El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 38.
71%

38.

El runrún del caudal embravecido del arroyo acompañaba sus pasos mientras, a poca distancia de la orilla, Alma Arana aprovechaba que aún había luz y colgaba la colada sobre la cuerda que meses atrás había colocado entre los troncos de dos hayas.

Prefería aquel tendedero improvisado antes que recurrir a la secadora, que siempre encogía la ropa.

Además, tan solo tenía que andar unos cuantos metros hasta llegar allí.

Desde la puerta trasera del caserío apenas tardaba un par de minutos.

Colocó las pesadas sábanas blancas con cuidado, mientras trataba de que no se formaran arrugas.

Cada vez le costaba más realizar aquel trabajo, pero ni se le había pasado por la cabeza renunciar a él.

Había algo poético en aquella labor sencilla, y, por algún motivo, le ayudaba a relajarse y a pensar con claridad mientras la llevaba a cabo.

Aunque en los últimos días nada le podía aliviar la preocupación que la atormentaba.

Necesitaba hablar cuanto antes con el subinspector Larssen.

Miró el reloj. Aún faltaba un buen rato para que llegara.

Esperaba que le diera tiempo a recoger un poco el salón.

El crujir de las ramas detrás de ella hizo que se sobresaltara.

Volvió la vista, convencida de que el policía había llegado antes de tiempo, pero no vio a nadie.

Escuchó en silencio unos segundos más y prosiguió con su tarea.

Al cabo de unos segundos, creyó oír los pasos de alguien sobre la hojarasca.

Pensó en una alimaña que la acechaba. Agarró una rama del suelo, pero eso no evitó que se sintiera vulnerable, así que decidió darse prisa en regresar.

Terminó enseguida y retornó a la casa con paso ligero.

Entró por la puerta trasera, dejó el cubo de la ropa en la cocina y fue directa al salón.

Se detuvo en seco cuando vio todo revuelto.

Alguien había abierto el aparador, los cajones del armario del televisor, y varios libros y papeles aparecían dispersos por el suelo.

Una de las carpetas que guardaba junto al reloj de pared estaba destrozada y había sido completamente vaciada.

Asustada, buscó su móvil para pedir ayuda.

Fue entonces cuando lo vio. Había estado allí todo el tiempo. En la butaca de lectura, observándola.

—¿Cómo has entrado?

—No deberías haber vuelto.

El hombre se levantó y fue acercándose lentamente hacia ella. De manera instintiva, ella se colocó detrás de la mesa.

—La policía está de camino.

Aquellas palabras lo hicieron detenerse en seco.

La neuróloga aprovechó aquel instante para hablar.

—Sé que lo que pasó aquella noche con Zuriñe Aranburu no fue un accidente. Él permaneció inmóvil.

—Te conozco demasiado bien —continuó ella—. Conozco cómo la mirabas. Sé lo que significaba para ti que siguiera haciendo preguntas sobre San Jerónimo.

Alma tragó saliva.

—Cuando encontraron los cuerpos de esas mujeres comprendí que llevaba años engañándome.

Lo entendí todo. Habías vuelto a hacerlo.

Él seguía sin decir nada.

—Aquella noche apareciste empapado y no fuiste capaz de sostenerme la mirada cuando te pregunté qué te había pasado.

Aquellas palabras activaron algo en él.

—Nunca lo entendiste —dijo él, mientras bordeaba la mesa—. No todos hemos sobrevivido igual de bien que tú. Tú pudiste marcharte.

Alma trató de abrir la puerta de la terraza. Por allí podría escapar al bosque. Sintió el aliento caliente de él en la nuca.

No le dio tiempo.

En el exterior, el viento arrancó una de las sábanas de las cuerdas y acabó cayendo al arroyo. En ese mismo instante, un golpe seco hizo vibrar el cristal de la terraza. El agua se la tragó.