39.
Gorka Larssen frenó en seco delante de la casa de Alma Arana y avanzó deprisa hacia la puerta.
Vio el coche de la neuróloga aparcado en un lateral.
Todo parecía normal, pero algo no encajaba.
Cuando pulsó el timbre, se dio cuenta de qué se trataba.
Se volvió y observó las marcas recientes de neumáticos que se detenían de manera abrupta a dos metros de la entrada.
Las siguió con la vista y comprobó que no llegaban hasta el coche de la médica. No eran del mismo vehículo.
Llamó insistentemente, pero nadie respondió.
Rodeó el edificio y escudriñó el interior a través de las ventanas.
Al llegar a la parte trasera se encontró la puerta ligeramente entornada.
Su instinto lo puso en alerta y desenfundó el arma.
Accedió al interior mientras la empuñaba, y procuró no hacer ruido.
No detectó nada extraño al atravesar la cocina, pero no bajó la guardia.
Se internó en el salón y fue entonces cuando lo vio.
Un enorme charco de sangre bañaba el área del parqué situada bajo el ventanal de la terraza.
Uno de los cristales aparecía resquebrajado y manchado probablemente por la misma sangre.
Miró a su alrededor con el pulso desbocado.
Nada estaba en su sitio. Había documentos y libros tirados por todas partes.
Observó de nuevo el vidrio. Había habido un forcejeo.
Buscó una señal que le indicara hacia dónde debía encaminarse.
Enseguida la encontró. Al otro lado de la ventana, el reguero de sangre continuaba y se internaba en el bosque.
Corrió al exterior y lo siguió. Pero el rastro se cortaba allí.
Frente a él, el riachuelo que bordeaba el caserío murmuraba con brío empujando el agua contra las rocas.
Durante unos instantes dudó de si había tomado la dirección correcta.
A lo lejos creyó ver algo blanco tendido en el suelo. Era un cuerpo.
Se quedó sin aire.
«Dios mío».
Alguien lo había depositado sobre un pequeño puente de madera que cruzaba el arroyo.
Sus ojos abiertos miraban, sin ver, las copas altas de los árboles.
Uno de sus brazos se hallaba parcialmente sumergido en el agua.
Se fijó en sus tobillos. Había un corte profundo que abarcaba todo el perímetro del derecho, pero sus pies no habían sido amputados y estaba completamente vestida. Parecía dormida.
Si no fuera por la sangre viscosa que resbalaba por su rostro. Corrió hasta ella y le tomó el pulso.
Inexistente.
Alma Arana estaba muerta.
En la otra orilla, encontró de nuevo otra hoz. Pero esta vez no presidía la escena ni estaba en el agua. Al contrario. No estaba colocada. Le dio la impresión de que la había abandonado allí.
Tuvo que tomarse un tiempo para asumir la situación. No podía dejar de mirar el cuerpo. Una sensación de absoluta pesadumbre lo envolvió.
Impactado aún por el hallazgo, llamó a Karmen.
—Dime, Gorka.
Tardó un par de segundos en poder hablar.
—La ha matado, Karmen… El segador. Ha matado a Alma Arana. Ha tenido que ocurrir hace poco, la sangre aún no se ha secado.
A Karmen le costó un momento procesar la información.
—¿Cómo? ¿Dónde estás, Gorka?
Él apenas podía hablar. El corazón se le desbocaba y las lágrimas asomaban insistentes a sus pupilas.
—Estoy en su casa… Te acabo de enviar la ubicación. Había quedado aquí con ella para hablar de Zuriñe Aranburu. Me dijo que tenía algo importante que contarme de lo que le pasó.
—Dame un momento, Gorka, no me cuelgues.
Gorka escuchó a Karmen gritar a alguien de la comisaría para que mandaran refuerzos inmediatamente y una ambulancia.
—Gorka, ya estoy contigo. Voy de camino al coche. No te muevas de ahí. Insisto, no te muevas y estate alerta por si él está aún cerca. Voy a avisar también a Abasolo.
Karmen llegó al bosque poco después de que lo hicieran las cuatro patrullas de la Ertzaintza a las que había ordenado acudir para montar el dispositivo.
