29.
Sua Abasolo encontró la moto de Kepa García aparcada en la calle del Mercado, en Salinas de Añana, a escasos ocho kilómetros de distancia de Pobes, el pueblo donde residía y a diecisiete de Sobrón, donde trabajaba con su hermana en la compañía de deportes acuáticos.
Mikel Olazuri, de la unidad de informática, había vuelto a localizar la señal del móvil del sospechoso y enseguida la había avisado.
La agente iba vestida con ropa informal y había dejado aparcado el coche a la entrada de la localidad.
Salinas era famosa por albergar el Valle Salado de Añana, un sistema de plataformas de extracción de la sal cuyos orígenes se remontaban a unos siete mil quinientos años atrás.
Un paisaje modelado por los milenios y la obstinación humana.
Las plataformas blancas se escalonaban sobre la ladera como un tablero geométrico imperfecto, sostenidas por muros de piedra y vigas de madera oscurecidas por la humedad.
Todo parecía frágil y antiguo, como si pudiera derrumbarse al menor golpe.
Ese día no había turistas. Solo se oía el viento frío y el crujido de la sal bajo las botas.
«¿Dónde te has metido?»
Observó de nuevo las coordenadas en su teléfono móvil. El empresario debía de estar en los alrededores, pero llevaba rato esperando a que regresara a por la moto, sin éxito.
Gorka y Karmen estaban de camino. No había tenido más remedio que contarle a Gorka sus aventuras en solitario tras insistirle este en saber en qué demonios andaba metida.
Se había enfurecido cuando supo que había estado a punto de detener a Kepa García ella sola en las cuevas de San Martín de Valparaíso, y después se lo había contado todo a Karmen.
Ahora dudaba entre esperarlos o peinar la zona antes de que llegaran. No tardó en decidirse.
En un edificio cercano vio salir a Eneko Sagasti con Kepa García. No podía creerlo. El reportero charlaba animadamente con Kepa mientras se dirigían, seguidos por un cámara, hacia las plataformas de sal. Sua no se lo pensó y comenzó a seguirlos. ¿Qué narices hacía el periodista con el sospechoso?
Llegaron enseguida. El sol emergió entre las nubes e iluminó el valle con violencia. El manto blanco que cubría las balsas reverberó bajo la luz, obligando a Sua a entrecerrar los ojos. Durante un instante tuvo que apartar la vista.
Cuando volvió a mirar, vio a Kepa García detenido en uno de los senderos que serpenteaban entre los estanques escalonados. El cámara lo grababa mientras el reportero, situado al otro lado, le lanzaba preguntas.
Una llamada entrante la sacó de su ensimismamiento.
—Sua, ¿dónde coño estás?
Era la inspectora Ayala. Por el tono de voz supo que estaba molesta con ella.
—Estoy frente a las plataformas de sal. Eneko Sagasti está entrevistando al sospechoso.
—¿En serio?
—Sí. No me digas cómo ha dado con él.
Tras unos segundos de silencio, Karmen le respondió sin suavizar su evidente enfado.
—De acuerdo, mándanos la ubicación. Acabamos de aparcar, llegamos en dos minutos. Ni se te ocurra proceder tú sola, Sua. ¿Me has entendido, agente?
Pero la agente no le contestó. Le envió su posición y se acercó unos metros más, con el objetivo de poder escuchar la conversación.
De inmediato se dio cuenta de que lo iba a tener difícil para pasar inadvertida.
No había dónde esconderse. Aun así, optó por refugiarse tras el tronco endeble de un árbol.
Kepa García y Eneko Sagasti se colocaron en uno de los pasillos de madera, entre dos niveles de pozas. La voz del periodista era más embaucadora de lo habitual.
—Dígame, Kepa, por qué ha decidido contar su verdad.
El joven miró a su alrededor varias veces, como si temiera que alguien pudiera estar escuchándolo.
—Aquí todo el mundo sabe cosas. Pero nadie habla —comenzó.
—¿Usted fue uno de los huérfanos que residió en el internado de San Jerónimo?
—Huérfano, huérfano, no. Mi padre biológico desapareció y mi madre fue cuesta abajo. En pocos meses acabó alcohólica, perdió el trabajo… un desastre. No teníamos ni para comer. Yo acabé en San Jerónimo.
—¿Cuánto tiempo estuvo usted allí?
—Hasta que cumplí catorce años. Entonces una familia de Sobrón se hizo cargo de mí. Kattalin era su hija; desde entonces es mi hermana. Eneko Sagasti se acercó a él.
—Entonces, ¿San Jerónimo funcionó también como hospicio?
—Oficialmente era un internado, pero allí acogían también a menores tutelados o procedentes de familias que no podían hacerse cargo de ellos. Yo fui uno de esos. Seríamos fácil treinta. Y no solo chavales, también había gente adulta que iba y venía.
