El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 20.
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Comisaría central de la Ertzaintza, Vitoria-Gasteiz

Karmen observó de reojo a Gorka mientras colocaba las fotos de los sospechosos sobre la pared de metacrilato de la sala de reuniones más pequeña de la comisaría.

Respiró aliviada al comprobar que el subinspector se encontraba totalmente recuperado después de lo ocurrido en la casa de su tío Serafín.

Gorka le había contado a su manera lo que había sucedido, con sus silencios y la autocensura que muchas veces ponía a sus propios pensamientos.

A pesar de todo, seguía en pie. Y eso, pensó Karmen, no estaba al alcance de cualquiera.

Tenía mucha suerte de tenerlo a su lado.

—Venga, chicos, pongámonos las pilas.

—Radio Vitoria nos está apretando —comentó Sua.

—Normal —respondió Karmen—. Han perdido a una de las suyas.

—La reportera que está llevando el tema, ¿cómo se llama? ¿Sandra? —preguntó Sua—. Está removiendo cielo y tierra.

—Sandra Eskibel, sí —puntualizó Gorka—. Era colega y amiga de la víctima.

—Que no se meta donde no debe —sentenció Karmen—. Aún estoy esperando su llamada. Si para mañana no me ha llamado, tendrás que hacerle una visita, Sua.

Ella asintió con desgana.

—Venga, al grano —continuó—. Tracemos de una vez nuestro mapa de sospechosos.

Había algo casi ritual en aquella ceremonia que llevaban a cabo caso tras caso.

Como una telaraña gigante, iban colocando fotografías de todos los sospechosos alrededor de la víctima, y anotaban con rotuladores las conexiones que los unían.

Pero se trataba de una telaraña un tanto especial.

El objetivo no era atrapar a la presa, sino a la araña.

Desenmascararla. Hacerle salir a la luz.

—Sua, ¿empiezas tú?

La agente dio un respingo en su asiento y se levantó.

—En primer lugar, tenemos a Kepa García, el encargado de UrKirol, la empresa de deportes acuáticos de Sobrón —comenzó mientras colocaba su fotografía en primer lugar—.

Diría que es nuestro candidato perfecto.

El sospechoso lleva una vida sexual bastante movidita: tiene múltiples ligues a las que, por algún motivo, engancha y luego deja tiradas. Ni siquiera su propia hermana lo traga.

—Es demasiado obvio —alegó Karmen—. No lo sé, no lo tengo claro.

Puede que sea un promiscuo sin responsabilidad afectiva, pero eso no lo convierte en un asesino ritualista de este tipo.

¿Tú te lo imaginas ahogando a Ana Rodríguez y poniéndole el helecho atado con el cordel en la mano para luego amputarle los pies?

No encaja. Además, si la mató, ¿por qué a ella y no a las demás mujeres con las que quedaba?

Sua señaló la fotografía del sospechoso con un dedo.

—Bueno, yo creo que es perfectamente posible. Puede que toda esa actitud de ligón empedernido sea solo una fachada. Puede que toda esa vida de ligues sea solo una manera de canalizar algo muy oscuro que lleva dentro. Hasta que se topó con Ana Rodríguez.

La inspectora aclaró la voz.

—Puede ser, pero no me cuadra.

Sua no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer tan rápidamente.

—No olvidemos que su hermana me confirmó que Ana Rodríguez se había presentado en la empresa preguntando por él. Al parecer, tenía cierta urgencia por localizarlo.

—Que se habían conocido a través de HeartBit es obvio, y que mantenían algún tipo de relación también. Pero insisto, me sorprendería mucho que fuera un asesino brutal como el que estamos buscando.

Gorka se levantó de su silla y se le acercó.

—Se te están olvidando dos cosas muy importantes, oficial.

Por un lado, Kepa García es un experto en deportes acuáticos, por lo que el hábitat fluvial del río Purón seguro que le es muy familiar.

