17.
Cuando llegó a Villanueva la tormenta había desatado toda su fuerza sobre el valle para convertirlo en un escenario tenebroso donde la lluvia torrencial y los truenos imponían una banda sonora estridente.
Valdegovía olía a vegetación y tierra mojada.
Los ríos y arroyos salpicaban con furia las orillas de los cauces, embravecidos por el caudal cada vez más creciente.
Mientras descendía del coche y corría hacia la oficina de turismo, Karmen Ayala lamentó no haber traído un paraguas bajo el que guarecerse.
Con el horario de cierre apretándole los talones, suspiró de alivio cuando cruzó la puerta y vio a Mateo Aranburu al otro lado del ordenador.
Idoia Ballesteros tenía razón. Mateo era un treintañero de apariencia amable y discreta.
No encajaba con el perfil de un tipo como el que había asesinado de manera brutal a Ana Rodríguez.
Echó en falta a su lado a Gorka. Él sí era experto en trazar los perfiles de este tipo de monstruos.
Se preguntó qué hubiera opinado él tras una primera impresión.
— Egun on , bienvenida. ¿En qué puedo ayudarla?
Mateo Aranburu no solo era agradable: la energía que transmitía desde su metro ochenta de altura era la de una persona educada y cortés.
— Egun on . Soy la oficial Karmen Ayala, inspectora de la Ertzaintza —le respondió tras enseñarle su identificación—. Me gustaría hablar con usted.
El hombre tragó saliva y se levantó de su silla.
—Es por lo de Ana, ¿verdad? Sabía que tarde o temprano la Ertzaintza vendría a hacerme preguntas.
—Así es. Necesito saber de qué conocía a Ana Rodríguez. Mateo Aranburu se encogió de hombros.
—Bueno, nos estábamos conociendo. Habíamos quedado un par de veces.
—Entonces, ¿estaban saliendo?
—Yo no diría tanto. Estábamos quedando, charlábamos…
—Y se acostaban.
Él asintió lentamente.
—¿Cómo se conocieron?
—A través de una aplicación, HeartBit.
Karmen recordó el perfil con la fotografía falsa que Sua había localizado en el historial de Ana. Sacó el móvil y se la mostró.
—¿Era usted quien se ocultaba detrás de esta fotografía?
Mateo bajó la mirada.
—Sí. Se lo confesé antes de que quedáramos.
Aquí nos conocemos todos y no quería que nadie del valle me reconociera en una aplicación de citas.
A Ana no pareció importarle. Enseguida congeniamos.
Teníamos aficiones parecidas: a los dos nos gusta la montaña, el senderismo…
y ella conocía bien el valle. Así que nos animamos y quedamos para tomar un café en Vitoria.
Karmen quería averiguar hasta dónde llegaba la aparente sinceridad del hombre.
—¿En qué otros lugares quedaron además de Vitoria?
—Pues por aquí… en Espejo…
—¿Y en su casa? ¿Usted no vive solo? Él bajó la mirada algo avergonzado.
—No. Mi madre vive conmigo. Me encargo de ella. Bueno, y Micaela, la chica que manda la Diputación todas las mañanas, también la cuida. Es lo que hay, no queda otra.
Karmen percibió tristeza en su mirada.
—No parece usted muy contento.
—Pues a ver, que yo la quiero mucho, pero la verdad es que a veces siento que la vida se me va y no me entero. Mi madre es una santa, pero es duro, sí.
La inspectora anotó mentalmente aquella información. Lo que sentía aquel hombre no era resentimiento, pensó. Más bien una fatiga antigua, una sensación de que su vida había quedado en pausa. Una confesión imprevista de su subconsciente que se le había colado en la voz sin que él se diera cuenta.
—¿Dónde quedaban en Espejo?
—¿En serio es necesario responder a unas preguntas tan íntimas, inspectora? Karmen se le quedó mirando sin saber muy bien qué contestar.
—No quiero molestarle ni invadir su privacidad, pero tenemos cierta información y es mi labor contrastarla con los testigos.
Él arqueó las cejas y dedujo que alguien había hablado más de la cuenta.
—En una de las casas rurales de Espejo. En Gaubea Ederra. Aunque la última vez tuvimos que irnos a otro pueblo. El dueño del Barandika no la dejaba en paz. Ana tenía miedo.
