El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 19.
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Begoña Usurbil apenas se tenía en pie, pero eso no le impedía moverse por toda la planta baja de aquella vieja casa ubicada en la calle San Martín, no muy lejos de la oficina de turismo de Villanueva de Valdegovía.

Era asombroso verla caminar mientras empujaba con ímpetu su andador.

Ella fue quien , con sorprendente destreza, abrió la puerta a su hijo Mateo y a la inspectora Karmen Ayala.

Quien los hizo pasar a la cocina para prepararles un café con leche que les hiciera entrar en calor.

Y quien les preparó un poco de queso y membrillo porque debían de estar hambrientos.

Envuelta en una bata de algodón de color granate, la anciana se mostraba despierta y locuaz, lo cual había desconcertado a la inspectora.

Según Mateo Aranburu, la anciana estaba muy enferma y tomaba medicación, pero nada en su apariencia externa hacía sospechar que así fuera, más allá del desgaste físico propio de la edad.

—No la quiero entretener mucho, Begoña —dijo Karmen—. Enseguida me voy y les dejo tranquilos.

—De eso nada, preciosa. De aquí no te vas hasta que te termines todo. Si no, mañana no vas a tener fuerzas para ir a la escuela.

Karmen miró al técnico de turismo. Entonces lo entendió todo.

— Ama , esta es la inspectora Karmen Ayala, de la policía. La mujer continuó partiendo queso sin hacerle caso.

—Begoña, ¿recuerda usted lo que hizo el miércoles por la noche?

La inspectora se sintió fuera de lugar al formular la pregunta. Si Begoña Usurbil tenía algún tipo de discapacidad cognitiva, no tenía sentido preguntarle por algo que probablemente había olvidado.

—¡Ay, hija, pareces tonta! Pues os di de cenar a Mateo y a ti, vimos un poco la tele y a dormir que nos fuimos todos. Tu padre no sé dónde andaba metido.

Aquel interrogatorio iba a ser más difícil de lo que había previsto.

—Begoña, pero ¿recuerda que Mateo estaba aquí, en la casa, con usted?

Ella la miró con ojos vivarachos y una expresión de ingenua felicidad dibujada en su rostro.

—Pues claro. Estuvimos viendo ese programa de la tele, el que ponen los miércoles, el de las entrevistas de Dora.

Karmen no entendía nada. El programa de televisión al que se refería la anciana existía: La noche dorada, un late show dirigido y presentado por una de las cómicas del momento, Dora Martín.

¿Acaso la mente de Begoña Usurbil mezclaba realidad y fantasía a su antojo?

—¿Se acuerda usted de a quién entrevistó Dora esa noche? —insistió sin esperanza la inspectora.

—Sí, a esa chica joven que está triunfando tanto. La catalana. Rosalía. Karmen comprobó en su teléfono móvil que la mujer no se equivocaba.

—Mi madre dice la verdad —refrendó Mateo—. Estuvimos viendo ese programa y luego nos fuimos a dormir.

—Tu padre no sé dónde andaba —repitió la mujer.

Mateo Aranburu apoyó su brazo derecho sobre los hombros de su madre.

— Ama , el aita nos dejó hace mucho tiempo ya.

Ella lo miró sin comprender lo que acababa de decir y se alejó hacia un pequeño salón de estar contiguo.

—Me voy a recostar un poco en la butaca, que estoy cansada —les anunció—. Zuriñe, recoge la mesa. Sin rechistar. Ya friego luego yo.

Karmen no respondió, un tanto emocionada por el estado en que vivía sumida la mujer. Estaba claro que la confundía con otra persona.

Mateo Aranburu comenzó a recoger la mesa. A Karmen le dio la impresión de que le costaba mucho compartir aquella escena tan privada con ella.

—Mi madre está en fase intermedia de Alzheimer —le explicó—. Mezcla presente y pasado sin darse cuenta. Lo único bueno es que la enfermedad avanza muy lentamente, mucho más de lo que el médico me dijo que sucedería. Por eso le comentaba antes que no está para responder preguntas ni para nada.