Conoce el río, el entorno y sabe moverse en el agua.

Incluso escapar a través de las cuevas que lo rodean.

Eso ya lo convierte en alguien a tener en cuenta.

Además, ahora mismo no sabemos dónde está.

Su hermana intentó localizarlo sin éxito.

Dijo que había ido a visitar a su abuela a Mundaka y mintió.

—No solo eso: cuando su hermana le llamó por teléfono, descolgó y colgó —añadió Sua—. Si eso no lo convierte en sospechoso…

—Pudo haber actuado así por muchos motivos, Sua. No saquemos conclusiones aún. Pero bien, de acuerdo. Si tenéis tan claro que sí que puede ser el asesino, lo tenemos en cuenta. Cursaré una autorización judicial para que intenten localizar la señal de su móvil.

Sua estuvo a punto de confesarle que ella ya había acudido a los de la unidad de informática, pero se contuvo. Si la inspectora descubría que había actuado por su cuenta y, sobre todo, sin contar con la autorización judicial, el caso habría terminado para ella.

Karmen se aproximó hacia la pared.

—Continuemos con otro sospechoso. Ahora me toca a mí: Eneko Sagasti, el reportero de NTB —dijo mientras ponía su foto debajo de la de Kepa García—.

No me gusta. Sabe demasiado. Y creo que no nos ha contado toda la verdad.

Seguramente porque está protegiendo la exclusiva que está preparando con el internado dichoso.

No me parece normal esa frialdad con la que nos contaste, Sua, que había hablado de Ana Rodríguez.

Aunque no se me ocurre ningún móvil directo para asesinarla, la verdad.

Sua tuvo que darle la razón.

—A mí tampoco me gusta un pelo —refrendó—.

Sé que me ocultó cosas, pero no es solo eso.

Tiene un ego desmesurado y le gusta tener el control de la situación.

Estoy segura de que no me contó toda la verdad ni sobre Ana Rodríguez ni sobre la investigación que estaban haciendo.

Creo que está anteponiendo su reputación y su éxito profesional al hecho de colaborar con nosotros para que encontremos al asesino.

No creo que sea el asesino. No arruinaría su carrera por algo así.

Pero, no sé por qué, hay algo en él que me huele raro.

Gorka carraspeó antes de dar su opinión.

—Sagasti es un oportunista y haría lo que fuera por triunfar en su vida profesional, estoy convencido. Su perfil psicológico es el de un narcisista de manual, pero de ahí a que sea un perverso narcisista hay un trecho. No creo que sea el asesino, pero no puedo quitarme de la cabeza una idea.

¿Y si puso a Ana Rodríguez en peligro?

—¿A qué te refieres? —quiso saber Karmen.

—Puede que la empujara a hacer algo que pusiera en riesgo su vida.

Puede que la presionara para obtener algún tipo de prueba para el documental.

Que la usara para no jugársela él. Y por eso ahora calla o no nos quiere contar toda la verdad.

Lo veo como un posible catalizador de la muerte de Ana Rodríguez, pero no como su asesino.

Karmen asintió. Tomó otra de las fotografías y la colocó en tercer lugar.

—Pasemos ahora a Imanol Barandika, el gerente del bar Barandika, en Espejo.

Lo que me contó la dueña de la casa rural lo sitúa claramente entre los principales sospechosos.

Es un misógino, se rumorea que maltrataba a su primera mujer y, para más inri, intimidó a Ana Rodríguez cuando estuvo en su bar.

—Bueno, eso de intimidar… Más bien la acosó —corrigió Sua—. No solo se limitó a intimidarla, llegó a seguir en el coche a Ana Rodríguez hasta Vitoria al menos en dos ocasiones. La víctima le tenía verdadero pánico, si es verdad lo que te contó Mateo Aranburu.

Karmen negó con la cabeza.

