El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 34.
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Eneko Sagasti trataba por todos los medios de realizar una conexión en directo, pero no lo tenía fácil.

Tras el encontronazo con tres agentes de la unidad de la científica, había optado por mantenerse alejado varios metros del cordón de seguridad.

La ubicación no era la idónea, pero menos era nada.

Tenía que mostrarle al mundo lo que estaba ocurriendo en aquel misterioso valle.

Y, si de paso, ganaba notoriedad, mejor que mejor.

Sabía que la audiencia en Internet a esas horas de la noche sería prácticamente nula, pero eso no era lo importante.

Ya se imaginaba a todos los telediarios matinales abriendo con sus imágenes, obligados a citar la fuente. Su carrera subiría como la espuma.

El empujón le pilló desprevenido. Debido al impacto, soltó el micrófono, que se estampó contra el suelo y quedó impregnado del denso barro.

El operador de cámara, que había ido a la furgoneta a por una batería, escuchó el golpe, corrió hacia Sagasti y lo ayudó a incorporarse.

—¿Qué cojones haces tú aquí?

Era Gorka. Sus ojos emanaban una furia que Karmen había visto muy pocas veces. El reportero se sacudió el barro de los pantalones y las manos.

—Suboficial Larssen, así que ahora la policía se dedica a hostigar a los medios de comunicación. Supongo que tendré que ir a urgencias a por un informe de lesiones. Creo que me has dislocado el hombro.

Gorka se abalanzó de nuevo sobre él, pero Karmen pudo retenerlo a tiempo.

—Mantengamos las formas, señores —les pidió—. Eneko, ruego disculpes al subinspector. Están siendo unos días muy duros para todos.

El reportero los observó con reticencia.

—Déjame que te vea ese hombro —le solicitó Karmen.

Sagasti accedió y le dejó hacer. En un abrir y cerrar de ojos, la inspectora le colocó el hombro en su sitio.

—Gracias.

—Por mi experiencia, apostaría a que te lo has dislocado al caer. Esto es un lodazal y uno se resbala a la mínima. Si quieres, mañana te puedo conseguir una cita con mi fisioterapeuta para que te lo vea.

El reportero captó la indirecta y decidió enterrar el hacha de guerra. Era su palabra contra la de ellos y más le valía tener a la policía de su lado. Le hizo un gesto al cámara para que le dejara hablar a solas con ellos. El operador obedeció de mala gana.

—Aún no me has respondido —insistió Gorka. Sagasti no estaba dispuesto a dejarse avasallar.

—Suboficial, no me hagas tener que recordarte que las fuentes de un periodista son confidenciales.

Gorka analizó con detenimiento cada mueca de su rostro. Había algo en Sagasti que le hacía desconfiar. Sin embargo, no fue capaz de determinar si estaba o no mintiendo.

Karmen se le encaró.

—¿A qué hora has llegado?

—Hace un rato.

Una de las agentes de la científica le oyó y se acercó.

—Estaba aquí cuando llegamos, oficial Ayala —lo acusó—. El cámara llegó después. Sagasti torció el gesto.

—Eso no es así —se defendió—. He llegado prácticamente a la vez. Karmen le sostuvo la mirada.

—En cualquier caso, es imposible que hayas podido tener conocimiento del crimen antes que nosotros.

Sagasti guardó silencio y apartó la vista.

Gorka no salía de su asombro. ¿Tenían delante al asesino?

—Me temo que voy a tener que detenerte —le anunció Karmen—. Quedas detenido como presunto autor de un delito de asesinato.

La inspectora le puso las esposas, pero él trató de zafarse.

—Eso es absurdo —se quejó—. Yo no he hecho nada.

Karmen no rebajó ni un ápice la presión y comenzó a empujarlo hacia uno de los coches patrulla.

—Tienes derecho a guardar silencio y a no declarar si no quieres hacerlo. Tienes derecho a no contestar a alguna o algunas de las preguntas que se te formulen, o a manifestar que solo declararás ante el juez.

El reportero se exasperó. Las manos empezaron a temblarle. Karmen hizo una breve pausa, midiéndolo.

—Tienes derecho a no declarar contra ti mismo y a no confesarte culpable. Tienes derecho a designar abogado y…

El reportero se detuvo en seco.

—¡Está bien, joder! Ya os lo cuento.

Gorka miró a Karmen y sonrió. La estrategia de la inspectora había funcionado.

—Bien. Pues entonces —dijo ella—, dinos de una vez qué está pasando. ¿Por qué has llegado antes que nosotros?

Eneko Sagasti aclaró la garganta. Llegados a este punto, lo mejor era no seguir oponiendo resistencia.

—Cuando Ana fue asesinada, Sandra me llamó.

Yo ya la conocía por Ana. Eran compañeras en Radio Vitoria.

Hacían muy buen equipo. Sabía que Ana y yo estábamos investigando en Valdegovía el tema de los bebés robados.

