30.
Florina Petrescu era una mujer de rasgos aniñados, con una mirada límpida y vibrante. Su cuerpo menudo desprendía una energía luminosa, casi desconcertante. Cada gesto, cada palabra, despertaban en Karmen una ternura incómoda. Protectora. Aún se encontraba ingresada en el hospital.
—¿Qué tal se encuentra, señora Petrescu? Ella esbozó una sonrisa tímida.
—Mejor, señora —le contestó—. ¿Qué ha pasado con mi marido? Me ha llamado un abogado, que lo acusan de esos crímenes horribles.
—Razvan no ha sido acusado de nada, de momento. Estamos investigando su posible relación con los asesinatos.
—Mi marido no es el segador, señora. Mi marido es bueno. Quería mucho a la señora Mila. Karmen dudó en cómo afrontar el tema más peliagudo. Finalmente optó por ser directa.
—Florina, ¿qué ocurrió? ¿Por qué ha acabado usted en el hospital? Ella se removió agitada en la cama.
—Razvan no me pega, si es lo que está preguntándome. Los médicos solo dicen mentiras. Mi marido no es el peor hombre que he conocido.
Había algo en su mirada que no terminaba de convencerla.
—He estado hablando con la médica que la ha atendido, Florina. Lo siento si soy demasiado explícita. Usted tiene desgarro vaginal, la cadera luxada y un pezón parcialmente cercenado. Son lesiones compatibles con un contexto de violencia.
La mujer negó.
—Son cosas nuestras. Nos gusta.
Lo dijo sin titubeos, sin rastro de vergüenza.
—¿Qué quiere decir?
—Me gusta jugar a esas cosas con él. En la cama, ya me entiende.
—¿Le gusta ese tipo de prácticas?
—Razvan no me pega, señora. Es un juego. A los dos nos excita. No hay nada malo en ello. Karmen trataba de comprender el alcance de aquellas palabras.
—Pero usted a él ¿le hace cosas parecidas en la intimidad? Perdone que le pregunte esto, pero es necesario para dibujar el perfil de Razvan.
—No, yo a él no le hago nada. Él a mí sí. Y me gusta.
—¿Y no le da miedo que algún día se les vaya de las manos y usted acabe falleciendo?
Karmen se arrepintió al instante de haber formulado aquella pregunta.
No por la pregunta, sino por el tono. Tenía que reconocer que lo que más la perturbaba no era la práctica en sí.
Era que Florina tuviera ese papel tan sumiso en aquella relación sadomasoquista.
Sin saber muy bien por qué, en ese momento se acordó de Ritxar.
¿No estaba haciendo ella lo mismo, aunque fuera de otra forma?
Lo había vuelto a ver en un par de ocasiones desde que le había confesado el empeoramiento de su enfermedad, y en ambas habían acabado acostándose.
¿No estaba ella adoptando también una actitud de sumisión emocional con él, después de todo lo que le había hecho?
—La vida es riesgo, señora. Eso es lo bonito.
Karmen observó a la mujer del guardaespaldas de Mila Rodríguez. Su expresión era de puro convencimiento.
—¿Desde hace cuánto que está casada con Razvan?
—Cinco años ya, él me trajo desde Rumanía.
Había llegado el momento. No sabía muy bien cómo plantearle la pregunta, pero quería ver su reacción.
—La he estado investigando, Florina, y su nombre aparece en el expediente policial que nos ha facilitado la policía de Timisoara, en su país. Corresponde a la redada en el burdel en el que acabó detenido Razvan la última vez.
Ella sonrió de nuevo.
—Razvan me salvó, señora, nos enamoramos y me sacó de allí. Karmen era incapaz de comprenderla.
—¿Cómo puede decir que la salvó? Su marido fue detenido como sospechoso de dirigir la red que regía el prostíbulo en el que usted trabajaba.
Florina no perdió la sonrisa.
—Él era bueno conmigo y me salvó. Su hermano sí que era un demonio.
—Lo siento, señora Petrescu, pero me cuesta entender que usted admire tanto a Razvan, cuando es evidente que él era su proxeneta. Además, Razvan ha sido detenido en varias ocasiones por verse envuelto en robos con violencia. Su marido es violento, Florina. Consta en varios atestados.
Ella la miró con firmeza.
—He conocido hombres peores.
Karmen enmudeció durante unos segundos. Se sentía culpable por haber tratado de aquella forma a la mujer.
Se horrorizó al pensar en todo el sufrimiento por el que Florina habría pasado seguramente en su vida hasta dar con Razvan.
A sus ojos, el escolta de Mila Rodríguez era un ángel, pero ella no lo tenía tan claro.
—¿Cómo entró a trabajar Razvan con Mila?
—Por un conocido amigo de la señora Mila. Él le recomendó a mi marido y ella quedó encantada.
—¿Cómo era la relación de Razvan con Mila?
—Buena, él la respetaba mucho. Y la señora pagaba muy bien. Dejó escapar sin querer un suspiro.
—¿Y sabe si conocía a Ana, la hermana de Mila?
—Alguna vez me habló de ella, sí. Mi marido y la señora Ana no se llevaban bien. Razvan siempre decía que la señora Ana le ponía nervioso, no sabía cómo agradarla. Siempre estaba a la defensiva con él.
Karmen anotó mentalmente aquella pequeña confesión. Por razones mucho menores se habían cometido asesinatos.
—La señora Mila sí que era buena —añadió Florina—.
Había contratado a un detective privado para esclarecer la muerte de la señora Ana.
No se moleste, pero no se fiaba de la policía.
Creo que hasta se presentó en alguno de esos pueblos para hacer preguntas a la gente sobre la señora Ana. Pobre, tenía que estar destrozada.
Karmen tragó saliva. Aunque le fastidiara, Mila Rodríguez había tomado las medidas que cualquiera con su influencia habría adoptado para resolver el crimen de su hermana cuanto antes.
—¿Cree usted que Razvan es capaz de haber perpetrado los crímenes?
—Mi marido no mata mujeres en ríos —sentenció.
La conversación no dio para mucho más. A los ojos de cualquier tribunal, Florina consentía expresamente lo que Razvan hacía con ella.
Se despidió y salió del hospital. La lluvia arreciaba y llegó empapada al coche. Mientras se secaba el pelo con una toalla que llevaba en la guantera, pensó en las palabras de Florina Petrescu. Su actitud sumisa con Razvan la desconcertaba. Y la cabreaba. El abusador convertido en salvador.
Las gotas golpeaban el parabrisas con fuerza. Permaneció inmóvil, con la toalla entre las manos.
«No es el peor hombre que he conocido».
La frase seguía allí, adherida. Como la humedad a su cabello.
Razvan encajaba en el perfil del asesino. Violencia. Abuso. Control. Ira contenida.
Pero el segador no era solo eso. En su patrón había algo más antiguo. Más arraigado. Algo que no venía de Rumanía.
Venía de mucho más cerca.