33.
La noche era cerrada cuando llegaron. La luz de la luna llena cubría cada rincón del bosque, por lo que no les costó orientarse, a pesar de la oscuridad.
El viento mecía las ramas de los árboles con fuerza y las empujaba hacia sus rostros.
Karmen las apartaba enfurecida, mientras Gorka trataba de seguir su ritmo.
La conocía perfectamente. Estaba muy enfadada.
Por fin atisbaron el perímetro de seguridad.
Los de la científica acababan de instalarlo y habían empezado a tomar fotografías.
Sus buzos blancos brillaban como luciérnagas en la negrura.
Gorka y Karmen se miraron cuando descubrieron dónde había aparecido el cadáver.
Una enorme boca negra de agua se abría paso junto a un cruce de caminos.
El agua era opaca y turbia. Varios juncos asomaban a un lado, como si intentaran apoderarse de aquella obra de ingeniería humana.
Aquello recordaba mucho a los escenarios del caso del asesino del pantano.
Gorka señaló el cuerpo. Era una mujer joven tendida sobre su espalda con los brazos en cruz. Tenía el busto desnudo y los pies habían sido seccionados. Aún podían apreciarse rastros de la sangre que había brotado. A pocos metros del cadáver, una hoz oxidada sobresalía entre la vegetación.
—Fíjate en la cara —le pidió Karmen—. Tiene la boca tapada con barro. Gorka asintió.
—Y el pelo. Se lo ha embadurnado entero. Una agente se les acercó.
—Sabemos quién es —les anunció mientras les mostraba un vídeo de YouTube. Era un fragmento corto colgado en la cuenta de Radio Vitoria. Una joven reportera entrevistaba a la presidenta de un sindicato.
Gorka se acercó a la pantalla.
—¿Esa no es…?
—Sandra Eskibel —les confirmó la agente—. Es bastante conocida en las redes sociales. Hace reportajes y vídeos de investigación.
Karmen no era capaz de gestionar aquella revelación. Sandra Eskibel era pieza clave en la investigación de Ana Rodríguez. Se arrepintió de no haberla presionado para que acudiera a comisaría para interrogarla.
Ahora ya era demasiado tarde.
Los dos volvieron a cruzar sus miradas.
Gorka arrugó la frente. Estaba visiblemente impactado.
—Sabemos quién era. Una compañera de trabajo de la primera víctima.
—Por lo que parece, esto ha sucedido hace pocas horas —continuó la agente—.
Un agricultor la ha encontrado de camino a casa.
Es pronto para sacar conclusiones, pero está claro que han trasladado el cuerpo desde la balsa.
A ver lo que dice Olentzero, pero todo apunta a que la ahogó en el agua y luego la trajo hasta aquí y le cercenó los pies.
Se aprecian perfectamente las marcas de arrastre. Si me necesitáis, decidme.
La mujer se alejó de ellos en dirección a la charca.
Gorka observó el cadáver. Sandra Eskibel apenas debía de pasar de los veinticinco años. Sintió cómo la ira se apoderaba de él.
Karmen tocó ligeramente su brazo.
—¿Qué opinas?
Gorka no podía apartar la vista de la reportera.
—No paro de darle vueltas a lo del barro.
—Es un elemento natural del bosque, como el helecho y la piedra.
—Sí, pero el barro remite a la tierra, al origen de la vida. De hecho, muchas culturas hablan del ser humano creado del barro. Cubrir cabello y boca con él podría simbolizar un retorno a la tierra, una especie de ritual de posesión o de reabsorción.
—Tiene sentido.
Gorka negó. No lo tenía tan claro.
—Aquí hay algo más, Karmen. ¿Y si no es casual que tanto Ana Rodríguez como Sandra Eskibel fueran periodistas?
—¿Qué quieres decir?
—Creo que ha cubierto la boca de la víctima con barro para anularla del todo. No solo matarla, sino callarla de forma simbólica. Es una forma de dominio extremo. Lo del pelo, además, tiene una carga simbólica fuerte. Alude a la feminidad, al poder.
Karmen contempló el lodo oscuro sobre el rostro de Sandra.
—O sea, que podríamos estar ante un misógino que, además de odiar a las mujeres que tienen poder, las quiere silenciar.
—Podría ser. No estoy seguro del todo.
Un griterío interrumpió la conversación. Se giraron y vieron a varios agentes tratando de impedir que dos hombres grabaran imágenes de la escena del crimen. Gorka enseguida los reconoció. Eran Eneko Sagasti, el periodista de NTB, y su operador de cámara.
Karmen no salía de su asombro.
—¿Qué coño hace ese aquí?
Gorka no respondió. Era imposible que Sagasti hubiera llegado tan pronto. ¿Cómo se había enterado? ¿Quién le había avisado? La posibilidad de que hubiera un topo en la comisaría le puso los pelos de punta. Por alguna razón, no pudo pensar en nadie más que en Sua.