21.
Sua Abasolo conducía con las manos firmes sobre el volante y la mirada clavada en la carretera secundaria que se abría ante ella como una brecha en mitad de los campos.
Las coordenadas seguían parpadeando en la pantalla del móvil, inmóviles, obstinadas, como si el tiempo se hubiera detenido en algún punto impreciso del valle.
No le gustaba nada aquella quietud. En su experiencia, cuando alguien dejaba de moverse de forma tan abrupta, rara vez era por un buen motivo.
Gorka había tratado de comunicarse con ella en dos ocasiones, pero había decidido no contestarle. Sabía que se la estaba jugando, ¿para qué meterle a él también en esto? Lo importante era atrapar a Kepa García y comprobar por qué estaba huyendo. Ya daría las explicaciones oportunas cuando tocase.
Aceleró y en poco más de treinta y cinco minutos se plantó en el lugar señalado, tras dejar atrás el pueblo de Caranca.
Con el pulso latiéndole en las sienes, comprobó que la señal se adentraba a la izquierda de la carretera, por lo que se internó con el coche por un camino de tierra hasta que ya no pudo avanzar más.
Continuó a pie hasta que se topó de bruces con un gran promontorio.
Una pared vertical de varios metros de altura salpicada por varias cuevas artificiales creadas por el ser humano que aprovechaban las cavidades naturales en la piedra.
Un cartel explicativo anunciaba de manera inequívoca dónde se hallaba: las cuevas de San Martín de Valparaíso.
Sua ya había oído hablar de ellas, pero nunca las había visitado.
Eran cuevas utilizadas por eremitas desde la Alta Edad Media.
La mañana era heladora y no se veía ni un alma.
Con cautela, continuó avanzando mientras prestaba atención a cada uno de los recovecos que taladraban aquella especie de muro de piedra.
Pasó junto a una serie de tumbas cavadas en la propia roca y se le puso la piel de gallina.
No se consideraba supersticiosa, pero andar saltando sobre los huecos de aquella antigua necrópolis no podía augurar nada bueno.
Unos metros más adelante oyó un ruido.
Se paró en seco y escuchó en silencio. Probablemente sería algún animal, pero decidió extremar la precaución.
Fue sorteando varias de las oquedades, pero no halló nada extraño.
El graznido de varios cuervos en la parte superior de la colina dirigió su atención hacia allí.
Aunque desde donde ella se encontraba era prácticamente imposible distinguir si allí había otra de las cuevas, el alboroto nervioso de las aves era señal inequívoca de que allí había algo.
Probablemente algún animal muerto que les estaba sirviendo de festín.
Hacía cinco años se apuntó con una amiga a un curso de escalada en un rocódromo de Vitoria, pero apenas recordaba ya nada de la técnica. Aun así, se decidió a subir.
Una roca suelta le hizo resbalar medio palmo.
El vacío le tiró del estómago. Mientras apoyaba los pies y las manos en los pequeños agujeros y salientes de la pared vertical, uno de los cuervos la atacó, lo cual estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio. Se las apañó para espantarlo y consiguió llegar hasta la cima.
Su instinto no había fallado. Se trataba de una cavidad bastante profunda comparada con las de más abajo.
Sobre el suelo había restos de pan, cuatro latas de atún vacías e incluso un viejo hornillo, que aún estaba caliente.
Al fondo, descubrió un cojín deshilachado, un saco de dormir y una vieja manta.
Alguien había estado refugiándose allí recientemente.
¿Se trataba de Kepa García? Tenía que ser él, las coordenadas de su móvil apuntaban hacia esa zona.
Estuvo tentada de hacer un ovillo con la manta y meter dentro todos los objetos, pero se detuvo en seco.
«Estás loca si pretendes bajar con ese peso por donde has venido», pensó.
Sacó varias fotografías con su teléfono y rápidamente comenzó el descenso.
Quienquiera que hubiera estado allí acababa de abandonar el lugar no hacía mucho tiempo.
Cuando llegó al suelo comprobó de nuevo en la pantalla las coordenadas del móvil de Kepa García.
Se habían movido ligeramente, pero era probable que aún estuviera por la zona.
Recordó las palabras de Mikel Olazuri, de la unidad de informática: «Si se mueve, tendré que volver a calibrar todo hasta lograr de nuevo la situación exacta».
Para cuando le llegaran los nuevos datos de ubicación, Kepa García ya habría abandonado la zona. Frustrada, decidió volver al coche.
Cerca del promontorio se topó con un senderista. Por un momento tuvo la ilusión óptica de haberse encontrado de bruces con el propio sospechoso, pero todas sus esperanzas se desvanecieron en cuanto llegó a él. Aquel hombre era bastante más mayor que Kepa.
—Disculpe, agente Sua Abasolo, de la Ertzaintza —se identificó.
— Egun on —la saludó el hombre, algo acobardado.
—¿Lleva mucho rato por aquí? ¿Ha visto por casualidad a este hombre por esta zona en los últimos minutos? —le preguntó tras mostrarle una imagen de Kepa García.
El senderista la analizó, pero negó con la cabeza.
—Antes he visto a un chico que corría en dirección hacia la colina de El Raso, pero no puedo asegurar que fuera él.
Sua trató de no mostrar su exasperación.
—¿Conoce las cuevas de San Martín?
—Claro, suelo venir aquí a pasear todas las mañanas.
—¿Le ha llamado algo la atención en los últimos días?
—Si me está queriendo preguntar a ver si he visto a ese chico de la foto por aquí, pues no, la verdad.
A quien sí he visto es a la mujer rara esa de Villanueva, la médica, la que vive sola en el bosque.
Dicen que sabe mucho de la cabeza. Suelo verla de vez en cuando.
La gente comenta que viene a meditar, pero ¡vaya usted a saber!
No debo de gustarle mucho, porque siempre que me ve cerca, cambia de rumbo.
Estaba claro que al hombre le gustaba charlar.
—¿Y está seguro de que no ha visto al hombre de la foto por aquí en los últimos días?
—No, señora. Pero, vamos, que aquí suele venir bastante gente; si lo he visto, igual ni me he dado cuenta de que era él. ¿Debería preocuparme si me encuentro con él?
Sua no supo qué contestarle.
—Si le ve, por favor llame a la comisaría de Lakua de Vitoria y pregunte por la agente Abasolo. Es importante, forma parte de una investigación.
—Pero… ¿es peligroso o puedo…?
El sonido de una llamada entrante en el teléfono móvil de Sua interrumpió al senderista. Era Gorka.
—Perdone, me tengo que ir —le dijo al hombre—. ¿Me avisará si lo ve?
—Sí, claro…
Sua lo dejó con la palabra en la boca.
—Malas noticias —le espetó Gorka en cuanto descolgó.
—¿Qué pasa ahora?
—¿Dónde estás? La oficial nos quiere ya en Villanañe. Ella está de camino y yo estoy saliendo ahora de Vitoria.
—Estoy cerca de Villanueva, pero ¿qué pasa? Gorka hizo una pausa.
—Ha aparecido otro cadáver, en el foso de agua que rodea la torre de Los Varona. Otra mujer, con los pies amputados.
Sua sintió un escalofrío que le atravesaba el espinazo. La torre medieval de Los Varona estaba a tan solo seis kilómetros de donde ella se encontraba.
—No me jodas, Thor.
—La cosa se pone fea. Dos cadáveres con un mismo patrón. Ya sabes lo que eso significa. Sua exhaló un pequeño suspiro.
—Que tenemos a un asesino en serie suelto en el valle.