37.
Comisaría central de Lakua, Vitoria-Gasteiz
Karmen Ayala estaba de mal humor. El comisario Berrosteguieta había decidido jubilarse definitivamente en cuanto detuvieran al segador, y no le daba tregua.
¡Como si ella no quisiera cazarlo antes que nadie!
Por si esto fuera poco, el juez Mendiola la había requerido para que facilitara cuanto antes el protocolo de localización de Kepa García.
El juez sabía lo del rastreo. Y eso solo podía significar una cosa.
Al principio no había querido creerlo, pero, tras unas indagaciones, había llegado a la conclusión de que alguien del equipo había solicitado a los de la unidad de informática que averiguaran la ubicación del móvil.
Sin autorización judicial. Tras interrogar al agente Mikel Olazuri, había dado con la responsable de aquella irregularidad: Sua Abasolo.
Ahora la tenía frente a ella, en el despacho de la comisaría. ¿Cómo había sido capaz de hacerlo? ¿Cómo había podido cometer un error de tal magnitud?
—¿En qué momento se te pasó por la cabeza que era buena idea hacerlo sin autorización judicial?
—le gritó.
Sua bajó la mirada.
—Tenía el pálpito de que el segador podía ser Kepa García, oficial.
—Y para eso te pasaste por el forro el decirme nada. ¡A tu superiora, Abasolo!
—No había tiempo que perder, oficial. Solo pensé en atrapar cuanto antes al segador. Karmen dio un golpe en la mesa con el puño.
—¡No! Lo hiciste porque te querías llevar la gloria, ser tú la que lo detenía. Sua, no me vengas con eso. Te conozco. ¡Que no es la primera vez que te saltas el deber de obediencia!
Intentó defenderse.
—Eso no es así…
Karmen no la dejó terminar. Estaba harta.
—¿Tú qué te pensabas? ¿Que no me iba a enterar? ¿Te crees que soy idiota?
La agente levantó la mirada. La inspectora tenía razón, la había cagado, pero bien.
—Lo siento…
Karmen deseaba suspenderla de empleo y sueldo, pero sabía que aquello solo destaparía un escándalo que acabaría con ellos. No se lo podía permitir. No ahora. Tenían que atrapar al segador.
—De momento el juez Mendiola ha aceptado mis explicaciones. Le he dicho que ha sido un error en la solicitud de la autorización. Le he pedido tiempo para aclararlo. Pero esto terminará saltando. Debería echarte del equipo ahora mismo. Y suspenderte de sueldo.
Sua estaba al borde de las lágrimas.
—Si es lo que tienes que hacer, acepto las consecuencias. Era la primera vez que la veía de esa manera.
—Si no te expulso es por el bien de la investigación y por no montar un circo de cara a la prensa. Pero esto no te va a salir barato. Estoy harta de que te comportes de esta manera. ¿Es que no te das cuenta de que nos pones a todos en la cuerda floja?
Sua asintió. Una lágrima resbaló por su mejilla derecha.
—Deja de llorar y ponte a trabajar. Consigue que Eneko Sagasti te cuente de una vez todo lo que ha averiguado sobre la investigación que estaba llevando a cabo con Ana Rodríguez.
Tiene que saber algo. Tiene que haber un hilo del que podáis tirar para descubrir quién está detrás de todo esto. Y ten cuidado, por favor.
—De acuerdo, oficial —contestó.
Karmen la tomó del brazo antes de dejarla ir.
—Sua, eres una buena policía, de eso no me cabe duda. Contribuiste a resolver el caso de los crímenes del pantano, a pesar de haberte puesto en peligro. Lo valoro mucho, aunque me desobedecieras.
—Gracias, señora.
—Ahora bien: no vuelvas a joderme o te juro que será el fin de tu carrera en el cuerpo. ¿Me entiendes?
Sua le dio las gracias y salió del despacho. Sabía que había decepcionado a la inspectora. Otra vez. Su futuro profesional estaba cada vez más negro. No iba a aguantar ni una tontería más de Eneko Sagasti.
Salburua, Vitoria-Gasteiz
Gorka Larssen volvió a activar el código de seguridad del ordenador con el que se comunicaba con Hipatia desde su casa. Tras varios mensajes, había conseguido quedar con ella en conectarse a esa hora, pero la hacker estaba tardando demasiado en entrar a la sesión.
Un ligero parpadeo hizo aparecer la imagen virtual de Hipatia durante un segundo, pero se desvaneció enseguida.
—¿Hipatia? ¿Estás ahí? —preguntó.
Un amago de voz femenina se coló en la habitación.
—¿Gork… me… escuch…?
Algo raro estaba sucediendo. Era la primera vez que la conexión no era fluida.
Gorka salió y volvió a entrar, mientras un ligero temblor se instalaba en su pierna derecha. No dejó que fuera a más.
—¿Hipatia?
Los rasgos relucientes de la pirata informática por fin se mostraron en pantalla.
—Alguien nos estaba escuchando, Gorka. O al menos, lo ha intentado. El rostro de Gorka se desdibujó.
—¿Cómo?
