El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 28.
53%

28.

Gorka llegó a la comisaría antes de lo habitual.

Ni siquiera habían encendido todas las luces del edificio.

El silencio era casi absoluto a esas horas de la mañana y tan solo era interrumpido de vez en cuando por el zumbido sordo de alguna cámara de seguridad.

Dejó el abrigo sobre la silla y permaneció en pie unos segundos, mientras analizaba el cristal de metacrilato de la sala de reuniones.

Dos fotografías.

Dos mujeres. Hermanas.

Dos escenarios protagonizados por el agua.

¿Dos lamias?

Se preguntó si habría algo más que uniera a Ana y a Mila Rodríguez, además de ser las dos mujeres relevantes en sus ámbitos profesionales.

Cuando habían entrevistado a Mila se habían centrado por completo en su hermana, y apenas sabían nada de su vida.

Por lo que había averiguado en Internet y en las redes sociales, Mila jamás se había casado y nunca se le había conocido ninguna relación pública previa, salvo un antiguo novio de la universidad.

¿Estaba atacando el segador a mujeres solteras que habían decidido vivir sus vidas de manera libre, sin acatar las imposiciones sociales?

Desde luego la idea se correspondía en cierta medida con el imaginario que cualquier persona media podría tener de una lamia de la mitología vasca.

Pero algo no terminaba de encajar: en las leyendas, a menudo, las lamias formaban parte de la vida de los humanos y llegaban a casarse con ellos.

Tal vez se estaba centrando demasiado en aquella hipótesis mitológica y el móvil del asesino era mucho más simple.

Pero entonces, ¿por qué iba a emplear todo aquel patrón repleto de símbolos?

La puerta se abrió y dio paso a la inspectora Ayala, que traía consigo a Razvan Petrescu, el guardaespaldas de Mila Rodríguez. Lo invitó a sentarse e hizo las pertinentes presentaciones.

—Señor Petrescu, está aquí en condición de testigo. Muchas gracias por su colaboración. Es importante que sepa que todo lo que nos cuente debe ser verdad, si no quiere incurrir en un delito de falso testimonio.

El escolta asintió. Gorka observó cada uno de sus gestos. Razvan era un hombre alto, fornido, rapado y de aspecto amenazante. No detectó en él nerviosismo evidente, al menos no en aquel primer momento.

—Sí, señora, no se preocupe. Diré la verdad.

Karmen carraspeó e inició el interrogatorio. En las manos sostenía una carpeta repleta de documentos.

—¿Cuándo fue la última vez que vio a Mila?

—Antes de ayer por la noche. Mi mujer está ingresada en el hospital y me dio unos días libres. Karmen hojeó uno de los papeles.

—Según estoy leyendo, su mujer ingresó en el hospital Txagorritxu ayer a las veintitrés cuarenta, señor Petrescu.

Razvan frunció ligeramente el ceño. Parecía sorprendido de que la conversación se iniciara de aquella manera.

—Sí, señora.

—Sin embargo —continuó Karmen sin apartar la vista del informe—, usted solicitó el permiso para ausentarse de su trabajo como escolta hace dos días.

Un silencio incómodo se instaló en la sala.

Gorka no perdió de vista los músculos del cuello del hombre. Se tensaron apenas un segundo.

—Me encontraba cansado. Florina ya estaba mal. Pensé que iba a necesitar ayuda. Por eso pedí permiso a señora Mila.

—¿Mal cómo? Especifique.

—Dolores. Fiebre. Nada grave en ese momento. Pero Florina es asmática, suele ir a peor. No es la primera vez que ingresa en hospital.

Karmen cerró la carpeta despacio.

—Entiendo.

No dijo nada más. Pero tampoco retiró la mirada.

—¿Le dijo Mila en algún momento si pensaba ir a la zona de Valdegovía por algún motivo?

—Bueno, señora estaba bastante disgustada con la actuación de la policía. Decía que eran una panda de incompetentes y que jamás resolverían el crimen de su hermana. No me extraña que se presentara allí para intentar aclarar las cosas.

Gorka estudió sus pupilas. No había nada en su mirada que delatase una mentira inmediata. Karmen se levantó y se sentó sobre el borde de la mesa.

—Me parece raro que Mila no recurriese a usted, por ejemplo, para hacer ese trabajo —

argumentó.

—Ustedes no saben cómo era señora. No me necesitaba a mí para nada, ni para protegerse ni para nada. Ella sola hacía y deshacía. Era gran jefa.

Aquella respuesta no convenció a Gorka.

—Si eso es así, entonces, ¿por qué contrató Mila sus servicios? —quiso saber. A Razvan no pareció incomodarle la pregunta.

—Los inversores se lo exigían, había mucho dinero en juego, y ella era una pieza clave en todas sus empresas.

—¿Le contó Mila si sospechaba de alguien?

El guardaespaldas pensó unos segundos antes de responder.

—Señora creía que había sido uno de los novios de su hermana.

—¿Pero alguien en concreto? —insistió Gorka.

