16.
Las nubes grises, cargadas de electricidad, avanzaban lentas pero seguras por el firmamento, lo que anticipaba el preludio de una tormenta que venía de camino.
Con las primeras gotas que caían sobre el asfalto, el color gris del coche lograba camuflarlo en una atmósfera cada vez más sombría y cenicienta.
Marieta, una mujer de Murgia, había llamado a comisaría para avisar de que una ambulancia se había llevado a Gorka al Hospital de Txagorritxu de Vitoria.
De nuevo, uno de sus ataques. Había intentado hablar con él por teléfono, pero no lo había conseguido.
En cuanto volviera a Vitoria, iría directa a visitarlo.
Se preguntó por qué Gorka había acudido al pueblo de su infancia.
¿Habría entrevistado a su tío? Serafín Urrutia era clave en la investigación.
Si los indicios eran ciertos, era más que probable que el asesino o alguien de su entorno hubiera comprado la pulsera que apareció en la mano de Ana Rodríguez sujetando el helecho.
O que hubiera aprendido a confeccionarla en aquel taller.
O que estuviera aquel día en la feria y lo hubiera presenciado.
Las posibilidades eran aún demasiado amplias.
Si Gorka había estado con Serafín Urrutia, no tenía la menor duda de que aquel encuentro le había supuesto una conmoción.
Sua le había dicho que Gorka estaba resentido con su tío y no le faltaba razón.
No podía ni imaginarse lo que podía haber sido para Gorka tener que hablar con él.
Pero había algo que la atormentaba aún más.
No lograba apartar de su cabeza la idea de que Sua conociera aquella relación conflictiva con Serafín Urrutia y ella no.
Se sintió ridícula. Le molestaba que Gorka hubiera compartido aquella información tan íntima con Sua antes que con ella.
¿Qué le ocurría? Aún tenía impregnado en sus labios el suave tacto de los de Ritxar.
Los dos habían acabado envueltos en un reencuentro de besos y reproches contenidos cuando lo había visitado en la clínica.
No podía soportar la idea de que a Ritxar le pasara algo malo.
Estaba muy preocupada por él y eso la encendía y la enfadaba.
¿Qué estaba haciendo? Ritxar la había traicionado, le había sido infiel y, aun así, en un arrebato, había cedido a la nostalgia de lo que su matrimonio había sido alguna vez.
Quería a Ritxar, no podía negarlo. Entonces, ¿por qué no dejaba de pensar en Gorka?
¿Por qué se sentía celosa de Sua? ¿Se estaba volviendo loca?
Un control policial a la entrada de Espejo la hizo salir de sus ensoñaciones.
Era una patrulla de los miñones. A pesar de formar parte de la estructura de la Ertzaintza, Karmen apenas había tratado con ellos.
Los miñones dependían de la Diputación Foral para muchos de sus cometidos y eran un cuerpo mucho más antiguo que la policía autonómica.
Les mostró su identificación. El que estaba más cerca le mostró a su vez la suya.
—Xabi Landa, señora —se presentó tras una breve pausa.
La inspectora se fijó en el llamativo color rojo de la chapela que le cubría la cabeza.
—¿Qué ocurre, agente Landa? —le preguntó.
—Una cadena de televisión, señora. NTB: Norbide Telebista. Han traído una unidad móvil y están interrogando a medio pueblo. Todas las calles aledañas a la iglesia de El Salvador están colapsadas, tendrá que dar un rodeo.
La inspectora arrugó el entrecejo. No conocía muy bien la cadena, pero sí que comenzaba a causar furor entre los más jóvenes, ya que tenía una importante presencia en Internet.
—¿Un canal de televisión? ¿Ha pasado algo?
—Supongo que será por lo del segador, o como estén llamándolo ahora. Karmen lo observó sin entender lo que acababa de decir.
—¿Qué segador?
—El tipo que ha asesinado a la periodista esa de Radio Vitoria. La prensa ha filtrado que en la escena del crimen dejó una hoz, como si fuera su sello. Por eso han empezado a llamarlo así: el segador. Hay un reportero de NTB que anda haciendo preguntas a todo quisqui. Un tal Sagasti. Eneko Sagasti.
La inspectora maldijo para sus adentros.
