El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 26.
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26.

Karmen Ayala se encontró con Idoia Ballesteros nada más llegar a Espejo. Estaba aterrorizada por los últimos acontecimientos.

—Inspectora, dígame que esto va a acabar pronto —le rogó—. Me da miedo hasta salir sola a la calle a ciertas horas. Tengo pesadillas con ese hombre, el segador. Y la mayoría de las mujeres del pueblo estamos igual.

Karmen intentó transmitirle seguridad.

—Es nuestra prioridad absoluta. Estamos haciendo todo lo posible por averiguar quién es y poder capturarlo.

Ella no se lo creyó del todo.

—Es alguien de Valdegovía, ¿verdad?

Karmen estuvo tentada de explicarle el mapa de sospechosos que habían perfilado en la comisaría.

—No puedo darle mucha información, el juez ha decretado secreto de sumario, ya sabe. Aquellas palabras la hundieron un poco más.

—No hace falta que diga nada. Aquí esas cosas se saben. Sé que es alguien del valle.

El bar Barandika apenas tenía clientes esa mañana.

La temperatura en el exterior aún era gélida y pocos parroquianos se habían atrevido a entrar.

Situado junto al río que atravesaba el pueblo, el interior era cálido, con ese aire rústico que invitaba a quedarse.

Se acercó a la barra y preguntó a la camarera.

Era una mujer de aproximadamente sesenta años con la piel curtida por el sol y una mirada agradable y fría a la vez.

—Imanol está a punto de llegar. ¿Quién pregunta por él? La inspectora le mostró su identificación.

—Oficial Karmen Ayala, de la Ertzaintza. La empleada se tensó y se alejó de la barra.

—Yo no quiero problemas, hable con él cuando venga.

—Tranquila, tranquila —intentó calmarla—. ¿Me puedes poner un café solo?

La camarera accedió y se lo preparó. Karmen intentó entablar conversación con ella, pero le resultó imposible. Estaba claro que no quería verse involucrada en los asuntos de su jefe.

Intentó probar preguntándole por la supuesta novia del sospechoso.

—¿Dónde está Imanol? ¿En Nanclares? La mujer cambió el gesto y se le encaró.

—¿Y tú qué sabes de Nanclares?

Gorka le había comentado que una amiga de Marieta, la mujer de su tío Serafín, le había asegurado que Barandika mantenía una relación con una mujer de Nanclares de la Oca.

—Bueno, tengo entendido que está saliendo con una mujer de allí —se aventuró a decirle.

Una anciana que estaba tomando un chupito de orujo en una de las mesas las interrumpió.

—Ya no está con esa, que se sepa —le explicó.

Karmen aprovechó la coyuntura para tratar de sonsacar información.

—¿Tiene novia nueva?

La mujer se rio. No tenía ni un diente en la boca.

—¿Ese? ¡Qué va! ¿Quién va a querer estar con él, si tiene más malas pulgas que mi Antonio, que en paz descanse?

La camarera hizo ademán de hacerla callar, pero en ese momento entró un cliente y tuvo que atenderlo.

Karmen se acercó y se sentó junto a la anciana.

—Imanol no tiene suerte con las mujeres, por lo que dicen. Tengo entendido que estuvo casado y su mujer se murió.

La mujer sorbió otro trago y aclaró la voz antes de contestar.

—La pobre Herme… ¡qué vida más dura le dio! Yo no sé cómo no se divorció de él antes.

—¿Por qué lo dice? ¿Imanol le era infiel?

—¡Si solo fuera eso! Más de una vez la vimos con los ojos morados.

Ella lo negaba, pero, vamos, que no hay que ser muy avispada para saber lo que pasaba en esa casa.

A esta de Nanclares dicen que la trataba igual.

Al principio no, pero luego se le debía de ir la mano con ella.

Menos mal que parece que esta ha sido lista y le ha mandado pronto a paseo.

Un hombre se levantó y se les acercó.

—¡Cállate, Agripina, que estás borracha!

La mujer enmudeció y agachó la cabeza. Karmen se levantó y le mostró la placa. El hombre la observó con un nudo en la garganta.

—Perdón, no sabía que eras de la poli —se excusó.

Karmen lo miró fijamente a los ojos. Aquel tipo de individuos no se merecían una respuesta a medias tintas.