Karmen se sentía incómoda. Tal vez no debería haber insistido en ver a la anciana.

—Sí, le entiendo.

—Se ha acordado del programa ese del miércoles por casualidad. A veces recuerda cosas que no tiene lógica que se acuerde, en su estado. Mi padre, por ejemplo, murió cuando Zuriñe y yo éramos unos críos.

De nuevo aquel nombre.

—¿Zuriñe es su hermana?

Él dejó lo que estaba haciendo y la miró directamente a los ojos.

—Era. Zuriñe murió hace veinte años. Fue una tragedia para todos. Todo el mundo la quería. Zuriñe era maestra en la ikastola de Villanueva. Daba a infantil y primaria. Y además fue elegida muchas veces la presidenta de la comisión de fiestas.

—Lo siento mucho, Mateo. Supongo que fue una pérdida terrible.

Él permaneció en silencio unos instantes, como si estuviera recordando algo del pasado.

—Lo peor fue lo inexplicable de su muerte. Una muerte absurda. Un sinsentido.

—¿Qué quieres decir?

El hombre señaló varias fotografías colocadas en una mesita adyacente. Mateo posaba sonriente junto a una chica joven, a la puerta del colegio de Villanueva. En otra de las imágenes, aparecía rodeada de varios niños.

—Zuriñe había sido entrenadora de críos pequeños en un centro cívico de Vitoria.

Era una experta nadadora y, por razones que aún hoy en día seguimos sin entender, murió ahogada.

Encontraron su cuerpo flotando bajo una cascada del río Purón.

Fue horrible. Aún hoy en día me parece escucharla subir y bajar las escaleras de casa. Es como si todavía estuviera aquí.

Algo le chirrió por dentro. Aun sabiendo que se arriesgaba a meter la pata, decidió tensar un poco más la cuerda y seguir preguntando por aquella experiencia tan dolorosa.

—Perdona la pregunta, pero ¿murió ahogada? Igual cayó por accidente al río y se dio un golpe en la cabeza.

Mateo Aranburu se sentó a la mesa y tomó entre sus dedos una porción de queso que había quedado sin recoger.

—Eso pensamos nosotros también. Además, ¿qué hacía Zuriñe metiéndose a nadar al río en plena noche?

A veces solía hacerlo al atardecer, cuando regresaba de dar clase, pero siempre en verano.

Y aquello ocurrió en pleno octubre. La autopsia lo dejó claro: murió ahogada.

Y así estamos, yo más solo que la una: primero sin mi padre, luego sin mi hermana, y poco a poco quedándome sin mi madre. En fin.

La inspectora quiso seguir indagando, pero no era el momento.

Observó de nuevo la mesita donde reposaban las fotografías de la hermana de Mateo.

Habían pasado veinte años. Y en su casa, Zuriñe seguía sin haber muerto del todo.

Mateo Aranburu parecía emocionado al recordarla y no quiso continuar hurgando en la herida.

Le agradeció el haberle dejado preguntar a su madre y se despidió de ambos.

En el exterior de la casa, se dio cuenta de que había dejado el coche aparcado a la entrada del pueblo.

Tendría que darse un paseo hasta allí. Por suerte, la lluvia estaba remitiendo.

Mientras esquivaba los charcos de las aceras, la idea volvió.

Mateo Aranburu tenía coartada, pero ¿hasta qué punto todo había sucedido tal y como había narrado su madre?

Sería difícil que el juez admitiera el testimonio de la anciana como válido para eximir a su hijo.

Cuando llegó al coche, un pensamiento aún más profundo abordó su mente.

Aunque probablemente no fuera nada, había que investigar más a fondo lo sucedido con Zuriñe Aranburu.

Un ahogamiento sin explicación, en plena noche, y en el mismo río en el que había aparecido el cuerpo de Ana Rodríguez, le resultó incómodamente familiar.

No encajaba en el patrón… pero tampoco quedaba fuera de él.