Eneko Sagasti era el periodista con el que Ana Rodríguez había compartido varios archivos de aquel extraño directorio de su ordenador que contenía expedientes de adopciones irregulares.
¿Por qué estaba allí? ¿Acaso conocía los affaires de ella con hombres de la zona de Valdegovía?
Debía de estar tomándose como algo personal el encontrar cuanto antes al culpable de su muerte.
Y no había nada más peligroso para una investigación policial que un periodista entorpeciéndola.
—¿Ese periodista tiene los permisos para estar aquí?
—Sí, señora, todo en regla; lo hemos comprobado.
—¿Y qué hace en Espejo si puede saberse? El miñón se encogió de hombros.
—¡Yo qué sé! Ayer estuvo en Villanueva. Está volviendo un poco loco a todo el mundo. Mi compañero y yo ni siquiera tendríamos que estar aquí. De normal patrullamos por la zona de Amurrio. Yo vivo en Delika y él en Orduña. Imagínese, más de media hora de camino.
Karmen se despidió amablemente de él y optó por dejar el coche en una pequeña zona de aparcamiento que había junto al arcén.
Caminó con paso raudo hasta la casa rural.
Llegaba tarde. Había llamado por teléfono a la dueña y había aceptado recibirla.
Solo esperaba que el cuarto de hora de retraso no hubiera echado al traste la entrevista.
A medio camino se topó con el dispositivo que NTB tenía montado en la calle de la iglesia.
Varias personas se arremolinaban tras las vallas de protección que la patrulla de los miñones había colocado de manera provisional.
Al otro lado vio a Eneko Sagasti. El reportero acababa de gritarle a la que parecía ser una asistente o una redactora por algún tema del guion.
A continuación, prosiguió con las preguntas que estaba realizando a una mujer mayor.
Karmen aprovechó que la ayudante se dirigía al interior de la furgoneta para interrogarla.
—Disculpe, perdone que la moleste. Soy Karmen Ayala, inspectora de la Ertzaintza —le anunció, después de mostrarle su placa identificativa—. ¿Se puede saber qué hacen ustedes en Espejo y en toda la zona de Añana?
La muchacha tenía los ojos inyectados en lágrimas, debido con toda probabilidad al enfrentamiento que había vivido hacía un momento.
—Pregunte a mi jefe, yo solo soy una becaria —intentó excusarse.
—Bueno, te estoy preguntando a ti. La joven asintió avergonzada.
—Estamos investigando lo del internado de Villanueva. Lo de los bebés robados.
Karmen asistió a aquella declaración estupefacta. Jamás había oído hablar de ningún internado que estuviera situado en la zona. ¿Estaría relacionado con los expedientes de adopciones irregulares que encontraron en el ordenador de Ana Rodríguez?
—¿Qué internado? No tenía ni idea de que aquí hubiera un internado.
—Lo hubo. San Jerónimo. Ahora está en ruinas, a las afueras de Villanueva. Lo llevaban las hermanitas del Amparo.
—¿Y por qué lo estáis investigando? —insistió la inspectora.
—Mire, yo eso no puedo decirle. Hable con mi jefe, Eneko. Es ese que está ahí entrevistando a esa señora —lo señaló—. Bastante he hablado ya. Si se entera mi jefe de que le he dicho lo de los bebés robados, me mata.
Karmen sonrió. No quiso comprometer más a la joven, pero necesitaba con urgencia hablar con Eneko Sagasti.
—¿Hasta cuándo vais a estar en Espejo? —le preguntó.
—Hasta mañana.
—¿Y luego seguiréis por aquí?
—Lo siento, no puedo decirle más —respondió de manera breve antes de meterse en la furgoneta.
Karmen contempló la figura rotunda de Eneko Sagasti.
Era un hombre corpulento, seguramente deportista.
No supo por qué, pero se lo imaginó levantando pesadas piedras o cortando troncos, dos de los deportes tradicionales vascos que más le gustaban.
Era algo mayor que Gorka, pero dudaba mucho que sobrepasara los cuarenta años.
Estuvo tentada de acercarse para escuchar las preguntas que estaba formulando a aquella anciana, pero se acordó de que la dueña de la casa rural la estaba esperando.