—Pero no lo veo capaz de planificar un ritual como el de Ana Rodríguez. El perfil que estamos buscando es el de alguien muy inteligente. Hasta que no hablemos con él no podremos ver ante qué tipo de individuo estamos —aclaró Karmen.

Gorka se acercó de nuevo a la pared que sostenía el mapa de sospechosos y se quedó observando la fotografía.

—Imanol Barandika encaja perfectamente con el perfil de alguien agresivo que hace uso de una violencia primaria, pero no con el de un ritualista como el asesino de Ana Rodríguez. Tendríamos que entrevistarlo, pero ¿creéis que un tipo así sería capaz de planificar todo con tanto detalle?

—Ni de coña —defendió Sua—. Lo veo capaz de tener un arrebato y matar a alguien en un momento de ira, pero… ¿un asesino ritualista que enmarca su obra hasta con una hoz?

Karmen hizo un gesto para que callaran.

—Bien, parece que estamos los tres de acuerdo entonces —concluyó—. Por cierto, Gorka, ¿se te ocurre por qué el asesino ha dejado la hoz presidiendo la escena?

Gorka se giró y la miró directamente a los ojos.

—La hoz es el símbolo por excelencia del mundo rural, donde todo gira en torno al proceso natural de los cultivos y a lo artesanal. Es un símbolo bastante primario. Siempre está asociada a cortar, separar lo que ya no sirve o lo que se va a cosechar. Ahí está su dualidad.

Gorka pareció dudar un instante.

—Aunque a veces los símbolos no hablan de lo que se castiga… sino de quién decide qué debe ser castigado.

—El segador es un puto sádico. De eso no hay duda, vamos —añadió Sua. Karmen no pudo evitar sonreír. Le gustaba el arrojo que mostraba Sua siempre.

—Pues atrapemos a ese sádico, señores. Gorka y Sua asintieron al unísono.

—Prosigamos con otro sospechoso —les pidió—.

Mateo Aranburu, el técnico de la oficina de turismo de Villanueva.

Está más que confirmado que era uno de los amantes de la víctima, lo cual lo sitúa directamente en el arco de los sospechosos principales, aunque nos falte el móvil.

Puede que discutieran o que algún encuentro sexual se les fuera de las manos.

El abanico de posibilidades es muy amplio.

Además, ya sabemos que Mateo era quien se ocultaba tras el perfil con la fotografía falsa.

Asegura que lo hizo para que nadie del valle lo reconociera.

Sua no estaba conforme con su criterio.

—Pero según tú te pareció un tipo amable y educado.

—Sí, pero una cosa no quita la otra —se defendió Karmen—.

Sabemos que no me dijo toda la verdad respecto de su madre antes de que yo hablara con ella.

¿Realmente fue porque quería proteger a su madre o porque no quería que yo acudiera a esa casa?

Tiene coartada, porque su madre asegura que estaba con ella la noche del crimen, pero recordemos que tiene demencia, con lo que su testimonio pierde bastante verosimilitud.

Además, está todo lo de su hermana Zuriñe, que murió de manera bastante extraña en plena noche en el río Purón.

Ya sé que no es exactamente lo mismo que le ocurrió a Ana Rodríguez, pero ¿no creéis que puede haber algún tipo de conexión?

Es bastante inquietante toda su historia familiar.

No veo un móvil claro, pero no lo descarto como sospechoso.

—A mí también me inquieta que se repita el patrón del agua, del ahogamiento… y encima en el mismo río —dijo Gorka—. Y me chirría bastante esa muerte tan extraña de la hermana, pero no encaja con el perfil ritualista de nuestro asesino. No me cuadra, la verdad.

El sonido de un mensaje entrante en el móvil de Sua les interrumpió, pero ella no quiso mirarlo.

—A mí este tío me parece un poco patético, la verdad —añadió la agente—. Me parece que va de víctima por la vida y que para nada encaja con el perfil sádico que estamos buscando. Yo lo veo totalmente inofensivo. Pesado y aburrido, sí, pero nada más.

