El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 15.
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15.

Marieta volvió la vista escaleras arriba. Le pareció escuchar una puerta abrirse. Esperó unos segundos para cerciorarse de que su marido no había salido de la habitación y continuó hablando.

—Si tu tío se entera de que te estoy contando todo esto me mata.

Cuando nos casamos, le obligué a que me dijera la verdad.

Los murmullos en el pueblo eran constantes.

Muchos veían a Serafín como un ogro por haberte abandonado.

Al final, una noche en que se había pasado con el coñac, me lo contó todo.

Se ajustó el pañuelo que llevaba alrededor del cuello antes de continuar.

—Serafín descubrió que tu padre tenía una doble vida. Gorka asistía estupefacto a aquella revelación.

—¿Qué quieres decir?

—Hans engañaba a tu madre, pero no con otra mujer.

Era algo peor. Hans y tu tío no se llevaban bien.

Serafín no se fiaba de él y más de una vez se habían enfrentado con palabras muy feas.

Un día decidió seguirle. En teoría Hans se iba al extranjero a un congreso, pero nada más lejos de la realidad.

Tu padre acudió a una reunión clandestina en Salinas de Añana.

El subinspector estaba aturdido. Salinas de Añana estaba a tan solo treinta kilómetros de Murgia. ¿Qué hacía Hans yendo a aquella reunión secreta? ¿Por qué Marieta le había advertido de si estaba preparado para conocer la verdad?

—Una reunión, ¿con quién?

La mujer movió los ojos hacia un lado, como si estuviera intentando recordar.

—A las afueras de Salinas había una casa.

Un caserío enorme de tres plantas junto a un arroyo del río Omecillo.

Cuando Serafín llegó al lugar, se quedó perplejo.

Un hombre vestido de negro que parecía un cura salió del edificio mientras arrastraba a un niño de unos diez años que apenas se tenía en pie.

Cuando lo tuvo delante, Hans abofeteó al crío hasta que lo dejó sin sentido.

Lo metieron dentro mientras miraban a su alrededor, como si temieran haber sido vistos.

Serafín esperó escondido en una pequeña arboleda varias horas hasta que oscureció.

Lo que vio aquella noche lo dejó sin palabras durante varios días.

Gorka tragó saliva. Un ligero temblor se instaló en su sien derecha.

—En plena noche, Hans, el otro hombre, dos mujeres y otros dos hombres salieron de la casa con seis o siete chavales de la misma edad.

Los críos caminaban en fila, sumidos en un silencio absoluto.

Muchos de ellos vestidos con una simple camiseta y la ropa interior.

Les obligaron a meterse en el arroyo. Imagínate esas pobres criaturas con ese frío a esas horas de la noche.

Pero lo más extraño es que los chavales no rechistaron, salvo uno, al que golpearon para que obedeciera.

Y allí los tuvieron casi tres horas, tiritando de frío.

Luego los sacaron y los volvieron a meter en la casa.

Serafín asegura que dos de los críos iban desmayados, o algo peor.

Gorka atendía a la explicación con el corazón encogido. Aquello se parecía mucho a lo que había descubierto acerca de su padre durante la investigación del caso del asesino de los pantanos.

—¿Y no llamó a la policía?

—Tu tío tuvo problemas con la policía hace años, no quiso o no tuvo el valor de hacerlo.

Gorka negó con la cabeza. Aquello demostraba que su tío era un miserable y siempre lo había sido. ¿Cómo pudo no hacer nada?

—Pero eran unos pobres niños, joder… —le reprochó. Marieta le cogió de la mano.

—Lo sé, Gorka, pero no todo es tan sencillo. Tu tío lleva años sufriendo una especie de síndrome parecido al de los excombatientes de Vietnam. Está traumatizado por lo que le pasó de joven con la policía.

—No puedo creer que no hiciera nada.

—Tu tío averiguó después que la casa donde estaban esos niños metidos formaba parte de una especie de colonias para niños desamparados, con familias desestructuradas o tutelados por la Diputación. Puso una queja, pero nadie le hizo caso.

—¿Y no le contó nada a mi madre?

—Tu tío y tu madre llevaban sin hablarse demasiado tiempo.

—Por la mierda de herencia de la abuela.

—Por lo que fuera, Gorka, pero no se hablaban. Serafín trató de advertir en su día a Leire sobre Hans, pero no quiso escucharlo.

—No me puedo creer que nos dejara a mis hermanas y a mí a nuestra suerte. ¡Joder, que éramos sus sobrinos! Si hacía aquello a todos esos niños, ¿no se le ocurrió pensar que nos podía pasar algo malo a nosotros?

El rostro níveo de Marieta parecía exangüe.

—Tienes que entender a tu tío, Gorka. Todos vivimos con nuestros fantasmas…

Gorka estaba a punto de perder el control. Percibió cómo los espasmos comenzaban a sacudir su brazo izquierdo. Tenía que irse de allí.

—¡Fantasmas ni hostias! —exclamó, mientras se levantaba y daba una patada a la silla—. ¿Es que no lo entiendes? ¡Pudo haber salvado a mi madre y a mis hermanas!

De repente, una frase cruzó su mente y lo derrumbó.

«Gorka ¿por qué no nos salvaste?»

Eran las palabras que Ingrid había pronunciado cuando le llamó por teléfono hacía un año.

Los gritos parecieron alertar a Serafín Urrutia, que comenzó a descender por la escalera con una habilidad pasmosa. Su rostro reflejaba una tenue sonrisa. Gorka lo observó y no pudo más. Marieta se puso de pie y trató de impedirlo, pero no llegó a tiempo.

Gorka salió disparado hacia Serafín. No soportaba su presencia. Por su mezquindad, su madre y su hermana Haizea habían sido asesinadas por Hans. Esa idea obsesiva lo impulsó hacia él. Solo pensaba en apalearlo. Ni siquiera se percató del hacha que Serafín portaba en su mano sana.

Afortunadamente, todo se detuvo en un instante. Los temblores se presentaron de manera abrupta y cayó al suelo. Mientras las violentas convulsiones se adueñaban de su cuerpo, observó a Marieta detener y contener a Serafín, justo unos segundos antes de que todo se volviera negro.