13.
Una tormenta repentina recibió a la agente Sua Abasolo en la sede de UrKirol, la empresa de deportes acuáticos regentada por Kepa García, el hombre con el que Ana Rodríguez se había citado a través de la aplicación HeartBit.
Situada a escasos cuatrocientos metros del embalse de Sobrón, en el desfiladero modelado por el río Ebro a lo largo de los siglos, la compañía ocupaba lo que en el pasado había sido un pequeño hotel.
Toda la zona rezumaba una entrañable atmósfera arcaica, como anclada en un tiempo lejano, donde los establecimientos hosteleros y el antiguo balneario habían ido conformando un tipo de turismo que había vivido mejores momentos.
Kattalin García, la hermana del joven, la recibió en el almacén que habían levantado en la parte trasera del edificio.
Sua se sorprendió por la altura de la muchacha, que debía de rondar los treinta y cinco años.
Las mejillas sonrosadas y su complexión robusta denotaban una vida activa al aire libre.
—Kepa es un picaflor, agente —le explicó—. Nunca le ha interesado lo de tener novia formal, ya me entiendes.
Sua asintió y se identificó al instante con el sospechoso. Sabía que ella misma era vista así por su propio entorno. Incluso por Gorka.
—¿Dónde está su hermano ahora mismo? —a Sua le costaba tratarla de usted; solo le sacaba unos pocos años.
—Kepa está en Mundaka, en casa de la amama . Va a ayudarla de vez en cuando con la huerta.
Lleva casi tres semanas allí.
La agente arqueó las cejas. Si lo que Kattalin García decía era cierto, Kepa García tenía una coartada.
Mundaka estaba en la costa vizcaína, a más de cien kilómetros del área donde había aparecido el cadáver de Ana Rodríguez.
Tendrían que comprobarlo. Aun así, siempre cabía la posibilidad de que hubiera hecho un viaje hasta Valdegovía, asesinado a Ana Rodríguez y después regresado a Mundaka.
—¿Su hermano usaba apps para ligar? —Sua se sintió ridícula al formular la pregunta de aquella manera.
La mujer sonrió divertida.
—Sí, claro. Apostaría a que está apuntado a la mitad de esas aplicaciones para ligar.
Mi hermano es un poco golfo. No será la primera vez que una de esas chicas viene aquí preguntando por él cuando él deja de responder a sus mensajes.
La última, sin ir más lejos, vino hace dos días. Era de Vitoria. Una tía muy guapa.
—¿Hace dos días?
—Sí. La noté preocupada, más que cabreada. La mayoría de esas tías vienen buscando una explicación. Una vez una de ellas se puso demasiado insistente y tuve que llamar a la Ertzaintza.
Sua sacó el móvil y le mostró una fotografía de Ana Rodríguez.
—¿Es esta mujer?
Kattalin García respondió sin titubear.
—Sí. Es ella. Le dije que no sabía dónde se había metido, que estaba de viaje. Ya sabes, para quitármela de encima.
—¿Era la primera vez que usted veía a esta mujer?
—Que yo recuerde, sí.
—Pero, aun así, sabía que su hermano trabajaba aquí. La hermana de Kepa García se encogió de hombros.
—Bueno… es que a mi hermano lo conoce todo el mundo. Es bastante popular en el valle. Es resultón y tiene un don de gentes que encandila a cualquiera. Tanto a hombres como mujeres. Si preguntas por ahí, seguro que enseguida encuentras a alguien que lo conoce y te dice dónde trabaja.
Sua anotó mentalmente aquella descripción de la personalidad del sospechoso.
—¿Qué le dijo exactamente la mujer?
—Pues eso… que quería hablar con él, que a ver dónde estaba…
—¿Nada más?
—Poco más, la verdad. Me dijo que era importante y me pidió que lo llamara por teléfono a ver si a mí me cogía.
—¿Y lo hizo?
—Sí, pero solo fingí que llamaba. Kepa me tiene dicho que me quite de encima a las pesadas que preguntan por él.
—¿Y usted está de acuerdo en cómo trata su hermano a estas mujeres? Kattalin García la fulminó con la mirada.
—Mira, agente. A mí me la trae floja lo que haga mi hermano con sus ligues. Además, esas tías se enamoran de él a la mínima. Y a mi hermano se le ve que es un golfo en cuanto cruzas dos palabras con él. No hay que ser muy avispada para darte cuenta.
Sua suspiró.
—¿Se lleva usted bien con él?
La mujer hizo un gesto con la boca para mostrar indiferencia.
—Ni me llevo ni me dejo de llevar. Tenemos un negocio familiar y hay que mantenerlo. Mira, Kepa y yo tenemos nuestros más y nuestros menos, no te voy a engañar. Pero, a mí, mientras siga cumpliendo con sus obligaciones…
—¿Puedes llamarle ahora por teléfono? —la interrumpió. La joven pareció dudar.
