El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 22.
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22.

A escasos cuatro kilómetros de Villanueva de Valdegovía y cuarenta de Vitoria, la torre-palacio de los Varona se erigía majestuosa junto al pueblo de Villanañe.

Mientras se acercaba en coche, Gorka no podía quitar los ojos de aquella vetusta fortificación que presidía una extensa planicie como un faro resplandeciente.

La piedra dorada que cubría sus veinte metros de altura reflejaba la pálida luz del sol que se colaba tímida entre las nubes.

La niebla a ras del suelo envolvía la base del conjunto y creaba una falsa sensación de irrealidad, como si fuera una construcción sacada de otro lugar y otro tiempo.

Sin embargo, lo que se había encontrado en el foso de agua que la bordeaba había puesto sobre el tablero una cruda realidad: un segundo cadáver con el mismo patrón que el utilizado con Ana Rodríguez.

Nada más aparcar el vehículo, se dio cuenta de que no habían sido los primeros en llegar.

Un endeble cordón policial, que los de la unidad científica habían improvisado para proteger la escena del crimen, trataba de contener a varios curiosos y a un cámara de televisión.

Junto a él, un reportero señalaba el lugar donde había aparecido el cuerpo mientras daba explicaciones a los espectadores.

Era Eneko Sagasti, el periodista de NTB.

Tras él, se percató de la presencia de un camión del servicio de bomberos de Vitoria.

Gorka sorteó el cordón y se aproximó a la inspectora Ayala, que estaba conversando con un hombre. Algo en su lenguaje corporal le dijo que ya se conocían.

—Oficial Ayala —la saludó.

Karmen se volvió algo sorprendida, no lo había visto llegar.

—Larssen, Sua ya estaba aquí para cuando nosotros hemos llegado.

Lleva un rato entrevistando a algunos de los lugareños que se han acercado —le dijo.

En ese momento se dio cuenta de que no le había presentado al hombre.

—Disculpa, este es el juez Mendiola, ya se ha incorporado al juzgado. Se va a encargar de los dos casos.

El magistrado era alto e iba vestido con un elegante traje azul marino y un abrigo ligero de piel sintética.

—Encantado, subinspector Larssen. Karmen me ha hablado muy bien de ti. Espero que tu experiencia ayude a dar cuanto antes con quienquiera que esté haciendo esta salvajada.

Gorka se le quedó mirando sin pestañear.

No sabía qué le incomodaba más: el hecho de que la inspectora le hubiera hablado de él a sus espaldas, el no saber hasta qué punto Karmen se había explayado hablando sobre su pasado, el que el juez le tratara de tú o el hecho de que hubiera llamado a la inspectora por su nombre de pila.

—Encantado, juez Mendiola —le respondió.

Y sin dar pie a que la conversación continuara, Gorka se dirigió hacia el lugar exacto donde había aparecido el cadáver. La inspectora trató de decirle algo, pero hizo como que no la había escuchado.

El cuerpo había quedado atorado bajo uno de los pequeños puentes que comunicaban la muralla que delimitaba la torre-palacio con el exterior.

Calculó que el foso debía de tener unos dos metros de anchura en ese punto, aunque el arco de piedra resultaba sensiblemente más estrecho.

Varios agentes de la científica recopilaban pruebas sobre la estructura y en la zona inmediata.

En el agua, tres buzos de los bomberos intentaban asegurar a la mujer a un arnés para poder izarla hasta arriba, donde otros dos hombres habían montado una polea.

Era una actuación delicada, pues cualquier movimiento en falso podía contaminar la escena o causar daños irreversibles al cadáver.

Con una pasmosa destreza, lograron por fin subirla.

La imagen de la mujer con las extremidades al descubierto y los pies amputados era dantesca.

Con máximo cuidado, lograron estabilizarla y la depositaron boca arriba sobre el suelo, dejando su rostro al descubierto.

El subinspector se quedó petrificado. Los rasgos de aquella mujer delataban su identidad de manera inequívoca.

Lo supo al instante. Y aun así, se negaba a aceptarlo.

Era Mila Rodríguez, la hermana de la primera víctima. Karmen se acercó y le tocó en el hombro.

—Quería avisarte, pero me has dejado con la palabra en la boca —le recriminó—. ¿Te encuentras bien, Thor?

Tras los primeros segundos de impacto, Gorka pudo recuperar la compostura.

—Subinspector, si lo necesitas, hay una ambulancia al otro lado de la torre —le ofreció el juez Mendiola.

Gorka lo miró con desdén. ¿Acaso le había pedido él ayuda?

—No, no hace falta, Unax —contestó Karmen—. El subinspector Larssen se encuentra perfectamente.

«Unax». Karmen había llamado al juez por su nombre de pila.

—Mila Rodríguez… ¿qué cojones está pasando? —acertó a decir Gorka.

