14.
Murgia, Álava
El subinspector Gorka Larssen dejó a un lado la Cruz del Oñacino.
Un antiguo vestigio pétreo que conmemoraba la muerte de Fernando de Zárate, como parte de la lucha de bandos que sacudió el valle de Zuia en el siglo XV.
A pocos metros de allí se alzaba la imponente iglesia de San Miguel Arcángel, centinela altivo de la calle principal que atravesaba el pueblo de Murgia.
Un poco más adelante comenzaba la plaza del Ayuntamiento, con su hermoso escudo heráldico.
Le pareció reconocer, bajo los arcos del soportal sobre el que se levantaba el edificio, a una antigua amiga de su madre.
Era Maitane Abaitua, la madre de Oier, su compañero inseparable de la infancia.
Los recuerdos luminosos de su niñez se agolparon en su mente y le hicieron sonreír.
Las largas tardes de verano con Oier y algunos de los otros chicos del pueblo jugando al fútbol o al béisbol, las yinkanas y juegos para los más pequeños que su madre y Maitane organizaban durante las fiestas del pueblo…
Aquella faceta pública de su infancia poco tenía que ver con el ambiente sombrío que se instalaba en casa cuando su padre regresaba.
Siempre había temido la figura autoritaria de Hans, pero no porque lo hubiera maltratado o atemorizado.
Era otra cosa. La frialdad con la que Hans se dirigía a él le había hecho pensar muchas veces que no era merecedor del amor de su padre.
Era tal la indiferencia con la que Hans lo trataba el escaso tiempo que estaba con su familia, que en numerosas ocasiones se había preguntado qué es lo que había hecho mal para que su propio padre no lo quisiera.
Solo cuando fue lo suficientemente mayor, llegó a comprender, gracias a su psicóloga, que, tras el desapego emocional de Hans se escondía la personalidad de un narcisista perverso, probablemente la de un perfecto psicópata.
Alzó la mano para saludar a Maitane, pero ella no lo vio y se internó en una cafetería.
Siguió avanzando hasta que llegó a la calle Manzanal.
Un nudo se le instaló en la boca del estómago, pero estaba decidido a seguir adelante.
La casa de Serafín Urrutia se alzaba en una esquina de manera orgullosa, casi vanidosa, como alguien que no necesitaba esconderse, pero tampoco invitaba a acercarse.
Era un edificio sólido, de dos alturas, con la fachada rematada en piedra gris, que enmarcaba varias ventanas y un sólido balcón de madera, como si protegiera algo más que la estructura.
No era una construcción ostentosa, aunque era evidente que se había levantado con afán de perdurar en el tiempo.
En el centro, la puerta de madera oscura, pesada, albergaba un arco de piedra que imponía cierto respeto.
Nunca había llegado a cruzar ese umbral.
Los geranios rojos en las ventanas rompían la sobriedad de la fachada, pero no la suavizaban.
Destacaban demasiado. Como si alguien hubiera llevado a cabo una concesión tardía a la normalidad, para cumplir con una idea de lo que debía ser un hogar, que quizá nunca terminó de cuajar.
Nada en aquella robusta casa hacía pensar en el alma oscura que la habitaba desde hacía más de sesenta años.
Había sido el hogar de su madre y de Serafín toda la vida.
Hasta que la abuela María había muerto y el caos se había desencadenado por culpa de la herencia.
Leire Urrutia siempre había acusado a su hermano Serafín de manipular a María para ponerla en su contra.
Tuviera razón o no, el caso era que la matriarca había terminado dejándole a su hija la estricta parte de la masa hereditaria que le correspondía por ley.
Se trataba de la finca donde Leire había levantado la casa donde Gorka había vivido a las afueras de Murgia con sus padres y sus hermanas.
Serafín se había quedado con la casa familiar y con el resto de las propiedades que los Urrutia poseían en Murgia y en Izarra.
Llamó a la puerta con la angustia palpitando en sus sienes. No era fácil enfrentarse al viejo monstruo que no quiso saber nada de él cuando Hans asesinó a su familia. Se preguntó si lo reconocería.
—Buenos días, señor. ¿Qué se le ofrece?
Una mujer de unos sesenta años y acento gallego se presentó ante él con una amplia sonrisa dibujada en su rostro.
—Perdone… —comenzó a decir Gorka—. No sé si me he equivocado. ¿Es esta la casa de Serafín Urrutia?
Ella expandió aún más su sonrisa.
—El mismo. ¿Lo conoce usted?
—Soy Gorka. Gorka Larssen.
Ella asintió con delicadeza. Estaba claro que había reconocido el apellido.
—Hola, Gorka. Tú debes de ser el sobrino de Serafín. El hijo de su hermana Leire. El policía. Gorka respondió con un leve asentimiento.
—¿Y usted?
—Soy Marieta Estrada, para servirte. La mujer de Serafín. Supongo que nadie te ha hablado de mí.
Gorka se quedó paralizado. Que él recordara, a Serafín jamás se le había conocido ninguna pareja. Y mucho menos una esposa. Pero claro, habían pasado más de veinte años desde la última vez que supo de él.
