32.
A pesar de las indicaciones de Kepa, le costó dar con la casa.
Llegaba más de media hora tarde y estaba oscureciendo.
Tuvo que cruzar buena parte del bosque hasta llegar a ella.
Sua había insistido en acompañarlo, pero él había declinado el ofrecimiento.
Estaba cabreado con ella. Si el asunto del seguimiento irregular de Kepa García llegaba al comisario Berrosteguieta, era más que probable que el caso se hubiera acabado para ellos.
¿Cómo se le había ocurrido solicitar el seguimiento de la señal del móvil sin autorización judicial?
Solo esperaba que Karmen se enterara lo más tarde posible.
Porque acabaría enterándose, de eso estaba seguro.
Cuando lo tuvo enfrente, contempló absorto el buen estado de aquel vetusto caserío, a pesar de su aislamiento.
Quienquiera que habitase allí había puesto mucho empeño en mantener el edificio en perfectas condiciones.
Una pequeña huerta asomaba en un lateral, aparentemente en desuso.
Junto a ella, en un cuidado jardín, varios setos de boj rodeaban un pequeño muro donde la hiedra trepaba a sus anchas y pugnaba por el espacio con el musgo en una curiosa batalla armónica.
Cerró los ojos y escuchó. Creyó percibir el suave rumor del agua muy cerca de allí, aunque no vio ningún arroyo o río desde su posición.
Se acercó decidido y tocó con los nudillos en la puerta. Esperó unos segundos, pero nadie contestó.
Un ligero aroma a pastel vasco emanaba de una de las ventanas. Se asomó a ella y oteó el interior. Era la cocina. Sobre la encimera descubrió al culpable de aquel olor delicioso. Estuvo tentado de hurtar un pedazo.
—Tiene usted un temblor fino en la mano izquierda.
Gorka se dio la vuelta, sobresaltado. No había escuchado sus pasos al acercarse.
La mujer tenía razón. Un ligero vaivén balanceaba su mano izquierda.
Ni siquiera se había dado cuenta. Instintivamente, llevó la otra a su pierna derecha para dirigir allí la atención de su cerebro. La mano dejó de temblar.
—Perdón, no quería molestarla…
Era una mujer de unos sesenta años, alta, delgada, con el cabello rubio, casi dorado, y unos hipnóticos ojos azules.
Iba vestida de negro, con unos vaqueros y una blusa sencilla que resaltaban el color de su melena.
Unas pequeñas manchas, apenas perceptibles, surcaban la piel de su cara, sin rastro de maquillaje.
—Subinspector Gorka Larssen, de la Ertzaintza —se presentó—. ¿Es usted Alma Arana? La mujer asintió sin dejar de mirar su mano.
—Me gustaría hacerle unas preguntas relacionadas con los recientes asesinatos que están sacudiendo el valle.
Ella permaneció inmóvil, observándolo, como si las palabras de Gorka le hubieran hecho recordar vagamente algo.
—¿Es usted de por aquí? Lo digo por el apellido.
Gorka no se esperaba que la conversación se encauzara por ese camino.
—Sí, sí, soy de Vitoria. Mi padre es de Suecia.
—Ya —dijo ella, pensativa.
—¿Podemos pasar dentro? Prometo que no tardaré mucho.
Ella aceptó y lo condujo hasta la cocina. A pesar de la austeridad de la decoración, una cálida atmósfera de hogar emanaba de cada uno de los elementos que adornaban la estancia. Sobre la nevera, la fotografía de la mujer junto a un adolescente compartía espacio con un viejo reloj de madera.
—No sea tímido, coja un trozo del pastel. Que he visto cómo lo miraba. Gorka se debatió entre aceptar o no.
—No, gracias.
Ella le sonrió.
—Yo, si no le importa, sí me voy a servir un poco.
Mientras la mujer partía una porción, Gorka observó cada uno de sus movimientos. Había algo en la delicadeza de sus gestos que le resultaba reconfortante.
—¿Por qué casi nadie en todo el valle de Valdegovía sabe quién es usted, señora Arana? Ella lo miró algo sorprendida por la crudeza de la pregunta.
—Quiero decir —continuó Gorka—, que usted es una reputada neuróloga y, sin embargo, aquí nadie parece conocerla de verdad. Nos ha costado lo nuestro dar con su apellido, Alma. Hemos tenido que recurrir al registro de la propiedad. Aquí nadie parece conocerlo.
—Y es mejor así —sentenció ella—. Este valle tiene cosas preciosas, inspector.
No me entienda mal. Soy una enamorada de sus paisajes y de la mayoría de sus gentes.
Pero una vez decidí apartarme del ruido de la sociedad y, desde entonces, soy más feliz.
Estuve mucho tiempo alejada de aquí, pero decidí volver hace unos años.
Además de neuróloga, soy psiquiatra. Compré esta casa e instalé aquí mi despacho.
Aunque viajo mucho, la verdad. Paso consulta en hospitales de todo el País Vasco.
También por Navarra y Madrid. Supongo que le habrán contado que soy un bicho raro y que no me hablo con nadie. Y tienen razón. Ni falta que me hace.
Gorka la miraba embelesado. Su tono de voz respiraba dulzura, a la vez que firmeza.
—Sin embargo, usted sí que habló con Ana Rodríguez, la mujer que apareció asesinada en el río Purón, poco antes de que fuera asesinada.
Alma Arana no dijo nada. Se limitó a observarlo en silencio. Gorka se percató de que estaba mirando su mano de nuevo.
—No es estrés —dijo ella. Gorka no sabía dónde meterse.
—Es un trastorno del movimiento —le confesó.
—Y lleva usted con él muchos años: me atrevería a decir que desde la infancia. Tal vez yo podría ayudarlo. ¿Hubo algún hecho traumático cuando usted era niño que lo desencadenó? No todas las heridas son neurológicas.