—Lo que oyes. No sé qué ha sido. Pero no me gusta.
Gorka observó la imagen virtual de Hipatia. Volvía a parpadear.
—¿Sabes algo más de Hans?
—No. Solo lo que te mandé. He intentado rastrear de nuevo las comunicaciones del CNI, pero no he encontrado nada.
—O se han dado cuenta de que les estabas espiando. Hipatia enmudeció durante unos segundos.
—He encontrado algo de lo que me encargaste —le dijo al fin—. Y creo que te va a interesar.
Gorka tragó saliva. Había revisado con atención el atestado de los agentes que encontraron el cadáver de Zuriñe Aranburu flotando en el río tras haberles dado aviso Hermelinda, la mujer de Imanol Barandika.
De eso habían pasado veinte años. Aparentemente, todo encajaba.
Ahogamiento fortuito. Eso era lo que decía el informe.
Solo un detalle unía en principio a las dos mujeres: ambas eran catequistas y profesoras del mismo colegio en Villanueva.
Un hilo demasiado fino. ¿Por qué Zuriñe fue a nadar al río en plena noche y en el mes de octubre?
¿Qué hacía Hermelinda en plena madrugada allí cuando descubrió el cuerpo?
Hipatia lanzó a la pantalla un recorte de periódico fechado seis días después del hallazgo del cuerpo. En la foto central de la noticia, un grupo de adultos y niños compungidos comparecía ante un retrato de Zuriñe en lo que parecía ser la capilla del colegio de Valdegovía.
«El profesorado y los alumnos del colegio de Villanueva rinden sentido homenaje a la maestra Zuriñe Aranburu», rezaba el titular.
Gorka no entendía por qué Hipatia quería mostrarle aquella noticia.
—A priori no me llama la atención nada —se quejó. Hipatia no tardó en responder.
—Sigue leyendo, no seas impaciente.
«El jefe de estudios ha organizado un emotivo homenaje a la profesora desaparecida durante la celebración de la noche de exploradores, una popular excursión nocturna que el colegio y las parroquias del municipio llevan celebrando desde hace cinco años en el parque natural de Valderejo.
Zuriñe Aranburu fue hallada por un miembro del equipo docente flotando en las aguas del río Purón la madrugada del cinco de octubre, después de que el personal del colegio organizara una batida improvisada para encontrarla.
Alumnos y profesores han lamentado su pérdida con desaliento, pues Zuriñe Aranburu era muy querida».
—¿Una excursión nocturna por el parque natural de Valderejo? —repitió Gorka.
—Sí, por lo que he podido averiguar se trata de una noche muy especial organizada por el grupo de boy scouts de la escuela, en la que también participaban los distintos grupos de catequesis de las parroquias del valle.
Les enseñaban técnicas de exploración y de supervivencia.
Ese fue el último año que se celebró, por motivos obvios.
Gorka arrugó la frente.
—Pero algo no me cuadra. Mateo, el hermano de Zuriñe, le contó a Karmen que le extrañaba que su hermana fuera a nadar al río en pleno mes de octubre. Si Zuriñe participó en esa excursión, creo que se lo hubiera dicho a Karmen.
—Sí, es raro que no le contara nada. Pero eso no es lo más extraño. Mira lo que he encontrado en esta otra noticia.
La hacker envió a la pantalla el fragmento escaneado de una hoja de otro rotativo, fechado tres días después de que el cadáver de la profesora fuera encontrado.
«Nadie en el colegio de Villanueva se explica lo acaecido con la profesora fallecida Zuriñe Aranburu.
Según diversos testimonios, era una experta nadadora.
Los testigos interrogados por la Ertzaintza apuntan a que la excursión nocturna se desarrolló sin contratiempos y con buen ambiente por parte de todos.
Un menor vio gritar a la profesora con el dueño de un establecimiento hostelero de Espejo, encargado de llevar el avituallamiento de alumnos y docentes.
El motivo aparentemente fue la calidad de los bocadillos, pero la policía concluyó que fue algo anecdótico.
La autopsia ha dictaminado que Zuriñe Aranburu murió ahogada y sin signos de violencia. »
Gorka se quedó rígido frente a la pantalla.
—¿Crees que se refiere a Imanol Barandika, el dueño del bar de Espejo?
—Tiene que ser él. En esa época era el único establecimiento hostelero abierto en Espejo. Lo he comprobado.
Gorka releyó el artículo.
—¿Y si no discutían por lo que creemos?
Miró el reloj. Aún faltaba hora y media para que Alma Arana lo recibiera en su casa del bosque, pero no podía esperar más.
Se despidió de Hipatia y corrió hacia el coche.
¿Tendría Alma más información de lo que sucedió con Zuriñe Aranburu aquella fatídica noche?
¿Era eso de lo que le quería hablar? Encendió el motor y puso rumbo a Villanueva.
Mientras conducía, un terrible presentimiento se le instaló en la boca del estómago.
¿Y si Ana Rodríguez no era la primera víctima del segador?
¿Y si Zuriñe fue la primera?
El bosque se cerraba sobre la carretera como una boca oscura. Pisó el acelerador.