Gorka pensó en todos los asesinos que llevaban una vida rutinaria y normal y luego cometían los crímenes más atroces.

—No lo descartemos por eso —alegó—. A veces, el perfil sádico puede esconderse tras una fachada totalmente anodina; de hecho, es habitual que así sea.

La agente se acercó de nuevo al cristal y observó todas las fotografías con detenimiento.

—Bueno, pues ya está, ya tenemos nuestro mapa de sospechosos. Karmen se adelantó y le hizo apartarse a un lado.

—Tenemos un último sospechoso —anunció.

—Ya hemos analizado todos ¿no? —insistió Sua—. No quedan más fotos.

La inspectora apuntó un nombre con rotulador rojo en una pegatina y la colocó junto a las imágenes.

—Serafín Urrutia, el tío de Gorka. Gorka, no me mates, pero creo que no debemos descartar esta posibilidad.

Gorka no supo qué decir. La imagen de su tío con un hacha en la mano ocupó su mente durante un instante.

—Sabemos que muy probablemente el asesino asistió al taller de Serafín Urrutia y aprendió a tejer la pulsera que luego colocó en la mano de Ana Rodríguez con el helecho.

Los de la científica han determinado que el esparto y la tela azul son idénticos a los que Serafín Urrutia utilizó en aquel taller.

—Yo no lo veo, oficial —le reprochó Sua—.

Eso simplemente es circunstancial. El asesino puede que viera a otra persona con una pulsera así y la imitara o incluso que asistiera como espectador al taller o participara en él.

No veo yo a un señor de sesenta años ahogando a la víctima, colocándola sobre la roca, cortándole los pies…

Gorka se agarró con fuerza el brazo derecho, que presentaba un leve temblor.

—Yo no lo descartaría porque se trate solo de algo circunstancial. Es capaz de cometer una atrocidad así y muchas más. Ha pretendido atacarme a mí cuando he ido a visitarlo. A su propio sobrino.

Sua intentó quitarle hierro al asunto.

—No sé, Gorka, creo que tú lo verías como sospechoso, aunque no te hubiera hecho nada. Yo lo sacaría del mapa, la verdad.

El aviso acústico de un nuevo mensaje en el teléfono de la agente interrumpió la conversación.

Esta vez Sua lo leyó.

La inspectora recondujo la atención al metacrilato.

—Bueno, no descartemos a Serafín Urrutia, pero ahora no es desde luego nuestra prioridad. Quizá solo estamos proyectando demasiadas cosas en él. Centrémonos en el resto de los sospechosos.

Sua volvió a leer el mensaje y se apresuró a salir de la sala.

—¿Qué pasa, Sua? —preguntó Karmen—. ¿Ocurre algo? Intentó poner una excusa que sonara convincente.

—Me tengo que ir, oficial, es urgente. Le pido permiso para ausentarme. Karmen la miró con preocupación.

—Sí, tranquila, ve. Pero no tardes en volver, por favor, no tenemos tiempo que perder.

Sua Abasolo se despidió con un breve agur y salió corriendo de la comisaría. Cuando entró en el coche llamó a Mikel Olazuri, de la unidad de delitos informáticos.

—¿Lo has conseguido? —le preguntó en cuanto descolgó.

—Sí. Nuestro hombre se encuentra ahora mismo entre Caranca y Astúlez, muy cerca de Valdegovía. Lleva parado un buen rato. Te mando las coordenadas al móvil.

—De acuerdo. Gracias, Mikel. Te debo una.

—Más de una —le recriminó él.

Sua le colgó y, sin pararse a recapacitar, aceleró el coche y se encaminó hacia el punto exacto donde habían localizado la señal del móvil. El pulso se le aceleró a medida que se alejaba de Vitoria. Si se daba prisa, en cuarenta minutos estaría allí.

Aunque la duda era otra: ¿seguiría Kepa allí cuando llegara?