—¿Y por qué tendría que hacerlo? No quiero movidas con él.
—La mujer que se presentó aquí hace dos días preguntando por su hermano acaba de aparecer asesinada no muy lejos, en la zona de Valdegovía.
El rostro de la joven perdió su rubor de manera repentina, pero Sua no supo interpretar bien si se debía a la noticia en sí o al hecho de que su hermano pudiera estar implicado.
—¿Kepa… es sospechoso de matar a esa mujer? —acertó por fin a balbucear.
—En eso estamos trabajando, de momento solo queremos hacerle unas cuantas preguntas.
—No puede ser. Kepa no puede ser el segador.
Sua la miró desconcertada.
—¿El segador?
—Así lo están llamando en las noticias. Ha debido de aparecer una hoz en la escena donde la mató. Dicen que la ha dejado ahí como si fuera su firma.
La agente masculló para sus adentros. No soportaba el sensacionalismo de la prensa.
—¿Le puede llamar, por favor?
Kattalin García extrajo su móvil del bolsillo trasero del pantalón. Lo intentó dos veces, sin resultado.
—No da señal.
—Llame a su abuela. Ahora.
La mujer le obedeció sin ningún tipo de objeción. Tras unos segundos que se hicieron eternos, por fin consiguió conectar con ella.
—¿ Amama ?
Sua se acercó y le indicó que activara «el manos libres».
—¿Kattalin? —una voz ronca sonó al otro lado de la línea—. ¿Eres tú, laztana ?
—Sí, amama .
—¡Qué alegría me da oír tu voz, maitia ! A ver si vienes un día y te preparo un buen marmitako.
Y dile a tu hermano que puede venir también, que me tiene abandonada.
Sua y Kattalin tragaron saliva al escuchar aquellas palabras.
—¿Cómo que te tiene abandonada, amama ? ¿Kepa no está ahí en Mundaka contigo?
—¿Aquí? ¡Qué más quisiera, laztana ! Le llamé para que viniera a echarme una mano en la huerta. No estuvo más que una tarde, se fue sin siquiera despedirse. Por lo menos tres veces le he llamado, pero, chica, que no me coge.
—Vale, amama , voy a ver si consigo hablar yo con él.
—¿Pero… no ha vuelto a trabajar? —balbuceó la anciana.
—Luego te llamo, amama .
Kattalin García interrumpió la llamada con la anciana e intentó contactar con Kepa. Lo hizo hasta en cuatro ocasiones.
—¿Qué ocurre? ¿No te coge? La joven negó con la cabeza.
—Esto es muy raro. Me coge y me cuelga.
—Kattalin. Esto es muy importante. Si en algún momento consigues hablar con él, te devuelve las llamadas, te manda un mensaje o se presenta por aquí, llámame sin perder un segundo.
¿Entendido?
—No quiero movidas…
—No son movidas. Si no lo haces, un juez podría acusarte de encubrimiento o, peor aún, de obstrucción a la justicia. ¿Estamos?
Sua Abasolo se despidió de ella y se metió en el coche patrulla.
Pensó en llamar a la inspectora Ayala para informarla de lo que acababa de ocurrir.
Así podría cursar una autorización judicial y rastrear el teléfono móvil de Kepa García.
Pero, en el último momento, cambió de opinión.
En su lugar, llamó a Mikel Olazuri, de la unidad de delitos informáticos.
Sabía que no le diría que no. Además de Gorka, Mikel también había compartido lecho con ella en más de una ocasión.
—Mikel, te acabo de pasar un número de teléfono móvil y el nombre de la operadora. Necesito que localicéis ese número. Es urgente.
El agente pareció dudar.
—¿El auto judicial?
—En trámite —le mintió—. He avisado al secretario judicial.
—¿IMEI?
—No tenemos el IMEI.
—No pasa nada, con la línea tiramos de celdas.
Sua no lo soportaba cuando empleaba tecnicismos que desconocía.
—¿De qué hablas?
—Digo que usaremos los datos de las antenas de telefonía móvil a las que se ha conectado el teléfono para saber por dónde ha estado o dónde podría estar. Pareces nueva.
—No me toques los huevos, Mikel, que no estoy para vaciles. Necesito la última señal y cualquier movimiento. Aún está encendido.
—Si aún sigue encendido, en minutos te paso el rango. Si está apagado, te digo la última ubicación y el patrón de desplazamiento.
—Perfecto. Es urgente, lo quiero ya, ¿me entiendes?
—Tú todo lo quieres siempre urgente —le reprochó—. Y yo te obedezco, sin rechistar. Ninguna novedad. Aunque luego no me saludes en la comisaría.
Sua resopló; por nada del mundo quería que la conversación se fuera por esos derroteros.
—Pues eso. Obedece y punto. Que se te da muy bien.