El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 18.
34%

18.

La agente Sua Abasolo llegó a Espejo a toda prisa tras recibir la orden de la inspectora Ayala.

Karmen la había llamado desde Villanueva para explicarle que iba a hacer unas cuantas preguntas a la madre de Mateo Aranburu, uno de los hombres a los que Ana Rodríguez había conocido a través de HeartBit.

Le había dicho que no dejara escapar a Eneko Sagasti, el periodista de NTB.

Había que interrogarlo. Sin falta. Al parecer, el reportero llevaba días desplazándose de un punto a otro del valle de Valdegovía mientras entrevistaba a distintos vecinos por algo relacionado con un antiguo internado de Villanueva.

Eneko Sagasti había compartido correos electrónicos con Ana Rodríguez antes de que esta apareciese muerta. Era esencial hablar con él.

A Sua no le gustaban los periodistas, mucho menos después de lo que había ocurrido tras el caso de los crímenes del pantano.

Su profesionalidad había sido puesta en tela de juicio por varios tabloides sensacionalistas, lo que le había conducido a una amonestación disciplinaria por parte del comisario Berrosteguieta.

Además, sabía que muchos compañeros la criticaban a sus espaldas.

Esa parte la llevaba mejor. Siempre le había ocurrido.

Nunca terminaba de encajar del todo en los entornos de los que había formado parte.

Le había pasado de pequeña en el colegio, en el instituto y en la academia de policía.

Gestos, menosprecios, miradas reprobatorias.

Siempre había tenido la sensación de que los demás no la aceptaban.

Sabía que muchas veces ese aislamiento forzado se había debido a que nunca callaba lo que realmente pensaba.

Otras veces había sido por pura envidia.

Sua se consideraba una persona tenaz, valiente, que perseguía sus objetivos sin temer las consecuencias.

Y había mucha gente que no lo soportaba.

Veían en ella lo que ellos deseaban ser.

Y luego estaba lo otro: que una mujer joven disfrutara de su sexualidad y no se comprometiera afectivamente con nadie extrañaba y causaba rechazo.

Pero a ella eso le daba igual. Era feliz y le apasionaba su trabajo.

Ayudar a los eslabones más débiles de la sociedad y servir a la ciudadanía era lo que más le satisfacía, y así iba a seguir siendo.

Por eso, el hecho de que un medio amarillista dejara en entredicho su profesionalidad le había afectado más de lo que hubiera deseado.

Vio a Eneko Sagasti rodeado por una multitud que asistía con atención a la entrevista que estaba realizando a un hombre mayor.

La hija del anciano intentaba por todos los medios rebasar el cordón que la policía había instalado por seguridad.

Sua se acercó lo suficiente como para escucharla.

Un miñón trataba de contener a la mujer para que no cruzara al otro lado de la valla.

—¡ Aita , deja de hablar de cosas que a nadie le importan! ¡Qué ganas de hablar de lo que no tienes ni idea! —le gritó a su padre.

El anciano la ignoró y Sagasti continuó con las preguntas.

—¿Conoció usted el internado cuando estaba abierto?

—Las hermanitas del Amparo ayudaron a muchos niños y jóvenes no solo de Valdegovía, sino de toda Álava. Eran chavales y chavalas desamparados, nunca mejor dicho. Gracias a ellas tuvieron un techo.

El periodista le acercó más el micrófono a la boca.

—Hay algo que se me escapa. ¿Cómo es posible que un internado religioso de este tipo siguiera funcionando en los años noventa? En esa época los servicios sociales de este tipo ya estaban gestionados por las administraciones públicas.

—El internado llevaba abierto, si no me equivoco, desde los años cuarenta, majo. Según cuenta la gente, oficialmente había pasado a depender de la Diputación a finales de los ochenta, aunque en la práctica nada cambió. Quienes lo llevaban eran las monjitas.

—Entiendo. Y entonces, señor Asteguieta —Eneko Sagasti giró la cabeza y miró directamente a la cámara que estaba grabando la conversación—, ¿cree usted que la Diputación pudo hacer dejación de sus funciones para con este internado?

El hombre miró a su hija, que le rogó con un gesto que no hablara.

—Yo no entiendo de esas cosas. Pregúntale a otro, que seguro que te sabrá decir mejor. Yo solo sé que las hermanitas del Amparo hicieron mucho bien por el valle. Ojalá volvieran a Valdegovía.

—¡ Aita , cállate de una vez! —le rogó la hija, tras rebasar la valla en un despiste de la policía.

Uno de los dos miñones que vigilaban el acto se le acercó corriendo y la empujó con fuerza al otro lado. La mujer se quejó del trato recibido. Sua no pudo evitar intervenir y se dirigió al policía, al que mostró su placa.

—Disculpe, soy la agente Abasolo. Y usted es…

Él la miró con sorpresa.

—Miñón Xabi Landa, ¿qué se le ofrece? Sua no dudó en encararse con él.

—Hombre, no sé, dímelo tú. ¿A qué viene ese empujón? Él señaló a la mujer.

—La señora ha rebasado la línea de seguridad, ya había sido advertida en tres ocasiones.

