El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 40.
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Al salir de la comisaría, se encontró a Razvan Petrescu en la puerta, despidiéndose de otro hombre. Gorka lo reconoció: era uno de los abogados penalistas más prestigiosos de la ciudad. Se preguntó cómo podía permitirse sus honorarios. Al pasar a su lado, Razvan lo agarró del brazo.

—Hola, señor subinspector.

Gorka se apartó y consiguió zafarse de él.

—Hola, Razvan. ¿Qué tal está? ¿Y Florina?

—Florina bien, señor. Ya le explicó a la señora inspectora que era algo que nos gustaba hacer a nosotros…

—Sí, sí. He leído el informe con las declaraciones de su mujer.

—Y yo… pues ya sabe. Haciendo una visita a la comisaría —confesó con una leve sonrisa—. A veces pienso que debería ponerle mi nombre a una de esas taquillas que utilizan los compañeros de usted y guardar ahí mis zapatillas de andar por casa.

Gorka analizó su mirada. Los ojos del antiguo escolta de Mila Rodríguez eran los de un reptil, acostumbrado a moverse en las sombras sin ser detectado. Aunque de vez en cuando cayera en alguna trampa.

—Espero que sea lo que sea se resuelva pronto —le dijo.

—Yo también lo espero. Mi abogado me ha dicho que el interrogatorio ha ido bien. Yo estaba un poco nervioso, pero ha ido bien.

Durante un instante, temió que se le hubiera pasado por alto ese interrogatorio.

—Pero… no es nada relacionado con la investigación, ¿verdad?

—No, no. Uno, que hace negocios porque confía en la gente y luego resulta que el dinero venía de un mal asunto. Ya he explicado a la señora policía que me ha preguntado que soy inocente, que yo no sabía nada de dónde había salido el dinero. Mi abogado dice que he respondido bien.

—Bueno, si es usted inocente, puede estar tranquilo.

El hombre esbozó media sonrisa, y clavó los ojos en los de Gorka.

—Bueno, señor. Inocente, inocente… ustedes ya conocen mi vida. Uno tiene que sobrevivir. Más ahora que me he quedado sin el trabajo de la señora Mila.

—Ya…

—He hecho cosas muy malas en mi vida. Miró al suelo y volvió a levantar la vista.

—Pero hay hombres peores que yo.

Gorka sintió cómo se le erizaba el vello de los brazos.

Aquella confesión destilaba cierta ternura incómoda, impropia de alguien como Razvan.

Pero, en el fondo, lo que le resultaba aterrador era que probablemente lo que decía era verdad.

Razvan se había dedicado al trato de blancas y a distintos asuntos turbios que tal vez solo fueran la punta del iceberg de su actividad delictiva.

Sin embargo, no había ninguna prueba que lo conectara con los asesinatos y mutilaciones de las víctimas del segador.

¿O tal vez se estaba dejando engañar por aquella impostada pose de inocente víctima del sistema?

—Estoy harto de ciudad —continuó—. Un amigo me deja trabajar unas tierras por la zona de Valdegovía. Huerta, gallinas… cosas así. Necesito tranquilidad.

—Me parece una idea genial —dijo Gorka.

El abogado regresó y volvieron a entrar en el edificio.

Miró el reloj. Tenía que darse prisa si quería llegar a tiempo.

La Avenida Gasteiz, una de las arterias más importantes de Vitoria, lo recibió con una bocanada de viento gélido.

El sol brillaba con fuerza, lo cual no impedía que la temperatura hubiera descendido varios grados de manera súbita.

Se abrochó la cazadora y apretó el paso.

El palacio de justicia asomaba al final de la calle, como un imponente gigante de acero y cristal que parecía engullir todo a su alrededor.

Había quedado allí con Karmen. Al parecer, Olentzero tenía ya resultados de la autopsia de Alma.

Aún no podía creer que estuviera muerta.

Una moto estuvo a punto de arrollarlo cuando estaba cruzando un paso de cebra. Intentó memorizar la matrícula, pero no le dio tiempo. Volvió a mirar la hora y caminó deprisa hacia el edificio de los juzgados.

Desde la fría superficie de una camilla de autopsias, Alma clamaba justicia. Se prometió a sí mismo que encontraría pronto al segador. Le cortaría la cabeza con su propia hoz en cuanto lo tuviera delante.