El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 35.
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Un silencio denso cubría cada rincón de la redacción de Radio Vitoria, sumiéndola en una inquietante atmósfera lóbrega que poco tenía que ver con el bullicio diario al que estaban acostumbrados.

Todos los trabajadores permanecían en sus puestos, tecleando los ordenadores y realizando llamadas, pero nadie alzaba la cabeza más de lo estrictamente necesario.

La noticia del asesinato de Sandra Eskibel había caído como una losa y nadie escondía su desasosiego.

De vez en cuando alguna mirada se dirigía al despacho de Blanca Arriaga, donde Gorka y Karmen entrevistaban a Aritz de Lafuente, el asistente de Ana Rodríguez.

—Aritz, ¿dónde estabas ayer entre las siete de la tarde y las dos de la madrugada?

El joven presentaba un aspecto demacrado. Sus ojos eran dos pozos negros carentes de expresión.

Daba la sensación de que no hubiera pegado ojo.

—Ya se lo he contado a la agente que me ha llamado antes. Karmen carraspeó. No estaba para juegos.

—Ahora cuéntamelo a mí —le exigió.

—Estuve en la redacción hasta las seis. Luego me fui a casa, había quedado con mi novia, estuvimos allí hasta las siete y media. Luego la acompañé hasta el trabajo en coche. Entraba a currar a las ocho en la Mercedes.

—¿Tu novia?

—Sí. Llevo con ella un par de meses.

—¿Cómo se llama?

—Udane Elorrieta.

Karmen miró a Gorka, que no dejaba de escudriñar al joven.

—Gorka, apunta el nombre para corroborarlo. El subinspector lo anotó en su móvil.

Karmen se levantó y se situó de pie frente al chico, que permanecía sentado.

Había empleado aquella táctica en más de un interrogatorio y casi siempre había dado buenos resultados.

El testigo o sospechoso normalmente decía la verdad para acabar cuanto antes.

No era cómodo tener que levantar la cabeza hacia alguien que te hacía preguntas sin descanso.

—¿Qué hiciste entre las ocho y media y las dos?

—Volví a casa, me preparé la cena y volví a la redacción sobre las ocho y media. Blanca Arriaga interrumpió el interrogatorio.

—Aritz está diciendo la verdad, he consultado el registro de entrada y Patxi, el de seguridad, me ha dicho que lo vio entrar.

Karmen se inclinó sobre el joven.

—¿Hasta qué hora estuviste aquí?

—Hasta tarde, sobre las diez y media, más o menos. Luego me fui a casa.

La redactora jefa tecleó unos comandos en su ordenador y asintió.

—Sí, Aritz no miente. El registro de salida es de las diez y treinta y cuatro.

Karmen masculló algo y miró a Gorka. El mensaje que Sandra Eskibel había enviado a Eneko Sagasti con la ubicación de la balsa de riego era de las nueve y media. Aritz tenía coartada. Aun así, decidió aumentar la presión sobre él.

—Nos han contado que tuviste una relación bastante tormentosa con Sandra. Que no la dejabas sola ni a sol ni a sombra.

Él se revolvió en su asiento.

—¿Quién te ha dicho eso? —por instinto miró a la redactora jefa, que bajó la vista.

—Más de una de tus compañeras —le mintió.

—Quise mucho a Sandra. Estaba loco por ella.

—Y por eso la controlabas de manera obsesiva. El chico dio un golpe sobre sus propias piernas.

—¡Eso no es así! —exclamó—. Simplemente me preocupaba por ella. Yo la quería. Karmen se sentó en el borde de la mesa.

—¿Sabes entonces quién puede estar detrás de las muertes de Ana y Sandra? Aritz de Lafuente negó con la cabeza.

—¿Te dijo Sandra en algún momento si temía por su vida o si estaba metida en algún lío?

—No lo sé. No he podido dormir en toda la noche preguntándome por lo mismo. Pero si es verdad lo que cuenta ese compañero de la NTB, el que ha hecho esto tiene que ser el mismo tipo que ha matado tanto a Ana como a su hermana Mila. El segador.

Karmen no quiso confirmarle nada.

Blanca Arriaga se levantó de su silla y se colocó entre la inspectora y el chico.

—Dejémonos de tonterías. Es obvio que Sandra dio con el asesino mientras investigaba la muerte de Ana. No hay que ser muy avispado para darse cuenta.

Gorka se sintió humillado. Estaba claro que la redactora jefa ponía en entredicho el trabajo de la Ertzaintza.

—Es una de las líneas de investigación —explicó—. Pero no es la única. Por eso es importante conocer todo el entorno personal de Sandra y todo lo que hizo en los últimos días.

La mujer parecía desesperada porque dieran con una pista fiable cuanto antes.

—¿Han mirado en su móvil?

—No ha aparecido. Ahora mismo tenemos un equipo rastreando la zona donde apareció el cuerpo y otro en la casa de Sandra. Pero necesitamos saber quiénes eran sus amigos, su círculo social más cercano. Tal vez les contó algo a alguno de ellos.

La periodista carraspeó.

—Sandra vivía por y para su trabajo. Sus padres murieron en un viaje a la India hace unos años.

Su única hermana vive en Estados Unidos. Está ahora viajando hasta aquí.

Karmen decidió intervenir.

—¿Y su grupo de amigos?

Aritz aclaró la garganta y se cruzó de brazos.