—No sabía que mi tío…
—Sí, hijo sí. Llevamos juntos casi diez años.
Nos conocimos en una excursión a Lourdes.
¿Qué te parece? Yo enviudé muy joven. Soy de cerca de Santiago.
El caso es que nos conocimos allí, en una actividad conjunta de distintas parroquias y enseguida nos comprometimos.
Pero pasa, pasa, no te quedes ahí pasmado.
Tu tío está arriba. Supongo que tampoco tendrás ni idea de su estado.
—¿Su estado? ¿A qué se refiere?
—No me trates de usted, hijo, que somos familia.
Gorka estaba anestesiado por aquella amabilidad imprevista. ¿Cómo era posible que un ser huraño y mezquino como Serafín Urrutia hubiera enamorado a aquella mujer?
—Tu tío está malito. Le dio un ictus hace unos días. Pero vamos, que tuvimos mucha suerte —
explicó con un optimismo pasmoso—. Podía haberse quedado en el sitio. Gorka trataba de afrontar el impacto que le había causado la noticia.
—Pero… ¿está bien?
—Bueno, bien, bien… No puede hablar el pobre.
Y tiene tres dedos de la mano derecha paralizados.
Los médicos dicen que, con la rehabilitación necesaria, puede que vuelva a hablar.
De lo de la mano no están tan seguros. Pero nos apañamos perfectamente.
Nos comunicamos con la mirada. Son ya muchos años a su lado, hijo.
Aquellas palabras cayeron como un torrente de agua helada sobre Gorka.
Si Serafín Urrutia no podía hablar, sus esperanzas de poder preguntarle por Ingrid se habían esfumado en un instante.
Por no mencionar las preguntas que tenía que hacerle en relación con la investigación del asesinato de Ana Rodríguez.
—¿Puedo verlo?
—Sí, claro, sube conmigo.
El subinspector la siguió escaleras arriba, mientras ella se afanaba por subir lo más rápido posible, lo cual era evidente que le costaba. Al fondo del pasillo, la vieja puerta de madera de una habitación estaba abierta. Ella la cruzó y se dirigió hacia el hombre, que estaba sentado en una butaca.
Gorka notó cómo una oleada de ira invadía cada una de sus células.
Ante sí tenía al hombre que se había desentendido de él cuando Hans había asesinado a su madre y a su hermana Haizea.
A pesar del tiempo transcurrido, el sabor amargo del más absoluto de los desprecios aún aguardaba latente en algún rincón de su alma.
Se preguntó si su tío le había contado a Marieta aquella parte de su pasado.
—Cariño, mira quién ha venido a visitarnos. Es Gorka. Tu sobrino. El hijo de la Leire.
Lo ayudó a girarse. Serafín Urrutia se movió con asombrosa agilidad.
A simple vista no parecía que hubiera sufrido un ictus.
Era un hombre alto y robusto, completamente calvo y con una prominente barriga.
Iba ataviado con un pantalón de pinzas, una camisa a cuadros y una chaqueta de punto negra.
En su muñeca derecha asomaba un reloj de oro de una marca de renombre.
Sus ojos eran de un color verde intenso.
—Hola, Serafín —dijo al fin Gorka.
El hombre lo miró con desdén. Gorka supo que lo había reconocido.
Su mirada destilaba un insoportable hedor a indiferencia.
¿O era más bien aversión? Los recuerdos del pasado corroían las entrañas del subinspector.
El rencor era un veneno que, o bien consumía lentamente a quien lo padecía, o lo conservaba incólume al transcurrir de los años.
No estaba seguro de cuál era exactamente su caso.
Pero no le dio mucho tiempo a pensar en ello.
Para su sorpresa, Serafín Urrutia se le acercó con paso lento, aunque decidido.
Gorka se quedó inmóvil, sin saber cómo reaccionar.
A medida que recortaba distancia con él, los latidos de su corazón se hicieron más intensos.
Si no controlaba la situación, era posible que sobreviniera uno de sus ataques.
Y por ahí no quería pasar. Si hiciera falta, saldría corriendo.
Pero jamás claudicaría ante los temblores delante de aquel hombre.
Quería demostrarle que, a pesar de haberle dejado a su suerte cuando era un niño, no le había afectado; que se había convertido en un adulto de provecho.
Serafín llegó hasta él y simplemente lo ignoró para seguir avanzando por el pasillo. Al pasar junto a él, Gorka percibió un ligero espasmo en su pierna derecha.
Marieta no daba crédito a lo que acababa de suceder.
—Pero, Serafín… ¿es que no vas a saludar a tu sobrino? —le preguntó, mientras le retenía por el brazo.
El anciano la empujó con fuerza valiéndose del brazo del que aún conservaba la movilidad.
La mujer perdió el equilibrio y cayó al suelo.
Él se volvió y Gorka quiso ver un atisbo de humanidad en su mirada.
Algo le decía que se arrepentía de lo que acababa de hacer.
Hizo un amago de querer ayudarla, pero decidió continuar su camino hasta encerrarse en otra de las habitaciones.
Gorka se agachó para ayudarla.