14. #2
—Marieta, ¿estás bien?
Ella se reincorporó y alzó los hombros en un claro signo de incredulidad.
—No sé qué bicho le habrá picado, jamás se ha portado así conmigo.
—¿Estás segura?
—Sí, sí, tranquilo. Esto no es propio de él.
Serafín me quiere. A su manera, pero me quiere.
Bueno, nosotros nos entendemos así. No me mires así, hijo, que no soy una mujer maltratada si estás pensando eso.
Vamos, que a mí no me tiemblan las piernas.
Si un hombre me pone la mano encima ya sabe la hostia que le espera a cambio —sonrió—.
Pero, vamos, no te quedes ahí parado como un pasmarote.
¿Nunca habías escuchado a una señora respetable como yo hablar así?
Le llevó hasta la cocina, en la planta baja, y le preparó un vaso caliente de leche al que agregó una generosa cucharada de miel y un poco de canela.
—Toma, bébetelo. Que te me has quedado con cara de angustia. Y esto levanta a un muerto. Gorka accedió y se sentó junto a ella en la mesa.
—Ten cuidado, hijo, que te vas a abrasar la boca. Él sorbió con cuidado y pegó un buen trago.
—Es miel de brezo. Me la trajo Serafín de la última feria en la que estuvo con el taller. Es muy buena, de Villanueva.
—La feria de artesanía de Añana.
Marieta asintió un tanto sorprendida por el hecho de que Gorka supiera que Serafín había participado en aquel mercado.
—¿A qué has venido exactamente, Gorka? Conmigo las cosas claras, por favor, que una tiene ya una edad como para andar perdiendo el tiempo.
Gorka sopesó si contarle toda la verdad.
—Estamos investigando el asesinato de una mujer. Tenemos distintos indicios que apuntan a que el asesino pudo haber asistido a la última feria de artesanía y oficios antiguos que se celebró en Villanueva.
—¿Y qué tiene que ver Serafín con todo eso?
—Según tenemos entendido, Serafín fue el encargado de un puesto en el que se organizó un taller para trenzar pulseras con esparto.
—Sí, Serafín es un artista con esas cosas y muchas otras, pero no entiendo todavía la relación.
—En el cadáver de la mujer apareció una pulsera hecha de manera muy similar a las que Serafín enseñó a tejer en aquel taller.
Y creemos que el asesino pudo haber participado en ese curso, o, al menos, comprar una de las pulseras que allí se hicieron.
Nos han contado que los participantes tuvieron que registrarse para poder participar, y me preguntaba si sabes si Serafín era el encargado de llevar ese registro.
Marieta se le quedó mirando absorta en sus pensamientos. Al cabo de unos segundos, se levantó y salió de la cocina.
—Espérame aquí —le pidió.
Gorka obedeció y degustó lo que le quedaba de la bebida. Se preguntó qué estaría haciendo su tío en ese momento. ¿Habría ido Marieta a hablar con él?
—Aquí lo tienes.
Gorka se sobresaltó. No la había oído regresar.
Marieta depositó ante él un cuaderno que tenía papel serigrafiado con el sello oficial de la Cuadrilla de Añana.
Lo abrió y se encontró con varios listados manuscritos de participantes en distintos talleres que Serafín Urrutia había ido impartiendo en los últimos dos años.
La letra era elegante y armoniosa, propia de alguien que había puesto empeño en darle una apariencia pulcra y legible.
—¿Esto lo ha escrito Serafín?
—La letra es mía. Yo le acompaño a algunas de las ferias. Tu tío, que no quiere jubilarse. Yo le digo que ya no estamos para tanto trote, pero él vive solo para esto. Le hace feliz.
—¿Estuviste en esa feria en concreto?
—Creo recordar que sí. Déjame buscar la lista.
Al cabo de unos segundos localizó la relación de nombres de los participantes en el taller que su marido había impartido aquel día. Eran diecinueve personas, la mayoría mujeres, pero había también unos cuantos hombres.
—Si no te importa, voy a sacarle unas cuantas fotos.
—Lo que necesites.
Tras tomar las instantáneas, procedió a leer los nombres con detenimiento. No iba a resultar sencillo analizar todas aquellas identidades y buscar una posible conexión con el crimen. El trabajo sería arduo.
—Imanol Barandika, Iñaki López de Munain, Patxi Urkiza, Mikel Garmendia…
—Igual todos los participantes del curso no están en el listado. No me acuerdo bien, pero juraría que una mujer se pasó un rato y no sé si se apuntó al final.
—¿Una mujer?
—Una extranjera. Polaca, o algo parecido. Tenía un acento de por ahí. Muy guapa, pero chico, más rara que un perro verde.
