24.
Karmen Ayala levantó la vista en cuanto Gorka entró en el despacho.
No le gustaba reunirse con su equipo allí; prefería reservar aquel espacio como un reducto de privacidad.
Pero, en esta ocasión, había provocado aquel encuentro.
Gorka estaba muy raro desde que habían encontrado el cadáver de Mila Rodríguez.
El comisario Berrosteguieta había aumentado la presión sobre ellos: había tenido que postponer de nuevo su jubilación y era imposible tratar con él.
Gorka estaba más silencioso de lo habitual y, aunque quería pensar que estaba equivocada, sospechaba que estaba molesto con ella.
—Gorka, pasa, he traído una tortilla con champiñones, que sé que te encantan. Coge un cacho
—le ofreció.
—No me apetece —soltó él de manera hosca.
—Acabo de hacer café, si quieres.
—No me apetece. Prefiero que nos centremos en el caso. Karmen tragó saliva. Algo le ocurría, pero prefirió dejarlo correr.
—¿Sabemos algo de Olentzero? —quiso saber él.
—Aún no, está practicando la autopsia. Ya le he amenazado educadamente para que nos dé los resultados para ayer. Espero que me haga caso.
—Por la cuenta que le trae, si no quiere tener al comisario llamándole cada cinco minutos. Karmen se sirvió una taza de café y dio un trago largo.
—¿Cómo ves el caso, Gorka? ¿Qué significa esta segunda víctima?
Él bajó la mirada y la fijó en la carpeta que tenía entre las manos.
—Creo que no es casual que haya dejado el cadáver de Mila Rodríguez en el agua del foso de la torre de los Varona. ¿Conoces el origen de ese linaje?
—Ni idea.
Levantó la cabeza y le miró directamente a los ojos.
—Hay una leyenda medieval detrás del apellido.
La primera Varona fue una mujer, María Pérez.
Vivía aquí, en la torre, en una época en la que las guerras de bandos asolaban el norte.
Cuando sus hermanos salieron a combatir, ella los siguió disfrazada de hombre.
En el caos de una batalla, se enfrentó ella sola al rey de Aragón y lo derrotó.
—¿Una mujer venciendo a un rey?
—Eso dice la tradición. El rey de León, para recompensarla, afirmó que había obrado no como mujer, sino como un varón, y decretó que ella y su descendencia llevarían el apellido Varona.
Karmen guardó silencio.
—No sé si el asesino conoce esta historia con detalle —continuó Gorka—, pero el lugar no es casual. Aquí hay una carga simbólica muy fuerte: una mujer que ocupa un lugar que no le corresponde, que desafía el orden… y a la que hay que convertir en algo aceptable.
Karmen no sabía a dónde quería llegar.
—¿Y eso cómo encaja con Mila Rodríguez?
—Mila era una mujer que ejercía poder real. No solo visibilidad. Quizá el segador no la ve como una víctima concreta, sino como algo que hay que corregir.
—¿Estás diciendo que mata a mujeres poderosas? Gorka negó despacio.
—Digo que él cree que representan algo que debe ser castigado. Pero no estoy seguro de que ese sea el patrón de fondo. El agua, la hoz, el helecho, la piedra… eso es otra cosa. No encaja del todo.
—¿Entonces?
—Puede que esta sea la historia que quiere que veamos. No necesariamente la verdadera. Karmen se levantó y se echó un poco más de café.
—¿Has hecho lo que te pedí? Gorka asintió y abrió la carpeta.
—Mateo Aranburu no te mintió. Su hermana Zuriñe murió hace veinte años ahogada en el río Purón, en una de las cascadas que hay en el parque de Valderejo.
He revisado la autopsia y la forense fue muy clara: la causa de la muerte fue ahogamiento.
No se apreciaron signos de violencia. Y, por supuesto, todos sus miembros estaban intactos.
—Aun así, hay algo raro en esa historia. Según me contó Mateo, su hermana era una experta nadadora y jamás acudía a nadar al río una vez finalizado el verano. Me pregunto si tal vez pudo ser un incidente autolítico.
—No creo que se suicidase —sostuvo Gorka—. He estado investigando el informe policial del levantamiento del cadáver y me he encontrado con un dato inquietante. Mira.
La inspectora leyó el expediente con detenimiento.
—No sé a qué te refieres. Gorka señaló un nombre.
—Hermelinda García de Vicuña fue quien descubrió el cuerpo flotando al amanecer. He estado investigando y es una vecina de Espejo, ya está fallecida.
—¿Y?
—¿No te parece raro que una mujer de Espejo, que está a varios kilómetros de donde apareció el cuerpo de Zuriñe, diera el aviso a esas horas?
Karmen apretó los labios.
—Un poco raro sí es. ¿Qué declaró a la policía?
—Que estaba de excursión en el parque.
—¿A esas horas?
Gorka continuó leyendo el informe.
—Y además eso no es todo. Adivina quién era el marido de Hermelinda.
—¿Quién? Por Dios, Gorka, dilo todo de una vez —se exasperó.
—Hermelinda era la mujer de Imanol Barandika.
Una sensación punzante se instaló en la boca del estómago de la inspectora.
—¿Imanol Barandika? ¿El dueño del bar Barandika?
—El mismo.
Karmen dio un sorbo a su café.
—De acuerdo, aquí puede que haya algo. Si es cierto que Imanol Barandika acosaba a Ana Rodríguez, puede que estuviera implicado en la muerte de Zuriñe. Es rocambolesco, pero no podemos descartarlo.
Gorka cerró la carpeta y la dejó sobre la mesa.
—No solo eso. Cuando estuve en casa de mi tío, Marieta, su mujer, me enseñó la lista de participantes en el taller que impartió Serafín para aprender a tejer las pulseras de esparto.
Imanol Barandika figuraba entre ellos. Marieta llamó delante de mí a una amiga para ver si le sonaba algún nombre de la lista, y reconoció a Barandika de inmediato.
Pero es que además dejó caer que había rumores de que Imanol Barandika había maltratado a su mujer.
—Vale. Hay que interrogarle sí o sí. Vamos, no perdamos el tiempo —le pidió mientras abría la puerta—. Le mando un mensaje a Olentzero para insistirle que me remita las pruebas en cuanto las tenga.
Gorka no se movió.
—Yo tengo otras cosas que hacer, si no te importa.
Karmen no daba crédito a lo que acababa de ocurrir. Era la primera vez que Gorka se rebelaba ante una orden suya.
—¿Cómo?
—Necesito hablar con uno de mis profesores de la universidad para comentar todo esto. A nivel antropológico hay algo que no estoy viendo, que se me está escapando.
—¿Y no puede esperar a otro momento? ¿Tiene que ser ahora?
—Prefiero ahora.
Karmen perdió la paciencia.
—No es el momento de consultar teorías.
—Para mí sí —respondió él—. Para mí siempre lo es.
No esperó a la réplica de la inspectora y abandonó el despacho. Mientras salía de la comisaría, Gorka se arrepintió al instante de aquella sutil desobediencia para con su jefa.
¿Por qué estaba enfadado con ella?
Subió al tranvía y se dirigió a su casa. La imagen del juez Unax Mendiola cruzó de manera insistente por su mente como una molestia que no terminaba de desaparecer.