36.
Bajó del tranvía y se dirigió a su casa.
Por el camino, una bandada de diez cigüeñas surcó el cielo, proveniente del cercano humedal de Salburua.
Mientras las miraba, todo enmudeció a su alrededor.
En un breve instante, los sonidos del tráfico y de los transeúntes desaparecieron de su radar auditivo, como si el mundo hubiera quedado atrapado por un espeso manto de silencio.
Conocía de sobra aquel maldito preludio.
Para cuando quiso darse cuenta, un fuerte temblor se había apoderado de su pierna derecha. Caminó lo más rápido que pudo y consiguió llegar antes de que se desencadenase un ataque mayor.
La puerta de la calle estaba abierta.
Con cautela, desenfundó el arma a la vez que intentaba controlar los espasmos. Accedió y revisó la planta baja, convencido de que había alguien dentro. Subió las escaleras e hizo lo propio con la planta de arriba, pero no encontró nada.
Comprobó el sistema de seguridad: la alarma estaba desconectada. ¿Se le había olvidado activarla?
Se dirigió hacia el despacho desde el que contactaba con Hipatia. Afortunadamente, la puerta electrónica continuaba cerrada. Tecleó la clave de seguridad y se lanzó sobre la silla. Realizó una serie de respiraciones profundas hasta que el temblor redujo su intensidad.
Cuando consiguió hacerlo desaparecer, se fijó en una de las pantallas. Era un mensaje emitido por Hipatia hacía una hora:
—Gorka, tu padre está en Bilbao.
Le costó asumir el significado de aquellas palabras. Notó cómo la respiración volvía a acelerarse. Releyó la frase varias veces. ¿Era posible que Hans se encontrara a tan solo sesenta kilómetros de allí?
El mensaje iba acompañado de un vídeo. El temblor regresó a su pierna.
Lo abrió y confirmó la información. Se trataba de un fragmento de un programa estrella de la televisión vasca.
Una reportera entrevistaba a varias personas congregadas en la plaza Miguel de Unamuno del Casco Viejo.
Tras ellas, sentado en una terraza de un bar, un anciano se tomaba un café mientras ojeaba un ordenador portátil.
Sin duda era él.
El mismo anciano de la grabación de San Sebastián. El mismo rostro demacrado. Volvió a dudar de si tal vez estuviera enfermo.
Fijó la atención en él. ¿Había sido Hans tan ingenuo como para cometer semejante torpeza con la televisión emitiendo en vivo a pocos metros de él?
De repente, el hombre alzó la vista y miró directamente a cámara. Parecía estar diciendo algo.
¿Estaba sonriendo?
El vídeo terminaba justo en ese momento. Volvió a reproducirlo y detuvo la grabación en el preciso instante en el que Hans parecía estar mirando intencionadamente a la cámara. Una clara sonrisa aparecía dibujada en sus labios, justo antes de abrirlos.
Gorka notó cómo el temblor se extendía a la otra pierna. ¿Era posible que EL DRAGÓN, uno de los criminales más perseguidos por las agencias internacionales de inteligencia estuviera sonriendo tranquilamente en aquel programa de máxima audiencia?
Volvió a ver el vídeo. Necesitaba saber qué era lo que Hans había dicho. Lo reprodujo varias veces.
Eran solo dos segundos. Una sola palabra. Pero no tuvo ninguna duda de cuál era.
«Gorka».
Agarró con fuerza el brazo izquierdo para que toda la atención de su cerebro se dirigiera allí. Le costó un minuto largo detener los temblores. Cuando lo logró, miró de nuevo a la pantalla. El corte del vídeo se estaba reproduciendo en bucle. Lo hizo desaparecer y escribió a Hipatia.
—Vamos, Hipatia. Contesta…
Lo intentó hasta en tres ocasiones, pero no hubo respuesta. Buscó en Internet. El programa se había emitido la noche anterior y la grabación en la calle era también de ese mismo día. Regresó al mensaje que le había dejado la hacker . Con las prisas, no había terminado de leerlo al completo.
—Ten mucho cuidado. He detectado un mensaje de alerta emitido por el CNI.
Gorka leyó el fragmento que Hipatia había conseguido capturar de una comunicación cifrada de la agencia de inteligencia. Se quedó petrificado.
«El dragón ha regresado y está de caza. Protocolo activado».