—Un hombre que es jefe de una empresa de deportes acuáticos en Sobrón. Señora creía que era malo para su hermana, pero no me dijo por qué. Estaba preocupada por señora Ana. Mucho.

Gorka se levantó y se situó frente al hombre.

—¿Mila le comentó a usted algo sobre el trabajo de Ana?

—¿Qué cosa?

—Si estaba preocupada por el trabajo de Ana.

—No, señor.

Karmen se colocó junto a Gorka y le mostró al hombre uno de los expedientes que había traído.

—Señor Petrescu, ¿hace cuántos años que lleva usted aquí?

—Diez, si no recuerdo mal, señora.

Karmen hojeó el expediente y se detuvo en una línea. Entonces alzó la vista.

—No, no recuerda mal. Llegó hace diez años proveniente de Rumanía, donde, si nuestras fuentes no son erróneas, estuvo detenido varias veces por trata de mujeres.

Gorka miró sorprendido a Karmen. La inspectora no le había informado de aquello. Razvan también parecía desconcertado.

—Eso no llegó a juicio, señora. Se archivó la causa. Se equivocaron. Mi primo Sorin estaba metido en un problema de deudas, y no se le ocurrió otra cosa que mezclarse con gente mala de un burdel. En una redada me detuvieron, pero yo no tuve nada que ver.

Karmen no le quitaba los ojos de encima.

—¿Varias veces arrestado y no tuvo nada que ver?

—Nada, señora. No juicio. No condena. Nada. Se preguntó si estaba siendo sincero del todo.

—Volvamos a su mujer —prosiguió—. ¿Qué diagnóstico le han dado a Florina en el hospital?

—Neumonía, señora.

Karmen dejó caer el expediente sobre la mesa.

—Me está mintiendo, señor Petrescu. Y ya le advertí que debía decirnos la verdad. El servicio vasco de salud ha iniciado el protocolo por posible violencia de género. Su mujer ha llegado al hospital con varias lesiones compatibles con maltrato.

El escolta tragó saliva.

—No. Son cosas íntimas nuestras, por eso le he mentido antes.

—Explíquese.

Se removió incómodo en su asiento.

—Cosas nuestras, ya sabe.

—No, no sé. Explíquemelo usted.

Gorka miró a Karmen. Sabía que la inspectora estaba a punto de perder los papeles con el testigo. La mandíbula se le endureció durante un instante.

—A Florina y a mí nos gusta el bondage , ya me entiende.

—Sadomasoquismo… —murmuró Gorka.

—Sé lo que es, gracias —cortó Karmen sin mirarlo.

—A Florina le gusta eso, señora. Se lo puede decir ella. Karmen bajó la mirada al informe y leyó en voz baja.

—Desgarro vaginal. Luxación de cadera. Amputación parcial de pezón. ¿Se refiere a eso? ¿Es esto lo que le gusta a Florina que le haga usted?

Razvan parpadeó varias veces seguidas.

—Yo amo a Florina, es el amor de mi vida. Se nos fue de las manos.

—Yo no le estoy acusando de nada, señor Petrescu.

El protocolo del hospital seguirá su curso.

Pero no me queda otra que comunicarle que, a partir de este momento, pasa usted a tener la condición de investigado dentro del procedimiento por las muertes de Ana y Mila Rodríguez.

Puede designar abogado si lo desea. Ahora vendrá una agente y le explicará todo mejor.

El hombre bajó la cabeza y no supo qué contestar.

Karmen no se despidió de él y salió de la sala. Gorka la siguió. En cuanto estuvieron fuera, estalló contra él.

—Thor, no vuelvas a aclarar conceptos delante de un testigo ¿me entiendes? ¿De verdad crees que necesito que me lo expliques?

Él no sabía qué decir. No se esperaba aquella reacción.

—Solo intentaba ayudar.

—De acuerdo. Pero no lo vuelvas a hacer o te detengo.

Gorka asintió. No estaba seguro del todo de cómo tomarse aquella amenaza. Se alejaron unos metros por el pasillo.

—¿Crees que Razvan es el segador?

—No lo sé —reconoció ella—. Nos ha mentido. Y eso no dice nada bueno de él. Se pasó la mano por el cuello.

—Y su trayectoria no es precisamente limpia —continuó—.

He estado revisando su pasado judicial en Rumanía y, aunque fue finalmente absuelto, ha estado involucrado en varios delitos relacionados con la trata de blancas.

Llama a Sua. Le he mandado mensajes, pero no los ha visto.

Quiero que me explique con pelos y señales su encuentro en Sobrón con la hermana de Kepa García, nuestro hombre desaparecido. ¿Sabes tú algo de ella?

Gorka negó con la cabeza y se alejó hacia la máquina de agua.

Sua le había contado a medias su encuentro con Eneko Sagasti, el periodista de NTB, en las ruinas del antiguo internado.

Pero, por alguna razón, había resultado esquiva en sus explicaciones, como si hubiera decidido no contarlo todo.

Solo esperaba que Sua no hubiera cruzado una línea que luego no pudiera desandar.