—Eso mismo me he preguntado yo en cuanto los buzos nos han mandado fotos de la cara.

Una mujer del pueblo que viene todas las mañanas a sacar a su perro por aquí se la ha encontrado flotando boca abajo.

Eso ha sido hace tres horas, a las siete de la mañana, estaba amaneciendo.

Nuestro hombre ha vuelto a camuflarse de noche para dejar el cadáver.

Esperemos que los de la científica y Olentzero nos puedan decir a qué hora la mató y cuándo dejó el cadáver en el foso.

Gorka seguía sin poder creérselo.

—Pero ¿no hay cámaras de seguridad en el edificio? Tengo entendido que este sitio está abierto a los turistas.

Unax Mendiola apuntó con su mano derecha hacia el palacio.

—Está acometiéndose una reparación de urgencia, por un problema con las tuberías. El palacio está cerrado a visitas y deshabitado en estos momentos. Todo apunta a que las cámaras no estaban funcionando.

—¿Deshabitado? —preguntó extrañado.

—Sí —refrendó el juez—. Uno de los últimos descendientes del linaje de los Varona sigue viviendo aquí.

—Estamos intentando localizarlo —apuntó Karmen—, debe de estar en Madrid.

Un griterío de voces provenientes del puente los interrumpió. Uno de los bomberos que parecía estar al mando daba órdenes de manera acalorada a uno de sus hombres que aún permanecía en el agua.

—Oficial Ayala y subinspector Larssen —se presentó Karmen—. ¿Qué ocurre, señor…?

—Subinspector Montes. Puede llamarme Javier. Peio, uno de los cabos, ha encontrado algo en el agua.

Tras unos interminables segundos, el subordinado pudo subir al puente. Todos enmudecieron al descubrir lo que el chico portaba en la mano.

Era una hoz.

Karmen llegó hasta él y la observó con atención. Era muy parecida a la que había aparecido en la escena del crimen de la primera víctima.

—¿Dónde la has encontrado? —le preguntó a bocajarro. El joven parecía algo intimidado.

—¿Es que se te ha comido la lengua el gato, cabo? —insistió su superior—. ¡Despierta, que parece que todavía estás en la cama!

El chico arrugó la frente, claramente avergonzado.

—Estaba en el fondo del foso, a unos metros de donde hemos encontrado el cuerpo.

—¿Y por qué no la habéis visto antes, cuando habéis bajado al agua a por el cuerpo? —quiso saber la inspectora.

—No sé, yo no he bajado antes. El jefe Montes me ha pedido que bajáramos ahora a rastrear el lecho por si encontrábamos algo más.

El hombre le dio una palmadita en la espalda.

—No te preocupes, Peio, gracias, ya hablo yo con ellos —le excusó.

El muchacho asintió acobardado y fue a reunirse con el resto de los bomberos.

—Es parco en palabras ¿verdad? —sonrió—. Peio López de Luzuriaga es uno de mis mejores hombres, no se lo tengan en cuenta.

A Karmen le sonaba aquel nombre, pero no recordaba de qué.

—Le conozco y supongo que está un poco impactado. Es su primer «muerto». Es de aquí al lado, de Espejo. Se le pasará en unos días.

En ese momento lo recordó. Era el hijo de la dueña de la casa rural.

Una agente de la científica llamó a gritos a Gorka, que se acercó apresurado al lugar en el que reposaba el cuerpo de Mila Rodríguez. Karmen y el juez Mendiola hicieron lo propio.

Enseguida se dieron cuenta por qué los había llamado. Alrededor del cuello de la víctima, el asesino había colocado una gargantilla que parecía de cuero, con una pequeña bolsa del mismo material, que colgaba de la parte central.

—Ábralo, agente —le ordenó Unax Mendiola.

La mujer obedeció y rasgó la bolsa. Una piedra cayó al suelo. Parecía un canto rodado, de los miles que podían encontrarse en el lecho de cualquiera de los ríos y arroyos que salpicaban el valle.

—Una piedra —pensó en alto Karmen.

—Es mucho más que eso —afirmó Gorka.

Se agachó y la examinó de cerca. El helecho de la mano de Ana Rodríguez era el aviso, su carta de presentación. Con Mila había dado un paso más. Su mensaje era ahora castigo, peso, hundimiento. Y no había nada más peligroso que un monstruo que estaba evolucionando.

Miró el rostro inerte de la víctima y observó a su alrededor. Los de la científica, los bomberos, Eneko Sagasti, el operador de cámara, el juez Mendiola y hasta Karmen habían enmudecido. Un silencio denso había caído sobre la torre de los Varona.

Se levantó para pensar y oteó el horizonte. El valle parecía contener la respiración. Dos cuerpos. Dos símbolos.

Y una certeza que ya nadie podía negar: aquello no había hecho más que empezar.