Sandra estaba muy afectada. Pero no solo lo digo por lo que es esperable de una amiga que acaba de perder a otra.

Digamos que estaba bastante obsesionada con la muerte de Ana.

Yo le advertí que no se implicara en este asunto, que era peligroso.

Al principio me hizo caso, pero en cuanto apareció el cuerpo de Mila Rodríguez, se volvió como loca y empezó a investigar por su cuenta.

Gorka dio un paso hacia él.

—¿Por su cuenta?

—Sí. Revisó todo el expediente que tenía disponible de Ana.

Aunque no sé qué más pudo encontrar. La mayor parte de la investigación de Ana aún se encuentra codificada en esa maldita tablet que tenéis en la comisaría.

Ana la llevaba a todas partes. Tiene que estar ahí.

Aritz, el ayudante de Ana, me llamó y me dijo que estaba muy preocupado por Sandra. Prácticamente dormía en la redacción.

—Y Sandra empezó a hacer preguntas en el valle —concluyó Karmen. Sagasti rebuscó algo en su móvil.

—Así es —respondió—. Sandra ha contactado conmigo esta tarde. Me ha mandado este WhatsApp.

Karmen y Gorka leyeron con atención el mensaje.

«Eneko, creo que he dado con un contacto de Ana que puede ayudarme a averiguar quién le hizo esto. He quedado con él en un rato a las afueras de Villanueva. Tengo el pálpito de que es una pista fiable».

Gorka tragó saliva. Se estremeció al pensar en el presentimiento equivocado que había tenido la joven periodista. Todo apuntaba a que ese contacto era el propio segador. Tal vez Ana había llegado a él de una forma parecida.

—¿No le contestaste?

El periodista volvió a mostrarles la conversación en su teléfono.

—Sí, le dije que no se fiara, que era peligroso. Pero me dejó «en visto». No me contestó. Karmen continuó leyendo el resto de los mensajes. Sagasti no mentía.

—Pero cuando llegó aquí te envió la ubicación de la cita.

—Sí, yo estaba en Salinas. Lamentablemente, para cuando he llegado ya era demasiado tarde. Gorka examinó de nuevo los ojos de Sagasti. No parpadeaban. Como si quisiera ocultarles algo.

Había algo en él que no terminaba de gustarle.

—Y, sabiendo lo que ha pasado, ¿te dedicas a explotar la muerte ya no solo de Ana, sino de esta chica que ha confiado en ti? ¿Por fama? ¿Por una puta exclusiva?

Él lo miró sin entender del todo aquellos reproches.

—Soy periodista, suboficial. Es mi trabajo. Es mi obligación. Gorka estuvo a punto de rebatirle, pero Karmen se le adelantó.

—¿Te dijo el nombre del contacto? Sagasti negó.

—Tendrás que venir a comisaría para que analicen tu móvil —le anunció Karmen—. A partir de ahora pasas a ser testigo del caso.

El reportero estuvo a punto de mostrarle su desacuerdo, pero finalmente claudicó. Karmen dio la orden a uno de los agentes que habían ido congregándose para que lo acompañara hasta Vitoria.

Gorka se cruzó de brazos y volvió a contemplar el cuerpo mutilado de Sandra Eskibel.

Los de la científica continuaban recopilando distintas muestras del cuerpo y del lugar donde había aparecido.

No solo estaba enfurecido con Sagasti por la frialdad con la que estaba tratando el caso con tal de ganar fama.

Se dio cuenta de que tal vez estuviera proyectando en el periodista su propia frustración.

De alguna forma, se sentía culpable. ¿Cuántas víctimas más eran necesarias para atrapar al segador?

—No me gusta —le dijo a Karmen en cuanto el periodista subió al coche patrulla—. Sagasti nos está ocultando algo.

Karmen lo miró con suspicacia.

—¿Crees que él es el segador?

Eneko Sagasti los saludó con un gesto de cabeza desde el coche. Gorka escrutó su expresión a través del cristal.

—No es lo habitual, pero no sería la primera vez que un asesino en serie colabora con las autoridades o incluso permanece en la escena del crimen mientras la policía recaba pruebas.

Karmen suspiró.

—¿Me estás queriendo decir que podríamos estar ante un nuevo Ted Bundy? No me jodas, Gorka.

Él no respondió. Ted Bundy fue uno de los mayores asesinos en serie de Estados Unidos.

Confesó más de treinta crímenes de mujeres, aunque probablemente fueron muchos más.

Atractivo, encantador, con don de gentes…

Bundy se defendió a sí mismo en el juicio y consiguió engañar a la mayor parte de la opinión pública.

¿Era Eneko Sagasti un monstruo de la misma especie?

Mientras el periodista se alejaba en el coche patrulla, una sensación amarga le subió por la garganta. No estaba seguro de si Sagasti era o no el segador. Estaba plenamente convencido de que no era de fiar.