El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 25.
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Sua Abasolo dejó el coche a las afueras de Villanueva y continuó a pie.

Vestida como una excursionista más, con bastones de trekking y una mochila a la espalda, no le costó encontrar el lugar exacto donde se había levantado el misterioso internado.

Varias páginas web de senderismo proponían a los usuarios rutas que partían o pasaban por allí.

Hacía un frío helador y tan solo se cruzó con un par de personas.

Lo primero que le sorprendió fue comprobar que el edificio principal aún conservaba las paredes y buena parte del tejado.

Junto a él, varias construcciones más pequeñas se repartían sin un orden claro.

Todo el conjunto estaba situado en una hondonada, a varios metros por debajo del nivel del sendero y del bosque que lo rodeaba.

La sensación era incómoda, como si alguien lo hubiera enterrado allí a propósito.

Se acercó al edificio principal. La piedra de los muros seguía en pie, ennegrecida por la humedad.

En el dintel de la puerta, un crucifijo oxidado era el único vestigio de su antiguo carácter religioso.

Rodeó la construcción y se asomó por uno de los huecos abiertos en la pared trasera.

No quedaba rastro del mobiliario. En su lugar, grafitis dispersos, botellas rotas y restos de basura se acumulaban en el interior, dando al conjunto un aire degradado, casi hostil.

Avanzó siguiendo el murmullo de un arroyo cercano que bordeaba las edificaciones más pequeñas.

Cuando lo tuvo a la vista, se detuvo. No era un río grande, pero la corriente parecía profunda y oscura.

Sobre el agua se extendía una vieja plataforma de madera sostenida por pilares de piedra.

Se acercó con cautela y descubrió que, bajo la estructura, aún permanecían sumergidos los restos de unas estancias cerradas por rejas oxidadas.

—Celdas —dijo una voz a su espalda.

Sua se giró sobresaltada. Eneko Sagasti estaba allí, observándolo todo con las manos en los bolsillos.

—¿Celdas? —repitió ella mientras se incorporaba—. Pero si el río las cubre casi por completo.

—Precisamente —respondió él—. Si te fijas bien, aún quedan restos de anclajes metálicos en las rejas.

Sua aguzó la vista.

—¿Estás diciendo que metían ahí a los críos?

—Estoy diciendo que alguien decidió construirlas por algo. Y que no parecen graneros ni

almacenes.

Sua seguía dudando.

—O podían servir para otra cosa. Penitencia, por ejemplo. Las monjas, antaño, también se castigaban a sí mismas.

Sagasti esbozó una sonrisa incrédula.

—Eres muy optimista, agente Abasolo.

Sua miró a su alrededor. Tan solo se escuchaba el rumor de la corriente. Fue entonces cuando Sua se dio cuenta de que estaban completamente solos. El reportero no había acudido con su equipo.

—¿No ibais a grabar unas imágenes aquí?

—Sí, los demás vendrán más tarde. Están haciendo documentación.

La invitó a caminar hasta una de las construcciones más pequeñas. El tejado estaba parcialmente hundido y no quedaba ni rastro de cristales en las ventanas.

Sua le miró con cara de pocos amigos.

—¿No pretenderás que me meta ahí?

—Es solo un segundo —le pidió él.

Accedió a regañadientes. Dentro, la estampa que se encontraron era descorazonadora.

Excrementos de animales y restos de comida compartían espacio con un viejo colchón lleno de mugre.

Se le pusieron los pelos de punta. En una de las paredes interiores, a media altura, había un dibujo inciso en la piedra.

Apenas se distinguía entre la humedad y los desconchones.

—¿Eso qué es? —le preguntó. Sagasti se acercó sin tocarlo.

—Parece una pata de oca.

Una idea fugaz la atravesó. Durante un viaje por Galicia hacía un par de años, un guía turístico le explicó que el clásico juego infantil de la oca era interpretado por mucha gente como una representación del Camino de Santiago.

Incluso como una metáfora mística del viaje de la vida.

Tendría que preguntar a Gorka qué pensaba al respecto.

—¿Y qué narices pinta eso aquí?

—Nada —respondió él—. O todo. Depende de quién lo hiciera.

Sua se agachó para observarlo mejor. Tal vez fuera obra de alguno de los senderistas que frecuentaban la zona. Pronto se dio cuenta de que el trazo era demasiado tosco e irregular. Parecía hecho por un niño pequeño.

—Esto lo ha podido hacer cualquiera —concluyó—. Un crío de San Jerónimo. Pero también lo ha podido hacer alguien mucho tiempo después.

—Eso pensé yo también cuando lo vi.

Sagasti sacó el móvil y le mostró un vídeo corto. En las imágenes, un cuaderno escolar antiguo estaba siendo examinado por quien había hecho la grabación. En muchas de las hojas, una clara mano infantil había dibujado figuras de patas de oca similares a la que acababan de ver en la pared.

—¿Qué coño es esto?

—Es uno de los libros que se usaron aquí, en San Jerónimo —explicó—. Los conservaba el archivo de la parroquia de Villanueva. Susana, mi asistente, los descubrió durante una visita rutinaria para documentarse y sacó el vídeo.

Sua le devolvió el teléfono sin decir nada. Probablemente estaban viendo fantasmas donde no los había, y aquellos dibujos simplemente estaban asociados con algún juego o cuento de la época.

Regresaron junto al arroyo. Sagasti la hizo situarse frente a la orilla.

Las celdas subacuáticas se sumergían parcialmente en el agua de una forma perturbadora.

Señaló uno de los candados oxidados que cerraban una de las rejas.

Sobre el metal, casi borrado por el óxido, se apreciaba el mismo dibujo.

—¿Seguro que esto no lo has hecho tú? —preguntó ella con ironía.

Sua se quedó mirando el símbolo durante unos segundos más de lo necesario. No sabía qué le inquietaba más, si el dibujo en sí o la insistencia de alguien en repetirlo en lugares tan distintos.

—Dame una tregua, agente Abasolo, no soy tan malo como piensas. Sua lo miró con desconfianza, pero aparentó no haberle oído.

—Esto es muy raro —murmuró—. Nada de esto termina de encajar.

—Ese es el problema —respondió Sagasti—. No sabemos a ciencia cierta si ese dibujo lo hizo uno de los niños de San Jerónimo. Ni por qué aparece en tantos sitios. A mí lo que más me extraña es por qué eligió dibujarlo en esa celda.

Sua volvió a mirar el agua oscura bajo la plataforma. A pesar de los años transcurridos, sintió que ese lugar seguía vivo.