23.
I.
La mujer salió de entre las sombras y se le acercó. Su piel olía a cera y humedad. Le agarró la cabeza con fuerza y le obligó a levantar la cara.
—Calla —le ordenó—. O serás el siguiente. El agua estaba helada esa noche.
Siempre lo estaba.
II.
La agente Sua Abasolo esperó con paciencia a que Eneko Sagasti finalizara la retransmisión en directo de NTB desde el escenario del crimen junto a la torre de los Varona.
No lo tragaba, pero, aun así, no podía dejar de mirarlo mientras se dirigía a sus espectadores, impulsado por un magnetismo que era capaz de atravesar la pantalla y atrapar a quien lo escuchara.
—Un terrorífico asesino en serie está sembrando el pánico en pleno valle de Valdegovía.
La primera víctima fue encontrada en el río Purón, cerca de Lalastra.
La segunda ha aparecido aquí, en el foso que rodea la emblemática torre de los Varona, uno de los recintos con más proyección turística de toda Álava.
Las dos, con los pies terriblemente amputados.
Las dos, con extraños símbolos atados a sus cuerpos.
Un helecho y un canto rodado. Aún no os podemos confirmar, pero todo apunta a que entre las dos víctimas existía un vínculo familiar.
El segador ha vuelto a cercenar la vida de otra mujer inocente, y las autoridades, a pesar de los esfuerzos, aún no han dado con el responsable de esta masacre.
Los vecinos del valle hacen sus cábalas, pero nadie se atreve a hablar demasiado alto.
¿Quién es el segador? ¿Por qué ha empezado a matar?
¿Qué nos quiere decir con esta extraña simbología?
En NTB seguiremos investigando y os mantendremos informados.
Estad atentos a nuestras redes sociales.
La verdad siempre sale a flote. Eneko Sagasti, para NTB.
Tuvo que contenerse para no lanzarse sobre él y estrangularlo con sus propias manos.
Le causaba estupor que estuviera empleando un tono tan asquerosamente sensacionalista para tratar el crimen de su colega.
¿Cómo podía hablar con tanta frialdad de las víctimas, sobre todo en el caso de Ana Rodríguez?
¿Acaso trataba de proteger su imagen? La prensa ya había filtrado la identidad de la primera víctima. ¿A qué venía aquel silencio?
Decidió abordarlo cuando se iba a meter a su furgoneta.
—Señor Sagasti, quisiera hacerle unas cuantas preguntas, si no le importa. Él parecía contrariado, pero accedió a bajar del vehículo.
—Acompáñeme a dar un paseo, alejémonos de esta jauría —le pidió.
A Sua no le hizo gracia que empleara ese término para referirse a los curiosos y a la policía, pero se contuvo. Caminaron unos cuantos metros hasta situarse en la parte trasera de la iglesia que había en el recinto.
—¿Qué ocurre? —le preguntó.
—¿Que qué ocurre? —repitió la agente—. Dígamelo usted.
—¿Por qué no me tratas de tú? Tenemos casi la misma edad. Sua no tenía ganas de perder el tiempo con tonterías y accedió.
—He sido de las primeras en llegar a la escena del crimen. ¿Cómo es posible que los de NTB ya estuvierais montando el dispositivo?
Él sonrió, aunque intentó no provocarla.
—Tenemos nuestras fuentes, y son anónimas, agente. No podemos facilitarlas. Sua no se amedrentó.
—A mí no, pero seguro que el juez Mendiola estará encantado de escucharlas. Me da igual tu secreto profesional y tu código deontológico. No puedes obstruir una investigación policial.
—Si recibo la petición del juez, no te preocupes que facilitaré esa información. Sua quería agarrarle del cuello y obligarle a hablar, pero se contuvo.
—Quien te ha dado el chivatazo no ha podido ser la mujer que ha descubierto el cuerpo, ya he hablado con ella, y me jura que ella solo ha dado aviso a la Ertzaintza. He hablado con la gente del pueblo que había arremolinada a primera hora y lo mismo. ¿Cómo te enteraste? ¿Quién ha sido?
¿Alguien de Villanañe?
—Ya lo siento, pero entiéndeme, no puedo darte esa información confidencial. Sua estaba a punto de perder los nervios.
—Fue alguien del documental ese, ¿verdad? Alguien que está participando en él, por eso no me lo puedes decir. Porque no le puedes delatar.
Él permanecía en silencio.
—O porque no quieres que tu puto documental se vaya al traste, ¿verdad? ¿Qué quieres, ganar el Pulitzer a costa de la muerte de tu amiga?
