaba ese gesto.

Karmen enjugó sus lágrimas con el dorso de su mano.

Aquel gesto íntimo lo sacudió como una corriente eléctrica de mil voltios y desencadenó un impulso imposible de resistir.

Gorka acercó los labios al rostro de Karmen. Deseaba besarla. Lo necesitaba.

En ese momento la puerta del baño se abrió y entró uno de los asistentes de Olentzero. Karmen se apartó de Gorka con disimulo.

Ambos salieron a la calle y se encaminaron hacia la parada del tranvía, para dirigirse a la comisaría. Ninguno abrió la boca hasta que ya habían subido.

Fue Karmen la que rompió aquel incómodo silencio.

—Creo que el segador sigue manteniendo el patrón, Gorka —dijo —. Los tiempos cuadran. Con toda probabilidad al llegar tú a la casa de Alma, interrumpiste lo que estaba a punto de hacer. Me da igual que la asfixiara en vez de ahogarla. Le iba a amputar los pies.

Gorka la miró de reojo. Karmen se estaba comportando como si no hubiera estado a punto de suceder algo entre ellos en los aseos del juzgado. ¿Había ella llegado a percibir su deseo?

Decidió actuar como si no hubiera pasado nada.

—No estoy de acuerdo. Ha variado demasiadas cosas del patrón. Alma era distinta a Ana, a Sandra y a Mila. No ha querido recrearse con ella.

—Si tú lo dices…

Gorka la observó con calma. El sol atravesaba la ventanilla del vagón e iluminaba el rostro de Karmen. De nuevo toda su atención se centró en sus labios.

Pero consiguió apartar la mirada.

Comisaría de Lakua

Gorka se encerró en su despacho y dio orden de que no le pasaran llamadas.

Llevaba un buen rato analizando la fotografía que Hipatia había extraído del recorte de periódico del homenaje a Zuriñe Aranburu.

Observó uno a uno los rostros de los adultos que aparecían junto a los niños.

Algunos le resultaban vagamente familiares.

De repente, su teléfono móvil comenzó a vibrar. Al otro lado de la línea, la voz grave de un hombre se coló en la sala.

—¿Subinspector Larssen?

—Sí, soy yo.

—Soy Aitor Serrano, jefe de estudios de Gobea Ikastola, la escuela de Villanueva. La agente Abasolo me ha pasado con usted.

Iba a matar a Sua. ¿Cómo se le ocurría darle su número privado a alguien sin su consentimiento? La buscó al otro lado del cristal que separaba su despacho de la zona común. Sua estaba en su mesa y lo miraba con una sonrisa pícara dibujada en su rostro. Portaba un cartel escrito a mano.

«Es importante».

—¿Por qué quiere hablar conmigo, Aitor?

—La agente Abasolo me ha pedido que buscara la lista de asistentes que acudieron a la noche de exploradores que se celebró en octubre de hace veinte años, cuando lamentablemente murió la profesora Zuriñe Aranburu.

Gorka volvió a mirar a Sua. Tenía que reconocer que a veces sentía que iba dos pasos por delante de él en cada investigación. Ella le guiñó un ojo.

—Sí, dígame…

—El caso es que ha sido bastante difícil, puesto que no solo fueron veinticinco alumnos y cinco profesores, sino que también participó gente de la parroquia, de los grupos de catequesis.

El caso es que he conseguido encontrar una lista de personas que se apuntaron inicialmente, pero no son todos los que finalmente fueron.

Mucha gente del pueblo y de otros pueblos de alrededor se solía apuntar en el último momento. Se la acabo de enviar por WhatsApp.

Gorka comprobó que decía la verdad. Enseguida localizó los nombres de Zuriñe Aranburu y Hermelinda García de Vicuña, la mujer de Imanol Barandika, así como la del propio hostelero.

Leyó y releyó los nombres de los menores de edad y de los demás maestros, pero no le sonaba ningún nombre.

De repente, al leer uno de los nombres, le dio un vuelco el corazón.

Alma Arana.

Había estado allí aquella noche. Pero ¿por qué? ¿Qué pintaba allí la neuróloga?

—Gracias, Aitor. Si consigue la lista definitiva o descubre cualquier cosa que le parezca rara, por favor llámeme sin falta, por poco importante que le parezca.

—De acuerdo, así lo haré.

Se despidió de él y volvió a analizar la foto. ¿Se encontraba entre todas aquellas personas el segador?

Un pensamiento acudió raudo a su mente.

«No está castigando lo que son. Está castigando algo más».

Miró de nuevo a Sua a través del cristal, pero no la encontró. Su instinto le decía que el segador iba a volver a matar. El aviso acústico de un mensaje entrante en su teléfono móvil lo sobresaltó.

Era de Marieta, la mujer de su tío Serafín.