Idoia Ballesteros y su marido Joxean López de Luzuriaga la recibieron con unas magdalenas caseras en el comedor privado de Gaubea Ederra, un precioso caserío del siglo XVI que los dos habían restaurado hacía cinco años con mucho esfuerzo y no menos ilusión, según le explicaron.
El edificio estaba dividido en tres plantas, la última habitada por el propio matrimonio y su hijo Peio, que se había divorciado hacía cuatro meses, y tenía seis habitaciones disponibles.
La decoración se alejaba de la tradicional idiosincrasia de las viviendas rurales típicas del País Vasco para mezclarse con una calidez propia de las casas campestres nórdicas.
Al parecer, Joxean había estado viviendo varios años en Suecia antes de regresar a Espejo y era un entusiasta amante de la cultura nórdica.
Después de las presentaciones formales, el hombre se despidió de ellas para ir a Vitoria a recoger a Peio, que trabajaba como bombero y tenía el coche averiado.
Karmen aprovechó la atmósfera de confianza que se había creado entre las dos, para dirigir la conversación hacia Ana Rodríguez.
—Sí, esa mujer estuvo aquí en tres ocasiones en el último mes.
Karmen releyó las fichas electrónicas que le mostraba la pantalla de la tablet de la mujer.
—Veo que solo una vez vino acompañada.
—Así es. Aunque Peio dice que la vio meter al mismo hombre a escondidas una de las otras dos veces. Ya me entiende, supongo que para acostarse juntos…
—¿Y por qué habría de hacerlo?
—Bueno, solo estaba disponible la habitación individual.
—Entiendo. ¿Y quién es el hombre?
Idoia suspiró como si previera que la inspectora fuera a formularle la pregunta.
—No quiero problemas, inspectora… ya me entiende. En Valdegovía somos cuatro gatos: si sumamos todos los pueblos, no llegaremos a mil habitantes yo creo. Quien más quien menos se conoce.
—Idoia, no tiene por qué preocuparse. Usted no está haciendo nada malo. De hecho, es su obligación contestarme, aunque puede no hacerlo si prefiere llamar a un abogado. Lo que le quiero decir es que en todo caso la culpable soy yo, que soy la que está haciendo las preguntas. ¿No le parece?
La mujer resopló y engulló una de las magdalenas.
—Mateo Aranburu. Es un chico de Villanueva. Karmen apuntó los datos en su teléfono móvil.
—¿Tiene sus datos identificativos y su dirección?
—Sí, claro. Escaneamos el DNI a todos los huéspedes.
—¿Usted conocía de antes a Mateo?
—No, pero Peio le conoce del parque natural. De Valderejo.
—Explíquese, no la entiendo.
La mujer tomó en sus manos otra magdalena.
—Durante el registro de entrada, Joxean les dio conversación.
Ya ha visto que habla hasta con las paredes.
El caso es que el chico este, Mateo, le dijo a Joxean que trabajaba en algo de turismo.
Joxean se lo comentó a Peio y, efectivamente, debe de ser técnico de la oficina de turismo de Villanueva.
A Peio le sonaba de alguna actividad en la que había participado en el parque.
—¿Y no les dijo nada más? Haga memoria, es importante. Algún detalle más, cualquier cosa.
—Pues no recuerdo nada más, la verdad. Me pareció un chico muy educado y agradable. No me dio mala espina.
—Está bien, Idoia. No la entretengo más. Si recuerda algo más de Mateo o de Ana Rodríguez, llámeme o mándeme un mensaje, ¿de acuerdo?
Le entregó una tarjeta de visita y la mujer asintió.
—Esa chica era buena persona, inspectora.
Ana, digo. Mucha gente habla por hablar, ya sabe cómo son los pueblos.
Pero yo le digo que era buena gente. He visto pasar por aquí muchos tipos de personas, y créame que tengo la intuición entrenada.
No se merecía lo que le ha pasado. Atrapen al cabrón que le ha hecho eso.
Karmen se levantó y le sonrió.
—Muchas gracias, Idoia. Estamos en contacto.
Se mordió la lengua para no verse tentada a hacer promesas que no pudiera cumplir. Claro que iban a cazar a aquel animal. El problema era que aún no habían delimitado del todo aquel coto perdido entre cañones y corrientes milenarias que clamaban pidiendo justicia.