—Sí, sí, me parece perfecto. ¿Pero hace falta emplear esa fuerza?

El miñón observó a los vecinos congregados a su alrededor. Estaba claro que la mayoría pensaba que se había extralimitado. Se dirigió a la mujer en tono conciliador.

—Disculpe, señora, no ha sido mi intención molestarla, pero, por favor, no sobrepasen la línea.

Es por la seguridad de todos.

Ella aceptó sus disculpas y fue a reunirse con el anciano.

Sua aprovechó el revuelo para colarse al otro lado de la valla.

Vio al miñón dirigirse hacia ella, pero enseguida lo dejó atrás y se escabulló entre el equipo de producción de la cadena de televisión.

Al final, el policía se dio por rendido.

Eneko Sagasti era un tipo atractivo, tenía que reconocerlo.

Debía de rondar los cuarenta e iba ataviado con un pantalón vaquero, una camiseta ajustada, una cazadora de cuero negro y botas de monte.

El personal de NTB había colocado una especie de pérgola portátil para protegerle a él y a sus entrevistados de la persistente lluvia.

La agente contabilizó al menos cinco empleados entre técnicos de sonido e iluminación, maquillador, una joven que parecía su asistente y el operador de cámara.

En esos momentos, el reportero grababa una intervención a modo de resumen de lo que había dado de sí el día.

—El internado de San Jerónimo funcionó como centro concertado con la Diputación Foral de Álava de manera irregular, puesto que no hay ningún documento o decreto que justifique tal acuerdo de gestión.

Según las conclusiones a las que hemos llegado, la Diputación Foral de Álava hizo una dejación de sus funciones de control y permitió de forma tácita que una congregación de monjas continuara con la gestión del centro.

Y de repente, en el año 2007 cerró de manera abrupta, sin razón aparente.

Alzó las cejas y miró fijamente a la cámara.

—¿Por qué fue abandonado sin motivo alguno?

¿Qué ocurrió para que alguien decidiera clausurar para siempre la institución?

¿Por qué las autoridades permitieron que durante décadas la congregación de las hermanas del Amparo continuara dirigiéndolo?

Estén atentos, porque dentro de poco les proporcionaremos nuevos testimonios que les pondrán los pelos de punta.

Los misterios inconfesables del internado de San Jerónimo, cada vez más cerca de ser revelados. Eneko Sagasti, para NTB Investigación.

Sua permaneció obnubilada mientras trataba de digerir el discurso del reportero.

Eneko Sagasti no solo tenía atractivo físico, sino que además proyectaba un carisma y una capacidad comunicativa dignos de admirar.

Aun así, no pudo evitar sentir cierta desconfianza hacia él.

¿Qué había querido decir exactamente con lo de los misterios inconfesables del internado?

¿Estaría todo ello relacionado con los casos de bebés robados que investigaba Ana Rodríguez?

El periodista se le acercó.

— Kaixo , ¿qué tal? ¿Te he aburrido mucho con el speech ? A veces me paso. Sua no había previsto aquel tipo de conversación tan informal.

—Bueno, sensacionalista es usted un rato —le recriminó con sorna. Él sonrió y le guiñó un ojo.

—¿Con quién tengo el placer de hablar?

Sua estuvo a punto de dejarse llevar por aquella actitud seductora, pero, finalmente, supo reconducir la situación y se identificó.

—Agente Sua Abasolo, Ertzaintza. Me gustaría hacerle unas cuantas preguntas. Eneko Sagasti dejó de sonreír.

—¿Sobre qué exactamente?

—Sobre Ana Rodríguez.

Él bajó la mirada durante un instante.

—¿Y qué quieres saber exactamente?

—¿Dónde estaba usted la noche del miércoles? Eneko Sagasti soltó una risa burlona.

—¿No me digas que soy sospechoso para la Ertzaintza? Lo que me faltaba ya. Sua no se dejó intimidar por su actitud desafiante.

—De momento solo es investigado. ¿Puede responderme, por favor?

—Pues en el hotel, en Salinas de Añana, con el equipo.

—¿Tiene alguien que pueda corroborar que estuvo en el hotel de diez de la noche a ocho de la mañana?

—Sí, claro. Duermo en la misma habitación que Lander, el técnico de sonido. Le puede preguntar.

—Lo haré —contestó ella con tono firme—. ¿De qué conocía exactamente a Ana Rodríguez, Eneko? ¿Qué tipo de relación mantenía con ella?

Se acercó al cámara y le entregó el micrófono. Luego regresó donde Sua.

—Si está insinuando si nos acostábamos, nada más lejos de la realidad.

—Yo no he dicho nada parecido.

—Ana y yo somos… éramos, colegas desde la universidad. Hacía mucho que no nos veíamos, pero en el último mes me contactó y recuperamos el contacto.

—¿Por qué se produjo ese reencuentro? Él dudó un momento antes de responder.

—Bueno… por temas profesionales que entran dentro de mi privacidad. Sua decidió ir al grano.

—Señor Sagasti, sabemos que Ana y usted intercambiaron varios correos electrónicos relacionados con distintos casos de bebés robados y adopciones irregulares en el País Vasco.

Él la miró sorprendido.

—Afirmativo.