27.
El profesor Leandro Armentegui lo recibió en su apartamento de la calle Zapatería del casco medieval de Vitoria.
Cuando llegó, no le costó dar con la casa.
Una enorme bandera arcoíris colgaba del balcón, que rebosaba de geranios, claveles y otras plantas que lo convertían en un pequeño jardín botánico.
A pesar de los años transcurridos, Gorka se alegró de que no hubiera perdido ni un ápice de su forma de ser.
Nada más abrirle la puerta, un lebrel irlandés se le echó encima, desbordante de energía. El anciano apartó al perro con delicadeza. Se lanzó a los brazos de Gorka y le plantó un sonoro beso en cada carrillo.
—Gorka, disculpa a Txiki, me ahuyenta a todos los ligues —se burló—. Me alegro mucho de verte. Ha pasado mucho tiempo.
—Yo también me alegro de verte, aita .
El subinspector tragó saliva al pronunciar aquel apelativo cariñoso que no recordaba haber empleado jamás con su padre biológico. Estar de nuevo entre aquellas cuatro paredes le emocionó más de lo que había previsto.
Leandro y su marido Iñaki lo habían acogido durante su adolescencia, cuando Gorka transitaba de un piso tutelado a otro.
La última etapa se prolongó casi seis años, hasta que se independizó.
Leandro e Iñaki se habían convertido en lo más parecido a la figura de un padre que jamás había tenido.
Los dos eran prestigiosos profesores universitarios.
Leandro era un afamado antropólogo que daba clases en la facultad de educación, filosofía y antropología de San Sebastián.
Por su parte, Iñaki había sido uno de los profesores de historia más queridos del campus de Vitoria.
Hasta que Iñaki murió, llevaban toda la vida juntos.
Los dos deseaban tener un hijo y, tras haber desechado otras vías, optaron por el acogimiento familiar.
Legalmente nunca fueron padres de Gorka, pero, en la práctica, se comportaron como tales desde el primer momento.
No solo cuidaron de él y le quisieron con locura, sino que también sufragaron los estudios de Gorka y fueron designados sus tutores legales y administradores de su patrimonio hasta que alcanzó la mayoría de edad.
La muerte de Iñaki en un accidente de tráfico había supuesto un duro mazazo para Gorka, pero aquello le unió aún más a Leandro.
Antes de fallecer, Gorka le contó a Iñaki su incansable búsqueda de Hans e Ingrid. Ese secreto se lo había llevado a la tumba y Leandro jamás le había sacado el tema. Siempre le había quedado la duda de si Iñaki había llegado a revelárselo.
—Perdóname, aita . He sido un imbécil, tenía que haber venido a visitarte antes. Ya me conoces. Leandro sonrió y señaló al perro, que asistía atento a la conversación, ya más tranquilo.
—Han pasado casi tres años, Gorka. Un poco más y encuentras mi cadáver devorado por Txiki —bromeó—. Sí, tú —le dijo al perro—, estoy hablando de ti.
Gorka apartó un segundo la mirada.
—No te metas con Txiki, él te quiere mejor que yo.
—No te autoflageles tanto, Gorka. Yo te quiero tal y como eres, ni más ni menos. Por cierto,
¿qué tal te encuentras de lo tuyo? Gorka se sentó en el sofá.
—Sigo igual. He tenido unos meses muy buenos, pero los temblores han vuelto.
—¿Sigues yendo al neurólogo? —le preguntó tras sentarse en la butaca de enfrente.
—Hace mucho que no. Nadie sabe realmente qué hacer con esto, aita . Por lo menos, el de Madrid me ayudó a controlar los síntomas. Algo es algo.
—Deberías mirar en alguna clínica de Barcelona.
—Estoy harto de médicos. Además, no tengo tiempo para eso. Estamos en mitad de un caso que nos está quitando la vida.
Leandro Armentegui se levantó y comenzó a regar un geranio que había colocado junto a la ventana.
—¿Qué quieres saber del segador?
Gorka se sorprendió de que supiera de qué le hablaba.
—Te he visto de refilón en el telediario. No pienses que me he hecho vidente de repente.
Gorka se sintió culpable. No quería que Leandro pensara que el motivo de su visita obedecía solo a motivos personales.
—Necesito saber qué opinas, aita . Estamos… estoy desconcertado con el patrón que está siguiendo.
—¿Qué es lo que te desconcierta exactamente?