Gorka no podía creer lo que estaba escuchando.
—¿Polaca? ¿Cómo estás segura de que tenía esa nacionalidad?
—No lo sé, pero vamos, tenía esas pintas. Alta, rubia, muy guapa, aunque parecía que iba de luto.
El subinspector no podía dejar de pensar en Ingrid. ¿Acaso era posible? La idea era ridícula, pero decidió apretar un poco más.
—¿Dijo con quién venía o qué hacía allí?
—Yo qué sé, Gorka. Me acuerdo de ella porque era extranjera, pero poco más. ¿Pero no estábamos buscando un hombre?
—Sí, perdona. Tienes razón.
—¿Conoces a alguno de estos cuatro hombres?
Ella se acercó al cuaderno y lo observó con detenimiento.
—Déjame ver…
Marieta releyó los nombres en alto.
—Pues a bote pronto… no me suena ninguno. Pero, espera, que sé quién puede ayudarnos.
Gorka la vio marcar un número en su teléfono móvil. Al cabo de un instante, una voz de mujer se coló en la cocina a través del «manos libres».
—Nekane, ¿te suena alguno de estos cuatro nombres? Te acabo de pasar una foto por WhatsApp. Tras un breve instante, la voz respondió de manera firme.
—Sí, claro. Barandika. Es el dueño del Barandika, el bar de Espejo. Un impresentable.
—¿Un impresentable? —repitió Marieta.
—Hay rumores de que pegaba a su mujer, la Herme, la del ultramarinos de Villanueva. Se divorciaron hace cinco años. La pobre murió al poco de cáncer. Ahora el muy cabrón debe de andar con una de Nanclares.
—¿Los otros no te suenan?
—Ni idea, maja.
—Vale, gracias, Nekane. Luego a la tarde te llamo para lo del café. La otra mujer se despidió con un seco Agur .
—Nekane es una de mis mejores amigas —explicó—. Nos encargamos de ayudar a don Emilio, el párroco. Y organizamos un puesto de tortillas cuando son las fiestas.
—Hay algo que no me cuadra —dijo Gorka—. Si son ciertos esos rumores, no imagino a ese tal Barandika asistiendo a un taller para hacer pulseras artesanales.
—Bueno, igual no eran para él, sino para la novia esa que tiene ahora…
—Sí, es posible.
Una llamada al móvil del subinspector interrumpió de forma abrupta la conversación.
Era de la comisaría, pero no lo cogió. Antes tenía que resolver algo.
Había acudido a casa de su tío no solo por el caso de Ana Rodríguez.
Si había accedido a reencontrarse con él, no era por otro motivo que preguntarle por Ingrid. Necesitaba respuestas.
—Marieta, sé que te va a parecer raro, pero… ¿qué te ha contado Serafín sobre mi familia? Sobre mi madre y mis hermanas.
La mujer acercó una silla a escasos centímetros del subinspector y se sentó. Su expresión era extraña: apacible, serena… pero Gorka no estaba seguro del todo de sus intenciones.
—Sabía que este momento iba a llegar tarde o temprano. Durante mucho tiempo pensé que sería Serafín quien tendría que afrontar lo que hizo. Y ¡mira cómo es la vida! Resulta que en su momento prefirió callar, y ahora es Dios el que le ha silenciado. ¿Por dónde quieres que empiece?
—¿Te ha dicho lo que hizo mi padre? Ella asintió suavemente con la cabeza.
—Sí. Me contó que tu padre había matado de una forma horrible a tu madre y a una de tus hermanas. Y que tu hermana pequeña desapareció el día que todo ocurrió. En el pueblo todo el mundo sabe lo que pasó.
—Se la llevó él; estoy convencido. ¿Y te dijo por qué no quiso hacerse cargo de mí?
Marieta suspiró. De manera instintiva, se llevó la mano al vientre, como si la pregunta de Gorka la estuviera desgarrando por dentro.
—Fueron muchas cosas, Gorka. Y no sé si estás preparado para escucharlas. Gorka enmudeció durante unos instantes.
—Empieza por el principio —le pidió—. ¿Por qué Serafín odiaba a mi madre? ¿Por qué la puso en contra de la abuela?
—¿Eso es lo que te contó tu madre? Gorka dudó.
—Sí.
—Tu abuela nunca aceptó a tu padre. Y Serafín tampoco.
—¿Por qué?
La mujer se remangó.
—Desde fuera la gente podría pensar que fue porque era extranjero, un forastero que había encandilado a Leire para quedarse con el dinero de la familia. Y, aunque parte de razón hay en eso, es por algo mucho más oscuro, Gorka. ¿Estás seguro de que quieres seguir adelante?