La inspectora lo observó con minuciosidad mientras analizaba cada uno de sus gestos y la cadencia de su respiración.
Con los años, había aprendido a detectar si alguien mentía o al menos no estaba contando toda la verdad.
Si bien era cierto que en alguna ocasión su intuición la había fallado, en el ochenta por ciento de los casos siempre acertaba.
—¿Qué es el Barandika?
—Es uno de los bares que hay en Espejo. Está cerca de la casa rural. Ana me contó que Imanol, el dueño, la había seguido dos veces con el coche hasta llegar casi a Vitoria. Yo traté de convencerla de que seguramente era una casualidad, pero ella me insistía en que no.
El caso acababa de adquirir un matiz diferente.
—Pero ¿te contó si había interactuado con ella?
—No, la verdad. Bueno, depende de a qué le llame interactuar.
—Explíquese.
—Según Ana, todo había comenzado una tarde que yo llegué tarde a la casa rural y, como se aburría, se había pasado por el bar.
Imanol estaba ya con la persiana echada porque estaba recogiendo para cerrar, pero la dejó entrar.
Todo iba bien hasta que, sin venir a cuento, comenzó a hacerle preguntas raras.
—¿Qué tipo de preguntas?
—Al principio eran normales, que si era del pueblo, que su cara le sonaba, que si era de Valdegovía… pero luego empezó a atacarla en plan marichulo : que qué hacía una chica como ella sola en un pueblo que no era el suyo a esas horas, que si no le importaba el qué dirán…
—¿Y ella qué hizo?
—Se escaqueó como pudo y me esperó en la casa rural.
Karmen intentaba procesar toda aquella información. Desde luego, el perfil del dueño del Barandika parecía encajar de manera casi perfecta con el de un misógino, pero no tenía tan claro que con un asesino del calibre del de la periodista.
—¿Usted conoce a Imanol?
—Aquí nos conocemos todos más o menos, inspectora. No le conozco de hablar con él, pero sí sé de él. Enviudó hace unos años y desde entonces se volvió un tío bastante extraño.
—¿Qué quieres decir?
—Apenas se relaciona con nadie, especialmente con las mujeres. Eso sí, en cuanto cruza la puerta del bar, se transforma en un tío charlatán y agradable con todo el mundo, por la cuenta que le trae.
—Con todo el mundo no.
—Con todo el mundo menos con Ana. No sé qué cable se le cruzaría con ella.
—¿Sabe si llegó a presentar denuncia Ana?
—No, que yo sepa.
—Tendré que comprobarlo. Mateo, ¿me puede decir dónde estuvo usted el miércoles por la noche?
El técnico de turismo se sorprendió con la pregunta.
—En casa, claro, cuidando de mi madre. Micaela, la chica que nos ayuda, me llamó a eso de las diez para ver qué tal andaba mi madre. Quiso hablar con ella. Puede confirmarlo con ella, si quiere.
—Descuide. Seguro que lo haremos. ¿A qué hora exacta fue esa llamada? Él rebuscó en su móvil la información.
—A las diez y veinte.
—De acuerdo. Me gustaría hablar con su madre, si no le importa. ¿Está ahora en casa? Mateo dudó un instante.
—Es una mujer mayor. A veces se confunde. No sé si podrá ayudarla mucho.
—Lo decidiré yo cuando hable con ella. El hombre apretó los labios, incómodo.
—No le convienen las sorpresas. Toma medicación.
—Será una conversación tranquila, no se preocupe —replicó Karmen—. Nada más. Tras unos segundos de silencio, Mateo asintió con resignación.
—Está bien. Cierro la oficina y vamos.
Karmen lo esperó fuera, bajo una pequeña tejavana a punto de quebrarse por el impacto del agua. Un rayo iluminó Villanueva en mil millones de voltios de furia eléctrica. No había ni un alma por las calles del pueblo, que parecía suspendido en el tiempo, ajeno a todo.
Mateo Aranburu salió de la oficina con gesto correcto, casi dócil.
Tal y como le había dicho Idoia Ballesteros, era educado, incluso amable.
Y, sin embargo, Karmen tuvo la sensación incómoda de que aquella normalidad escondía algo que aún no sabía nombrar.
No una amenaza clara. No todavía. Solo la intuición difusa de que algo no encajaba del todo.