Sagasti moduló aún más la voz.
—¿Cómo fue su vida en el internado?
El joven bajó la mirada, como si tratara de evitar que los recuerdos afloraran a la superficie.
—Pues imagínate lo que es eso para un niño que, en poco tiempo, pierde a sus padres y se queda solo. Allí aprendías a callar, si querías pasar inadvertido y no sufrir.
—Kepa, usted ha acudido a nosotros porque cree que el suyo fue uno de los casos de adopciones irregulares asociadas al internado.
—Sí. Nadie me ha sabido mostrar ningún documento legal que respalde por qué acabé yo ahí. Es como si mi expediente se hubiera esfumado. Pero no solo eso. Estoy convencido de que mis padres adoptivos me adoptaron de manera ilegal.
Eneko Sagasti aclaró la garganta antes de formular la siguiente pregunta.
—Ha dicho que en San Jerónimo había también personas adultas. ¿Quiénes eran?
En ese instante, el móvil de Sua vibró en su bolsillo. No sonó fuerte, pero en el silencio abierto del valle sonó como un disparo.
Demasiado tarde. Kepa giró la cabeza.
Sus miradas se cruzaron y en la de Kepa no había atisbo de sorpresa. Solo miedo por haber sido descubierto.
—¡Mierda! —susurró Sua. El joven echó a correr.
—¡Alto, policía! —gritó ella desde su posición.
La huida fue desesperada. Kepa intentó escapar hacia arriba, de una forma aparatosa que no le hizo calcular bien el riesgo. Saltó una de las pasarelas de madera, resbaló sobre la sal húmeda y casi cayó de bruces dentro de una de las pozas.
Sua lo siguió sin pensar. El suelo crujía bajo ella y la sal salía despedida por todas partes en pequeños fragmentos blancos. De repente tropezó con algo y perdió el equilibrio. Sintió el vacío bajo el talón y el vértigo de caer desde varios metros de altura.
Consiguió estabilizarse, pero Kepa había desaparecido. A su alrededor solo había silencio.
Entonces vio una sombra que se desplazaba por encima de la galería de vigas. Era él.
Se dio la vuelta, pero era demasiado tarde. Kepa cayó desde lo alto y la embistió con el hombro. El impacto le vació el aire de los pulmones. En ese momento, recordó la orden de Karmen. La inspectora la iba a matar.
Kepa echó de nuevo a correr.
Gorka apareció desde un lateral, como si fuera un depredador lanzándose cuesta abajo en busca de su presa.
Fue directo a por él. Eneko, todavía con el micrófono en la mano, dudó un segundo…
y entonces, por puro instinto, empujó a Kepa cuando este intentaba esquivarlo.
Kepa dio un traspié con el borde de madera y cayó de lado, dentro de una poza. El agua lo cubrió hasta el pecho.
Gorka se abalanzó sobre él.
—¡Yo no he hecho nada! ¡Nada!
El agua salada le ardía en los ojos. Pero Gorka no aflojó y lo redujo. Con la ayuda del periodista y del cámara, lo llevaron hasta abajo, muy cerca del árbol donde Sua había improvisado su escondite. Rápidamente, Sua y Karmen llegaron hasta donde ellos.
La inspectora le puso las esposas.
—Kepa García, queda usted detenido. Va a tener que acompañarnos a comisaría. La agente Abasolo le leerá sus derechos de camino al coche. Le recomiendo que preste atención.
Él intentó zafarse y se resistió a obedecer.
—¡Yo no he hecho nada, joder! —volvió a gritar.
Gorka lo agarró por las esposas con fuerza y lo atrajo hacia sí.
—Has golpeado a una agente de la autoridad y has huido a nuestro requerimiento, campeón —le dijo—. Claro que has hecho algo.
Comisaría de Lakua, Vitoria-Gasteiz
Kepa García se mostró apaciguado y tranquilo, para sorpresa de los presentes. Junto a él, un abogado de oficio trataba de contener las respuestas de su representado.
Karmen estaba furiosa, pero trató de que no se lo notaran.
—¿Dónde ha estado los últimos cinco días, señor García? —le preguntó. El letrado intervino antes de que respondiera.
—No tienes por qué contestar a eso —le aconsejó. Él hizo caso omiso.
—Moviéndome.
A Karmen le exasperó su falta de concreción.
—Eso ya lo sabemos. ¿Moviéndose por dónde?
—Por muchas partes ¿vale? Gorka se inclinó hacia él.
—Sabemos que has estado visitando la marisma de Urdaibai, en Bizkaia —apuntó.
—He estado unos días visitando a mi abuela en Mundaka, sí. Sua dio un golpe en la mesa.