Eneko Sagasti volvió a sonreír, no esperaba que la agente empleara aquel lenguaje soez.
—Dos mujeres han sido brutalmente asesinadas —prosiguió—. Entre ellas, tu colega, tu amiga. Aunque no sé si eras digno de la confianza que ella había depositado en ti. Me repugna la gente como tú.
Él cambió el gesto. Era evidente que le había molestado aquel comentario.
—Mantén las formas, agente, que yo no te he faltado al respeto.
—El respeto se lo estás faltando a tu amiga, que ahora mismo está en una mesa de autopsias. Él hizo ademán de irse.
—Hemos terminado.
Sua decidió bajar el tono.
—De acuerdo, disculpa, no debería haberte hablado así. Pero entiende tú también que es esencial que colabores con nosotros si sabes algo.
Eneko dio un paso hacia ella.
—Si supiera quién es el segador, ¿no crees que ya habría dado la exclusiva? Sua analizó sus palabras. Seguía sin fiarse de él.
—Ya… ¿Tienes alguna teoría de por qué ha podido matar a Mila Rodríguez?
—No tengo la menor idea. Ana y Mila eran dos mujeres reconocidas, con mucho poder dentro de su ámbito profesional. No sé si el hecho de que fueran hermanas tiene algo que ver o no, pero creo que es evidente que al segador le molestaban las dos. O las odiaba.
—Tú conocías a Ana. ¿Es posible que el segador mantuviera una relación sentimental con ambas?
—No lo sé. Sé que Ana se veía con hombres, pero nada más.
Sua se estaba desesperando. No había manera de sonsacarle nada. Optó por cambiar de rumbo.
—¿De qué va exactamente el documental? ¿Qué es lo que estás tratando de destapar? Y no me vengas otra vez con lo del secreto profesional.
Eneko sopesó unos segundos la respuesta que quería dar.
—Ana y yo estábamos investigando distintos casos de bebés robados y adopciones irregulares en Euskadi, y el internado de San Jerónimo aparecía vinculado a dos de los casos. Estábamos en fase de recopilación de indicios y pruebas, pero, como comprenderás, eso forma parte de mi trabajo.
—Sí, sí, ya me lo has dicho doscientas veces. ¿Por qué cerró el internado en 2007?
—Fue desmantelado de la noche a la mañana. Alguien tuvo que dar la orden. No hemos sido capaces de encontrar nada en claro todavía. Por eso creemos que pueden estar implicadas personas importantes.
—Y esas monjas, las que llevaban el internado, ¿dónde están ahora? ¿Se las ha tragado la tierra?
—Solo hemos podido hallar el rastro de cinco, aunque con toda probabilidad fueran muchas más. Tres de ellas han fallecido ya y a la otra no conseguimos localizarla, es como si hubiera desaparecido.
—¿Y la que queda? Has dicho que habíais encontrado los nombres de cinco.
—De la quinta solo tenemos su nombre de religiosa. Era una mujer joven cuando San Jerónimo cerró. Sor Suniva.
Sua creyó haber escuchado mal.
—¿Sor Suniva? Jamás he oído un nombre así.
—Sí, definitivamente es raro. No es nada común. Por lo que he averiguado, es la patrona de Bergen, en Noruega. Fue una princesa irlandesa que huyó a Noruega para escapar de un matrimonio forzoso.
—¿Quién iba a ponerse un nombre tan raro dentro de una congregación? No tiene sentido.
—Quizá no sea tan raro como parece. Una de las ancianas que hemos entrevistado afirma acordarse de ella.
Debía de ser una joven extranjera, con mucho acento, que casi no sabía hablar castellano, su pelo era rubio platino y sus ojos verdes.
Quizá era de origen escandinavo. Y ese puede ser el motivo por el que apenas quede rastro de ella.
Había algo muy extraño en todo aquello, pero no sabía de qué se trataba.
—Mañana vamos a grabar en las ruinas del internado, en Villanueva. Si quieres venir, estaré encantado de enseñártelas.
La agente asintió despacio. No podía quitarse una idea de la cabeza.
De ser cierto lo que afirmaba Eneko Sagasti, ¿qué hacía una monja de origen nórdico en un internado católico del País Vasco en los años noventa?
Seguramente no fuera nada y todo tuviera una explicación racional, pero, aun así, algo no encajaba.
Mientras se dirigía al coche giró la cabeza y observó al periodista alejándose.
Había algo en él que la atraía con fuerza, pero, a la vez, le hacía estar a la defensiva.
Su instinto le decía que no podía confiar en él.
Cerró la puerta y puso las manos en el volante.
¿A quién pretendía engañar? Estaba deseando volver a verlo.