El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 18. #2
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—Entonces, ¿por qué quiso contactarle a usted en concreto y no a otro colega?

—Bueno, supongo que quería alguien en quien confiar fuera de su ámbito profesional más cercano.

—¿Por qué?

—Ana estaba realizando una investigación muy exhaustiva de esos casos que ha comentado.

Llevaba mucho tiempo haciéndolo. No era un secreto.

Sua recordó que Gorka había acudido precisamente a la periodista cuando descubrió que su hermana Ingrid pudo haber sido uno de esos bebés robados.

—El caso es que ya perdió un trabajo por este motivo —continuó él.

—Y ella optó por llevar la investigación con discreción, al margen de su trabajo actual.

—Eso es.

—¿A qué se debía ese interés de Ana por este tipo de casos? Eneko Sagasti se llevó la mano a la nuca para rascarse.

—Cada periodista tenemos nuestras obsesiones. Esta era la de Ana.

—¿Usted la estaba ayudando en su investigación?

—Sí, en lo que podía.

—¿En qué exactamente?

—Bueno, algún caso nos llamó la atención, porque podían estar implicadas personas de las altas esferas de Euskadi. Y quisimos tirar del hilo.

—¿En qué punto de la investigación se encontraban ahora mismo? El reportero pareció dudar si debía responder a esa pregunta.

—Bueno… estábamos investigando un par de casos en concreto, por si podían estar relacionados. Ana quería avanzar más deprisa. Yo intentaba que fuéramos más despacio, con cuidado, pero no siempre es fácil frenar a alguien cuando cree que está a punto de destapar algo importante.

Sua lo escudriñó con detenimiento.

—¿El documental sobre el antiguo internado de San Jerónimo que está usted rodando tiene algo que ver con esos casos o con la investigación de Ana? —preguntó al fin.

—No puedo adelantar nada, entra dentro de la exclusiva que estamos preparando… A Sua se le agotó la paciencia.

—Mire, señor Sagasti. Una mujer ha muerto en circunstancias horribles. Esto no es ninguna serie de true crime , ¿me entiende? Necesitamos atrapar cuanto antes al individuo que ha perpetrado este crimen.

—No, si lo entiendo…

—No sé si me explico. Esto es una investigación criminal de la Ertzaintza. Necesito saber cualquier dato que nos ayude a esclarecer lo ocurrido. ¿Tiene o no que ver el documental del internado con la investigación de Ana Rodríguez?

El reportero masculló algo entre dientes.

—Creemos que el internado fue una institución implicada en casos de adopciones ilegales y, probablemente, de robo de bebés.

Estamos recopilando todas las pruebas. Cuando una historia es de este calado, no puedes permitirte dejarla a medias.

Hay verdades que, si no se cuentan a tiempo y con todo bien atado, acaban enterradas para siempre.

Sua sonrió. Por fin tenía lo que quería.

—¿Han sentido peligro o riesgo por su integridad física durante la investigación? Él la miró con cierta indiferencia.

—Agente, la integridad física de los periodistas siempre está colgando de un hilo en cuanto hay personas importantes implicadas en cualquier investigación. Pero lo asumimos, y tomamos nuestras medidas de seguridad.

—¿Se informaban mutuamente Ana y usted de todos los pasos que iban dando?

—Sí, claro.

—¿Es posible que Ana asumiera un riesgo mayor del necesario? El periodista dio un paso atrás.

—No, no lo creo. Ana y yo decidíamos de manera conjunta cada paso.

—Voy a ser más clara. ¿Hubo algo en los últimos días, una pista, un indicio, que pudiera hacer que Ana pusiera en riesgo su vida para investigarlo?

Eneko Sagasti se cruzó de brazos.

—Hubo algún nombre que empezó a repetirse —continuó con cautela—, pero preferimos no tirar aún de ese hilo.

Ana pensaba que necesitábamos más pruebas antes de seguir.

Así que, respondiendo a su pregunta, creo que no.

Ana me lo hubiera dicho. Y ahora, si me disculpa, tenemos que recoger el equipo para irnos al hotel.

Sua lo agarró del brazo, pero enseguida lo soltó.

—Una última cosa. ¿Conocía usted a los hombres con los que Ana se relacionaba afectiva o sexualmente?

El reportero parecía ligeramente avergonzado por el cariz de la pregunta.

—No, personalmente. Alguna vez sí que me dejó caer alguna cita y así, pero Ana no compartía conmigo esa parte de su intimidad.

Sua no se rindió.

—¿Es posible que Ana se estuviera viendo con alguien de la zona de Valdegovía?

—Pues no lo sé, la verdad. Posible es, desde luego. Llevamos muchos días dando vueltas por aquí, y Ana ha venido muchas veces.

—Está bien, señor Sagasti. Eso es todo, puede marcharse. Esté atento al teléfono porque es posible que le llamen desde la comisaría de Vitoria para prestar una declaración formal.

—De acuerdo, sí.

Sua le extendió una tarjeta de visita.

—Y hágame el favor de comunicarme cualquier avance en la investigación del documental que pueda hacerle sospechar si alguien puede estar implicado en el asesinato de Ana.

—Descuida, así lo haré.

El estruendo de un trueno resonó en el cielo encapotado y la lluvia aumentó su intensidad.

Mientras corría hacia el coche, Sua no podía dejar de pensar en la conversación que acababa de mantener.

Eneko Sagasti parecía afectado por la muerte de Ana Rodríguez, pero de una forma extraña, medida, casi profesional.

Tal vez era el oficio. O puede que fuera ella, que desconfiaba por sistema de los periodistas.

O quizá había algo en aquella historia que aún no había salido a la superficie.

Algo que ninguno de los dos había dicho en voz alta.