La ambulancia tardó solo diez minutos más en aproximarse.
Tras ella, un furgón policial con cuatro agentes de la unidad científica enfundados en sus uniformes blancos se dispuso a recabar las primeras pruebas.
Karmen se dirigió a la pareja de miñones que habían acudido a la llamada de emergencia. Eran los mismos que se había encontrado en el control a la entrada de Espejo el día que se entrevistó con la dueña de la casa rural.
—Miñón Landa —recordó el nombre del que le había atendido la otra vez—. Usted y su compañero conocen bien el bosque, ¿verdad?
El policía asintió nervioso. Los dos miñones llevaban las botas embarradas hasta media suela, como si hubieran atravesado un tramo del arroyo. Ninguno era capaz de mirar el cadáver. Karmen tuvo la sensación de que aquella situación les venía grande.
—Sí, señora.
Karmen señaló a dos de los ertzainas que se habían desplazado desde Vitoria.
—Hagan el favor de formar equipo con el agente González y con Urrutia. Rastreen el bosque de cabo a rabo, no descarto que ese cabrón se haya escondido cerca. Es muy peligroso. Tengan cuidado.
Los dos le respondieron al unísono.
—A la orden, señora.
Mientras los cuatro se alejaban y organizaban una batida, Karmen ordenó a otras dos de las patrullas que organizaran controles en la carretera que unía Valdegovía con los pueblos aledaños.
Sabía que era una medida desesperada y en cierto modo ingenua.
Habían pasado cincuenta minutos desde la llamada de Gorka.
El segador había tenido tiempo de desaparecer.
Vio a Gorka cerca del puente, con los brazos cruzados sobre su pecho. Desde lejos, pudo percibir un ligero temblor en su brazo derecho, pero optó por no decírselo.
Gorka no dejaba de mirar el cadáver.
—Hay algo muy raro.
—¿Qué ocurre?
—No le ha amputado los pies, Karmen. Tenía la ropa puesta y tampoco he encontrado ningún abalorio en su cuello, o en sus manos. Ni rastro de barro en su boca o en el pelo. He procurado no tocar nada.
Karmen miró de reojo el cuerpo.
—Pero entonces… ¿por qué estás tan seguro de que ha sido el segador? Gorka señaló las piernas de la neuróloga.
—Uno de los tobillos tiene un corte profundo en todo el perímetro. Da la sensación de que se ha arrepentido en el último momento y no ha querido amputárselos. Además, ha dejado otra hoz similar a las anteriores. Aunque también hay algo muy extraño en esto.
—¿Por qué?
Señaló con el brazo la otra orilla.
—¿La ves allí? Está alejada del cuerpo. No está integrada en la escena. Como si quisiera diferenciar a Alma de las otras víctimas y a la vez deseara dejar claro que ha sido él.
—Ha roto el patrón —masculló ella.
—No creo que sea una ruptura. Lo ha variado.
—¿Y por qué lo ha hecho? Gorka miró a Karmen a los ojos.
—Alma sabía algo de Zuriñe Aranburu. En su mensaje me dejó caer que su muerte no fue en realidad como estableció la versión oficial.
La inspectora se dio cuenta de que un pequeño espasmo estaba haciendo latir el brazo derecho de Gorka.
—¿Crees que la ha matado en un arrebato para silenciarla?
Gorka tragó saliva. Sus ojos estaban húmedos. No podía dejar de pensar en el dulce olor del pastel que estaba cocinando Alma cuando la conoció.
«Pregunte por los adultos», le había aconsejado ella. Aquellas palabras cobraban fuerza y lo arañaban por dentro.
—Lo único que sé es que ha variado el patrón. Y eso solo puede significar dos cosas: o no lo tenía planificado y no tenía tiempo de llevarlo a cabo, o no ha querido mutilar a Alma Arana por alguna razón.
Karmen observó a Gorka, que parecía abatido por la muerte de la neuróloga. A continuación, contempló con detenimiento el cuerpo inerte de la víctima.
Un cuervo se posó sobre la hoz. Picoteó la madera durante unos segundos y se acercó caminando al cuerpo de Alma Arana. Karmen lo espantó de una patada y alzó el vuelo.