El subinspector trató de reconducir la conversación.
—¿De qué habló usted con Ana Rodríguez? La mujer tomó otro pedazo del pastel.
—Esa mujer me buscó. Alguien le hablaría de mí. Vino a verme, y me preguntó sobre el internado de San Jerónimo y sobre determinadas personas del valle.
—¿Qué le preguntó?
—Estaba haciendo algún tipo de investigación periodística sobre bebés robados y creía que el internado podía estar relacionado con esos casos.
—Pero ¿por qué vino a preguntarle a usted? Alma Arana guardó silencio unos segundos.
—Bueno… de alguna forma se enteró de que yo en su día también estuve haciendo preguntas sobre asuntos parecidos.
Las adopciones irregulares y los casos de bebés robados causan una profunda herida psíquica en las personas que descubren sus verdaderos orígenes.
Y en algunas familias que descubren que fueron objeto de fraude.
—¿Alguno de sus pacientes se encuentra en situaciones similares? La mujer bajó la mirada.
—No puedo hablarle de mis pacientes, señor Larssen.
—Cuando usted estuvo investigando, ¿llegó a alguna conclusión? Se detuvo un instante para beber un trago de agua.
—Claro, pero puras conjeturas. Nunca llegué a probar nada.
—¿Estaba el internado de San Jerónimo involucrado en esos casos? ¿Qué le dijo Ana? ¿Había llegado a alguna conclusión?
—Bueno, había cosas que no encajaban. ¿Y ustedes qué creen?
Gorka no se esperaba aquella pregunta. No podía revelarle detalles de la investigación, pero decidió arriesgarse.
—Entre usted y yo, creo que el asesino está de alguna manera vinculando los asesinatos con la figura mitológica de las lamias.
—Por eso los cuerpos han aparecido en el agua y con los pies cortados —apuntó ella. Gorka asintió.
—Pero no sabemos por qué está usando el arquetipo de esos seres acuáticos, más allá de que las lamias eran mujeres poderosas, fuertes.
—El agua está muy asociada al valle, tanto para lo bueno como para lo malo. No es el primer caso de muertes en el valle ligadas al agua. Recuerdo al menos tres ahogamientos.
—Sí, el patrón que está siguiendo está muy conectado con el valle. Se limpió la boca con una servilleta y apartó el plato a un lado.
—En algunos relatos, las lamias castigaban la traición de sus enamorados, pero no mataban por poder. Tal vez el asesino está dándole la vuelta a la tortilla. Aunque supongo que eso ya se lo habrán planteado.
Gorka asintió. Por algún motivo, las palabras de la médica le calmaban, como si fueran capaces de apaciguar los demonios que llevaba dentro.
—¿Usted vivía en el valle en la época en que estaba abierto San Jerónimo?
—Así es.
—¿Y a qué conclusión ha llegado? ¿San Jerónimo fue un lugar oscuro? Alma Arana no pestañeó durante unos segundos.
—Fue un lugar útil.
—¿Qué quiere decir?
—El internado ayudó a muchos niños y jóvenes. Auxilió a muchos desamparados. Pero, como en casi todos los lugares, la oscuridad a veces también se cierne sobre la luz. Digamos que muchos de esos niños lograron una vida digna. Algunos aprendieron a obedecer. Y otros pocos, aprendieron a sobrevivir.
—¿A sobrevivir?
—Sí, algunos de esos chicos sufrieron traumas. Otros salieron indemnes. Depende de la personalidad de cada niño.
Gorka recordó las celdas subacuáticas que había instaladas en el río que pasaba junto a San Jerónimo. Sua les había enseñado fotografías.
Alma se levantó y comenzó a recoger el pastel.
—Y ahora, ya lo siento, pero va a tener que irse, tengo que madrugar. Mañana paso consulta en Bilbao.
Gorka intentó sonsacarle más información, pero ella le pidió que fuera en otro momento.
Le facilitó su número de teléfono y se despidió de ella, no sin antes volver a indicarle que era más que probable que el juez terminara requiriéndole para que le proporcionara más datos de alguno de sus pacientes si pensaba que podían tener algo que ver con el caso.
—Si me deja que le dé un consejo, subinspector… no pregunte tanto por los niños. Pregunte más por los adultos.
Mientras conducía de regreso a la comisaría y el bosque iba desapareciendo en el espejo del retrovisor, percibió el aroma sutil del pastel que impregnaba su ropa. Bajó la ventanilla y respiró el aire fresco. El frío golpeó su rostro y, durante un instante, el temblor volvió a su mano.
«¿Hubo algún hecho traumático cuando usted era niño que lo desencadenó?»
No era la primera vez que un médico insinuaba un origen emocional a su trastorno, pero era la primera vez que alguien lo verbalizaba sin ningún tipo de compasión.
Al aparcar el coche, su teléfono comenzó a sonar con fuerza. Era Karmen.
—Oficial Ayala. Justo acabo de llegar a Vitoria.
Durante unos interminables segundos la inspectora permaneció en un silencio insoportable.
—Tenemos otro cuerpo, Thor.
Ahora era Gorka el que no sabía cómo reaccionar.
—¿Dónde? —preguntó al fin.
—A las afueras de Osma.
—Eso está cerca de Villanueva, ¿no?
—Sí —respondió ella, algo seca—. ¿Dónde estás? Estoy en el parquin de la comisaría, a punto de salir para allí.
—Llego en diez minutos y vamos juntos.
—De acuerdo. Date prisa.
—¿Aviso a Sua?
—Ni se te ocurra.
Gorka dudó un instante antes de volver a hablar.
—¿Ha pasado algo?
—Nada que no fuera de esperar. Y le colgó.