—Sandra no tenía amigos. Tal vez conocidos, compañeros de trabajo, pero «amigos-amigos», no. La cagó con su grupo de amigas hace un año después de utilizarlas sin su consentimiento para un reportaje… Estaba más sola que la una.

—Eso no es verdad, gilipollas.

Los cuatro dirigieron la mirada hacia la puerta. Una joven se había asomado al oírlos hablar. Blanca Arriaga se encaró con ella.

—Amagoia, no es el momento. Vete a tu puesto. Gorka se levantó y con un gesto la invitó a entrar.

—Buenos días. Somos la oficial Ayala y el suboficial Larssen —le dijo—. ¿Conocías bien a Sandra? La joven endureció el tono y señaló con la mano al asistente.

—Claro que la conocía. Y este subnormal está mintiendo.

Aritz se levantó y se enfrentó a ella. Karmen fue rápida y se interpuso entre ambos.

—¿Qué hostias dices, tía? Aquí la única que miente más que habla eres tú. Esta «personaja» le llenó la cabeza de mierda a Sandra. La volvió en contra de mí.

—Yo no he hecho nada, idiota. Solo le avisé del animal que tenía por novio. Y, por suerte, me hizo caso. Este tío la tenía en un sinvivir.

Aritz hizo ademán de lanzarse sobre ella.

—¡Cállate la puta boca! Sandra te odiaba. Puta loca. Le hiciste la vida imposible desde que llegó a la redacción.

La redactora jefa no sabía dónde meterse.

—¡Basta! —les gritó—. Amagoia, vuelve a tu sitio. La redactora no estaba dispuesta a irse.

—Pero…

—¡Ahora!

Finalmente accedió de mala gana y salió del despacho. Aritz se giró hacia Gorka.

—No la crean, por favor. Está mintiendo.

Karmen sintió un profundo bochorno. Miró a Gorka con la esperanza de que él supiera reconducir la conversación. Durante unos segundos, un silencio incómodo se apoderó de la estancia.

Fue Blanca Arriaga la que finalmente habló.

—¿Han terminado ya con Aritz? Karmen asintió.

—De momento —concluyó, y se dirigió al joven—. Aritz, tendrás que pasar por comisaría para tomarte una declaración formal.

—Pero yo…

—Lo quieras o no, eres uno de los nexos en común entre dos de las víctimas. El joven se secó el sudor de las manos en los pantalones.

—Y eso me convierte en sospechoso.

Karmen no quiso restarle gravedad a la situación.

—Eso te convierte en investigado.

Blanca Arriaga colocó su mano sobre el hombro derecho del joven.

—Aritz, tómate el resto del día libre.

—No hace falta, tengo que averiguar…

—Vuelve mañana —insistió.

El joven agachó la cabeza y comenzó a recoger su mesa.

Se despidieron de ellos y salieron. La lluvia arreciaba y golpeaba contra los cristales. Gorka reparó en la cámara de seguridad que apuntaba directamente hacia la puerta de entrada. Le pidió a Karmen que esperara fuera y volvió al interior. Encontró al vigilante jurado junto a la máquina de café.

—Me gustaría hacerle una pregunta. El hombre asintió.

—Dígame.

—La cámara de seguridad que hay fuera ¿guarda todas las grabaciones del día anterior?

—Normalmente, sí, pero lleva semanas estropeada. Esa y la que hay en el vestíbulo. El seguro se niega a sufragar el coste de la reparación. Creo que van a instalar un sistema nuevo con otra compañía.

Gorka le dio las gracias y, al ir hacia la puerta, divisó a lo lejos a Amagoia, la reportera que había irrumpido en el despacho de Blanca Arriaga. Ella le devolvió la mirada y se levantó para ir a la impresora. Aprovechó la ocasión y se acercó. Ella no lo vio venir y lo golpeó sin querer.

—Perdona.

—Tranquila, no es nada. ¿Te puedo preguntar algo?

—Claro.

—¿Crees a Aritz capaz de matar a Sandra? Ella lo miró con condescendencia.

—La pregunta no es esa. La pregunta es desde cuándo lo estaba planeando.

Se despidió de ella y buscó a Karmen. La encontró vapeando bajo su paraguas.

—No me mires así. Mañana lo dejo.

Gorka sonrió y volvió la vista hacia la redacción de Radio Vitoria.

No podía quitarse de la cabeza las palabras de Amagoia.

Aritz tenía una coartada fuerte, por mucho que las cámaras de seguridad no pudieran corroborarlo.

El registro informático de las salidas y entradas así lo confirmaba.

Además, el guarda de seguridad del turno de noche había aseverado que lo vio salir una hora después de que Sandra mandase la ubicación de la balsa a Eneko Sagasti.

Y aunque pudiera haber acabado con la vida de Sandra, ¿por qué habría de matar a las otras dos víctimas? No tenía sentido.

¿O se le estaba pasando algo por alto?

Un mensaje entrante en su teléfono móvil interrumpió sus cavilaciones. Era de Alma Arana. Sin pensárselo dos veces, lo abrió:

«Subinspector, no paro de pensar en un antiguo caso de ahogamiento en el valle. Zuriñe Aranburu. No fue como dijeron. Venga esta tarde sobre las ocho y media, por favor. Tengo que contarle algo».

Un latigazo helado le recorrió la espina dorsal, y no era por la lluvia que ya le calaba los huesos. Estuvo tentado de subir al coche y poner rumbo a casa de Alma Arana. Por alguna razón, le escocía la sospecha de que la última vez se había dejado algo atrás.