—Escúchame bien. Te doy dos opciones: o te identificas ahora mismo y me acompañas a Vitoria a tomarte declaración por un presunto delito contra el honor, o te vas ahora mismo y no vuelves a molestarla. Tú eliges.

El hombre se disculpó vagamente y salió del bar sin mirar atrás. Karmen acarició la mano de la anciana.

—Si le vuelve a molestar, llámeme a la comisaría. Soy la inspectora Ayala, pero me puede llamar Karmen.

—Gracias, guapa —titubeó ella. La invitó a sentarse otra vez.

—¿Usted conocía a Hermelinda, la mujer de Imanol?

—Era un cielo. Antes se tenía que haber divorciado. Y luego, mire, para acabar muriendo con cáncer, la pobrecita.

—¿Herme era de Villanueva?

—Sí, de toda la vida. Su hermano sigue viviendo allí.

Karmen decidió arriesgarse al ver que la mujer estaba dispuesta a hablar.

—¿Le suena algo el nombre de Zuriñe Aranburu?

—Pues a bote pronto no, la verdad.

—Era una chica de Villanueva, murió hace ya veinte años, ahogada en el río Purón.

La mujer buceó en su memoria mientras trataba de desenredar la madeja de sus recuerdos.

—Sí, sí, creo que ya sé quién es —dijo de repente—. Zuriñe era la hija de Begoña Usurbil, que pobrecita también está ya como las maracas de Machín.

A Karmen le hizo gracia aquella expresión. Aprovechó la coyuntura y se valió de la confianza que aquella mujer parecía tener con ella.

—¿Se acuerda de algo de Zuriñe o de aquellos días cuando apareció muerta? La mujer buscó a la camarera con la mirada.

—Mi memoria es buena, guapa, pero no llega a tanto —dijo mientras remataba de un sorbo la bebida—. Fue impactante, eso sí me acuerdo, todo el mundo la quería mucho. Pero poco más.

—¿Sabe si Herme conocía de algo a Zuriñe?

—Mujer, claro que se conocían. Aquí nos conocemos casi todos.

—Ya…

—Las dos eran además profesoras del colegio de Villanueva y, si la memoria no me falla, las dos eran catequistas.

Karmen analizó rápidamente aquella información. Era más que probable que ambas fueran incluso amigas.

—Fue Herme quien encontró el cadáver de Zuriñe —le dijo Karmen. La mujer pareció acordarse de algo.

—Eso ya no sé. Ni idea, maja. Me estás recordando a esa mujer que vive sola en el bosque. Dicen que es médica de la cabeza. Hace tiempo que no lo hace, pero en su día bien que nos preguntó cosas raras sobre el valle. Hace mucho que ya no habla con nadie. Se limita a espiarnos de lejos.

No esperaba aquella revelación imprevista.

—¿Una médica? ¿Sabe su nombre?

—Pues creo que es Alma. Siempre me pareció un nombre poco común por aquí. Karmen anotó mentalmente el nombre.

—Pero ¿qué tipo de preguntas les hacía?

—Pues… ¡yo qué sé! Cosas sobre gente del valle… Era como si quisiera averiguar algo todo el rato. Yo creo que está malita de la cabeza también. Fíjese qué vueltas da la vida. Médica de la cabeza para acabar así.

En ese momento, un hombre de aspecto rudo y desaseado se acercó y se interpuso entre ambas.

—¿Qué haces en mi bar?

Karmen no daba crédito a sus modales.

—Soy la inspectora Karmen Ayala, de la Ertzaintza…

—Me parece perfecto, ¿qué haces aquí?

Karmen miró a la camarera y dedujo que le había puesto al corriente.

—Me gustaría hacerle unas cuantas preguntas, señor Barandika. El hombre se cruzó de brazos.

—¿Preguntas de qué?

—Creo que es mejor que hablemos en privado…

—A la mierda. Lo que tengas que decir, dilo aquí. A mí los cipayos no me vais a asustar.

Karmen se levantó y se situó frente a él. Un pestilente olor a sudor penetró con fuerza en sus fosas nasales.

—Le aconsejo que vigile el tono, señor Barandika. No querrá acabar en comisaría por desacato a la autoridad. Acompáñeme fuera.