—Incorrecto. Solo estuviste una tarde. Luego desapareciste sin decirle nada a tu abuela y cuando tu hermana Kattalin intentó llamarte le colgaste el teléfono en repetidas ocasiones.
Karmen miró al sospechoso.
—¿Qué hacía usted en Urdaibai? Las coordenadas de su teléfono indican que ha estado dos días por allí antes de regresar a Valdegovía.
El joven miró a su abogado. Este le hizo un gesto para que hablara.
—En Urdaibai hay gente. Una comuna. Ninguno se esperaba aquella respuesta.
—¿Qué gente? —le espetó Gorka.
—Gente que no quiere que se hable del internado. Pensé que podrían darme respuestas. Gorka apretó los puños de manera inconsciente.
—¿Respuestas a qué?
—A por qué desaparecieron expedientes. A por qué algunos salimos de allí sin papeles. A por qué nadie recuerda nada. O no quiere recordar.
El subinspector se puso en pie. El abogado hizo ademán de interponerse en su camino, pero finalmente desistió.
—¿De qué estás hablando, Kepa? Nos han contado que recurres a los estupefacientes de vez en cuando. Espero que no estés en un cuelgue ahora mismo…
—¡Me van a matar, joder! —exclamó.
Un silencio incómodo se instauró en la sala.
—¿Cómo que alguien va a matarte? ¿Quién? —preguntó Gorka. Kepa García desvió la mirada.
—No lo sé… Fue empezar a hacer preguntas la periodista esa que apareció muerta y comenzar mis problemas.
Karmen alzó las cejas.
—¿La has matado tú?
—¡No! —gritó—. Yo no. Ha sido ese tío… el segador.
Sua intervino e intentó que su voz sonara tranquilizadora.
—¿Qué quería saber Ana exactamente?
—Pues eso… Nombres. Listas. Gente que estuvo allí. Adultos que no eran del valle. Muchos de ellos no eran de aquí.
Gorka lo anotó en un folio.
—¿Qué quieres decir exactamente con gente de fuera?
El empresario miró de reojo al letrado, pero no respondió. Gorka reformuló la pregunta.
—¿Alguna persona extranjera?
—Sí, había una monja que seguro que era extranjera, casi no hablaba castellano.
—¿Recuerdas algún nombre?
El joven permaneció en silencio. El abogado se movió incómodo.
—Mi representado…
Kepa García no le dejó acabar.
—No, no me acuerdo. Han pasado muchos años.
Esa periodista estaba removiendo muchas cosas del internado, quería saber cuál había sido mi experiencia.
Seguro que habló con quien no debía. No solo me preguntó a mí, me consta que anduvo preguntando a gente de otros pueblos, por lo que me contó.
Aunque aquí nadie habla de esto en voz alta. Es como un jodido tema tabú.
Gorka volvió a intervenir.
—¿Te dijo el nombre de las personas con las que habló?
El chico se cruzó de brazos mientras intentaba hacer memoria.
—Solo recuerdo que me dijo que yo no era el único. Que había más personas que seguían en el valle que habían pasado por el internado en diferentes momentos. Pero no recuerdo ningún nombre en concreto.
—Esfuérzate —le exigió.
—Lo siento, no me acuerdo.
El abogado dio por zanjada la conversación y se levantó.
Karmen se arriesgó a una última jugada. Había algo en el joven que no terminaba de convencerla, como si no les hubiera contado toda la verdad.
—Señor García, la ley nos permite retenerle un máximo de setenta y dos horas antes de pasar a disposición judicial. Quizá en ese tiempo pueda recordar alguno de los nombres de esas personas con las que habló Ana Rodríguez.
—Esto es inadmisible —se quejó el abogado—. Mi representado ya les ha dicho todo lo que sabe. Karmen lo ignoró.
—Agente Abasolo, acompaña al señor García a los calabozos.
Sua levantó al sospechoso, lo asió del brazo y comenzó a guiarlo fuera de la sala. Kepa García se detuvo en seco y volvió la cabeza.
—Alma —dijo.
—¿Cómo ha dicho? —preguntó Karmen. Le sonaba vagamente el nombre.
—Alma. La periodista me dijo que había hablado con Alma. No sé cómo se apellida. La médica esa rara que vive sola en un bosque a las afueras de Villanueva. La gente dice que está tarada.
Ahora sabía por qué aquel nombre le era familiar. Agripina, la anciana con la que había charlado en el bar Barandika, le había hablado de ella.
—¿De qué habló Ana Rodríguez con ella? —le preguntó.
—No lo sé. Me dijo que fue a verla por lo mismo. Se le notaba que estaba rara. Asustada. De nuevo aquella inquietante sensación de que algo no terminaba de encajar.
Gorka se despidió del sospechoso. El pánico en los ojos de Kepa García no parecía el de un culpable. Era el de alguien que sabía que había tocado algo que no debía.