—Las dos víctimas son mujeres. Las dos han aparecido en entornos acuáticos.
Una en el río Purón y otra en el foso de agua de la torre de los Varona.
Ambas con los pies cortados. Y, para más inri, la primera con un helecho atado a su mano y la segunda con un canto rodado colgando de su cuello.
Y, no nos olvidemos, en ambos escenarios ha dejado una hoz.
El anciano continuó regando otra planta.
—Bueno, creo que hay bastantes cosas en común en ambos crímenes. Tenemos el agua, el género de las víctimas…
Aun a riesgo de violar el secreto profesional, quiso compartir una conexión más.
—Esto que quede entre tú y yo, aita . Aunque supongo que la prensa lo filtrará pronto. Las dos eran hermanas. Y con poder real. Cada una a su manera.
—Mujeres de poder… —susurró.
—Sí, esa es la teoría con la que trabajamos. Creo que es muy probable que el asesino odie a las mujeres poderosas.
—Sí. Suena a alguien que tiene aversión a las mujeres. Y, además, su patrón está asociado intrínsecamente al mundo rural. La hoz, el helecho, la piedra… son todos elementos del valle de Valdegovía. Y de cualquier entorno rural de por aquí.
—Sí, pero algo no termina de encajar. ¿Por qué todo el patrón del agua y demás? ¿Qué nos está queriendo decir? ¿Por qué les corta los pies?
Leandro se volvió hacia él.
—En muchos mitos y antiguos ritos, cuando quieres deshumanizar a alguien, empiezas por los pies. Es lo que te une a la tierra.
El profesor dejó la regadera sobre una mesa y se acercó hasta una estantería del salón. Rebuscó entre los cientos de libros que albergaba, hasta que dio con el que quería. Se acercó a Gorka y se lo entregó en mano.
—¿Es que acaso no te acuerdas de él? Te lo regalamos cuando tenías dieciséis años.
Gorka leyó para sí el título de la portada: «Historia de las lamias, ninfas, sirenas y otros seres acuáticos.»
Se sintió estúpido por no haberlo relacionado antes.
—Lamias… —titubeó—. Todos estos seres tienen carácter femenino y viven en entornos relacionados con el agua: ríos, arroyos, océanos…
—Así es —afirmó Leandro—. Las lamias… ya sabes cómo funcionan. Las sirenas de nuestra mitología. Aunque las nuestras son más de ríos y arroyos. Y, ojo, hay un detalle que se repite en muchas leyendas de lamias —continuó Leandro—, y que casi siempre se pasa por alto.
—¿Cuál?
—Los pies.
Gorka notó cómo su sien derecha comenzaba a latir. El profesor señaló una de las ilustraciones del libro.
—Mientras no los ves, la lamia puede pasar por una mujer cualquiera. Hermosa, cercana… de andar por casa, vamos. Pero los pies… los pies son los que rompen el engaño.
—Pero ¿por qué?
—Pues porque esos pies no pertenecen del todo a este mundo. Ya sabes que a veces son de ave, otras de cabra incluso. Digamos que son la frontera, el punto exacto donde la lamia deja de ser humana —Leandro se encogió de hombros—. En las leyendas, descubrirlos nunca trae nada bueno.
Gorka comenzó a unir puntos.
—Son seres liminales, viven entre dos mundos —añadió—. Representan aquello que atrae y, al mismo tiempo, inquieta.
Bajó la mirada y se encontró con Txiki lamiéndole los zapatos. Echó otro vistazo rápido al libro mientras Leandro trataba de apartar al perro.
—Gracias, aita —dijo al fin—. Ya lo tengo. Me tengo que ir. El profesor no se esperaba que la visita fuera tan breve.
—Te iba a ofrecer un poco de la purrusalda que hice ayer…
—Otro día, aita . Otro día te invito y nos vamos a comer por ahí.
Leandro no insistió y se limitó a asentir. Había aprendido a conformarse y disfrutar de esas escasas y esporádicas incursiones afectivas de Gorka. Se levantó y le dio un beso en la frente. Lo conocía perfectamente. Sabía que había entendido algo que aún no se atrevía a formular.
El frío le golpeó la cara al salir. Durante unos segundos, tuvo la sensación de que el suelo bajo sus pies no era del todo firme.
Caminó unos metros y se detuvo. Por primera vez desde que había comenzado el caso, no le inquietaba tanto quién estaba matando, sino qué estaba viendo el asesino en las víctimas.