31.
No había sido buena idea ir sola.
Apagó el motor y permaneció unos segundos dentro del coche, con las manos apoyadas sobre el volante. El espejo retrovisor le devolvió su reflejo. Lo que vio no le gustó nada: ojeras marcadas, el pelo recogido en una coleta a medio hacer, la piel macilenta… Estaban siendo unos días duros.
Miró el móvil. Desde hacía un buen rato no había cobertura. Buscó el mensaje y lo releyó.
«Tengo la información que me pediste sobre Ana. Si quieres quedamos. Máxima discreción, por favor. Ven sola.»
Había dudado hasta el último momento. Pero desde que encontraron el cuerpo de Ana, algo no dejaba de empujarla hacia delante.
Como si quedarse quieta fuera una forma de traicionarla.
Aquel hombre parecía tener información valiosa.
Había localizado su nombre de refilón, en un borrador sin eliminar del correo electrónico de Ana.
No pensaba desaprovechar la oportunidad. Por mínima que fuera.
Abrió la puerta. Nada más bajarse hundió su pierna en un charco. El barro le alcanzó hasta la rodilla.
«Lo que me faltaba», pensó.
Una libélula cruzó volando a ras del suelo. El aire era frío y húmedo. Olía a tierra removida, a vegetación marchita. Dio unos pasos sin dejar de mirar hacia atrás. Tenía la sensación de que alguien tenía sus ojos puestos sobre ella. A lo lejos, escuchó un sonido constante, apenas perceptible.
Agua estancada.
Habían quedado en un cruce de caminos ubicado junto a una balsa de riego abandonada. Había intentado por todos los medios que el encuentro se produjera en Vitoria, pero el hombre no accedió. Con la ayuda del GPS del móvil, enseguida había localizado el lugar.
Cerró el coche con el mando y continuó avanzando por la pista de grava. Sus pasos crujían bajo sus pies y rompían el silencio del lugar.
—¿Hola? —dijo, elevando ligeramente la voz—. Soy Sandra. ¿Estás ahí? Nadie respondió.
Caminó unos metros más. La luz crepuscular asomaba de vez en cuando entre las nubes.
El sendero se estrechaba entre dos hileras de árboles desnudos.
Las ramas se agitaban con el viento, proyectando sombras irregulares sobre el suelo.
Durante un instante, le pareció ver movimiento entre ellas, pero al girarse no había nada.
Apretó el móvil en su mano. Pensó en regresar al coche.
—Mira, si esto es una broma…
El sonido del agua cercana se hizo más claro. Unos metros más adelante, el terreno se abría en un claro. Había llegado.
Observó la balsa. Era un pestilente rectángulo de hormigón encajado en la tierra, rodeado de maleza. Era evidente que no se usaba desde hacía mucho tiempo. El agua, oscura, completamente inmóvil, reflejaba los rayos taciturnos del sol vespertino. Como un espejo sucio.
Sintió un escalofrío.
—No tiene gracia —murmuró.
Dio un paso más. Y entonces lo escuchó. Un leve crujido a su espalda. Se giró, pero no vio a nadie. Tan solo los árboles mecidos suavemente por el viento.
Exhaló despacio e intentó tranquilizarse.
—Estoy aquí —insistió—. Dijiste que tenías información sobre Ana.
—No deberías haber venido.
La voz surgió detrás de ella, entre las sombras. Sandra se giró y lo vio. Completamente inmóvil, observándola.
No distinguía bien su rostro. Llevaba una mochila a la espalda. Le perturbó la forma en la que ocupaba el espacio, como si todo aquello le perteneciera. Como si estuviera más que acostumbrado a moverse por aquel lugar. Él se acercó un poco más y por fin pudo verlo.
Se quedó petrificada.
—¿Me estás vacilando? —le dijo. Y retrocedió un paso.
Él ladeó ligeramente la cabeza y dejó la mochila en el suelo.
—No.
Sandra miró a su alrededor. En ese momento fue consciente de que estaba en mitad de la nada.
El último pueblo por el que había pasado se encontraba a varios kilómetros.
—Solo quiero hablar —añadió. Trataba de mantener la voz firme—. Ana estaba investigando algo. He visto parte de su material. Sé que no fue un caso aislado. ¿Qué sabes?
Él no respondió. Se limitó a contemplarla.
—No soy la única que lo sabe —continuó—. Si crees que vas a…
—Cállate.
Aquella orden la atravesó. Sandra sintió el pulso latiéndole en la garganta.
—Escucha —insistió—. Podemos ayudar a que esto se solucione cuanto antes. Si sabes algo… Él dio un paso hacia ella.
—He dicho que te calles.
Sandra giró la cabeza. El borde de la balsa estaba a apenas dos metros. El miedo hizo que durante un instante se olvidara de respirar. Echó en falta el espray de pimienta que tenía en algún cajón de su casa.
—No… —susurró.
Él avanzó un poco más.
—Quítate los zapatos.
La frase la dejó sin aliento.
—No.
—Quítatelos.
Sandra negó con la cabeza. Él dio otro paso. Sandra buscó un lugar por el que huir. Pero no tenía escapatoria.
Volvió a mirarlo.
—Ana no se equivocaba —dijo—. Estaba cerca de algo. Y tú…
No terminó la frase. Se dio media vuelta y echó a correr. El suelo irregular la hizo tropezar. Cayó de bruces y se incorporó como pudo. La frente le ardía. Enseguida notó la sangre tibia de la herida deslizándose por su rostro. Siguió avanzando, pero no llegó lejos.
El golpe la alcanzó por detrás. El aire se le escapó de los pulmones y volvió a caer. Miró hacia arriba. Los árboles se cernían sobre ella y parecían querer atraparla. Intentó incorporarse, pero él ya estaba sobre ella.
—No… —jadeó—. Por favor…
Él la volvió a golpear. La agarró del tobillo y tiró. El zapato salió despedido. A continuación, hizo lo mismo con el otro. El contacto de la tierra fría contra la piel la paralizó. Intentó arrastrarse, aferrarse a algo, a cualquier cosa. Pero era inútil.
La arrastró lentamente hacia la balsa. Clavó las uñas en la tierra en un intento desesperado de oponer resistencia. Notó cómo la piel se le desgarraba, cómo el barro se le incrustaba bajo las uñas.
—Ana no se equivocaba… —consiguió decir—. Sé lo que hacéis… Él se detuvo un segundo.
—Cállate.
Y la empujó.
El agua negra la recibió con un impacto gélido. Estaba helada. Enseguida notó cómo sus músculos comenzaban a entumecerse. Salió como pudo a la superficie, mientras trataba de orientarse.
—¡Socorro! —gritó.
Intentó nadar hacia el borde opuesto, pero algo la sujetó. Fue un tirón firme, controlado. Sus manos.
La arrastró con fuerza hacia abajo.
Sandra agitó los brazos, pataleó, trató de liberarse. El agua le llenó la boca. El aire se escapó rápidamente y en pocos segundos todo terminó.
El agua volvió a quedarse quieta, en calma. Como si nada hubiera ocurrido. Él la arrastró hacia la orilla. Durante unos segundos, se quedó mirándola. Luego abrió la mochila.