Él claudicó y la siguió al exterior. Karmen lamentó haberse dejado el abrigo dentro.

—¿Pero me vas a decir qué quieres de una vez?

—¿Conocía usted a Ana Rodríguez, la periodista de Radio Vitoria?

Imanol Barandika encendió un cigarrillo y comenzó a fumar de manera compulsiva.

—La conocía como la conocía medio valle. Se acostaba con unos cuantos de por aquí. ¿Por? Estuvo a punto de reprenderlo, no soportaba aquella misoginia sin complejos.

—Tenemos varios testimonios que aseveran que usted estaba obsesionado con ella, que la seguía.

—¿Quién te ha contado esa tontería? Yo jamás he seguido a nadie. Vino una vez al bar y estuvimos hablando. Nada más.

—¿Seguro que nada más? El hombre parecía nervioso.

—Segurísimo.

—¿De qué hablaron?

Imanol Barandika apagó el cigarro en su lengua.

—Preguntas que me tocaron un poco los cojones, con perdón.

—¿Qué tipo de preguntas?

—Pues gilipolleces de periodistas. Hacía demasiadas preguntas. Aquí la gente no pregunta tanto, inspectora. Valdegovía es un valle tranquilo, cada uno va a sus cosas.

No se dejó acobardar por las evasivas del sospechoso. Insistiría todo lo que fuera necesario hasta que le contestara.

—No me ha dicho aún qué tipo de preguntas le hizo.

—Cosas del pasado, me preguntó sobre varias personas, pero yo no le dije nada.

—¿Sobre el pasado del valle?

La incomodidad de Imanol Barandika casi se podía tocar con la mano.

—Sí. Yo qué sé, cosas raras que han ocurrido alguna vez, como en todas partes, supongo.

—¿Cosas raras?

—Sí, me preguntó sobre casos de bebés robados, que debía de haber alguno por aquí. Pero yo no le contesté nada, no soy un chismoso. A saber a qué puerta ha llamado, que mira cómo ha acabado.

—Imanol, necesito que sea más concreto —le insistió—. ¿Qué le preguntó exactamente?

—Pues eso… que si conocía a fulanito y menganito. Ya le dije que de uno no tenía ni idea de quién me hablaba, y del otro le dije que era imposible. Conozco a esa familia, son gente decente. Serían incapaces de robar a un niño.

—¿Puedo saber de quién estamos hablando?

—No quiero historias con nadie.

—Imanol, dos mujeres han sido brutalmente asesinadas. Es importante. ¿Sobre quién le preguntó?

Él se resistió unos segundos más antes de responder.

—Joxean e Idoia, los de Gaubea Ederra, la casa rural. La habrás visto al venir para aquí. Aquella revelación la dejó clavada en el sitio.

—¿Ana Rodríguez sospechaba que ellos podían estar implicados en una adopción ilegal? Intentó zafarse como pudo, pero la mirada inquisitoria de Karmen logró que contestase.

—No lo sé, me dijo que sus nombres salían en algún papel. Eso fue todo. No le dejé que me preguntara más. ¿Algo más?

—Solo otra cosa. ¿Sabe si Ana tenía algún familiar?

—No, no llegamos a intimar tanto —contestó con sorna—. Tengo que volver al bar.

—Está bien, pero si se acuerda de algo más llame inmediatamente a la comisaría, ¿de acuerdo?

Es probable que lo citemos en los próximos días para una declaración formal.

Él no respondió. Se despidió con un gesto de la cabeza y entró a la taberna. Karmen regresó a por su abrigo y le dedicó un cálido saludo a Agripina. La anciana parecía tener prisa y ni siquiera le dirigió la mirada.

Mientras caminaba hacia su coche se preguntó si Imanol Barandika le había dicho toda la verdad o tan solo había sabido salir por la tangente.

Al pasar frente a la casa rural, observó a Idoia Ballesteros barriendo la entrada. La saludó con la mano, pero ella no la vio. ¿Sería verdad lo que le había contado Barandika? ¿Qué pintaban Idoia y su marido en los papeles de Ana Rodríguez?

El caso se complicaba por momentos. Y lo peor no era eso. Lo peor era que en Valdegovía nadie hablaba de más.