El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 12.
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Ricardo le abrió la puerta de la clínica envuelto en su bata preferida: una prenda vintage de color granate que Karmen había conseguido en un mercado navideño de Burdeos hacía cinco años, durante una escapada romántica a la ciudad francesa.

Le resultó irónico que aquello, que había simbolizado una etapa de felicidad en su matrimonio, no fuera ahora más que el recuerdo vago de un espejismo.

Se preguntó si los constantes viajes de Ricardo a Huesca para ver a sus padres no habían sido la coartada perfecta para engañarla sin levantar sospechas.

—Gracias por venir, Karmen.

La inspectora lo observó detenidamente. Ver a Ritxar en aquella habitación privada, rodeado de diferentes monitores para controlar sus constantes vitales la conmocionó. No pudo evitar sentir pena.

¿O era tan solo mera lástima por alguien enfermo?

—¿Qué te han dicho los médicos?

—Tengo que estar en observación unos días. Pero la cosa no pinta bien. No me quieren decir nada aún, pero lo presiento. Estoy jodido.

Ritxar siempre había sido melodramático, y más aún desde que lo expulsaron del cuerpo de bomberos tras varios expedientes disciplinarios por su alcoholismo.

Su visión de la vida se había tornado más pesimista de lo que era habitual en él.

Aunque no lo suficiente como para haberla traicionado con otras mujeres. A saber con cuántas.

—Pensaba que ya lo tenías controlado. O eso nos dijeron la última vez.

Karmen aún recordaba las visitas al cardiólogo en Bilbao: un empecinamiento de su exmarido, que no se fiaba de la supuesta lentitud del sistema público de salud.

—Dímelo a mí. Se suponía que con la pastilla todo iba a estar controlado. Pues está visto que no.

—¿Cómo ocurrió? —preguntó ella de manera directa.

En realidad, conocía los trazos generales de lo que le había sucedido.

Su hermana Klaudia le había contado todo con pelos y señales.

La casualidad había reunido a Juan, el marido de Klaudia, y a Ritxar en el mismo centro comercial el día en que cayó desplomado al suelo.

Juan había avisado a los servicios de emergencia.

—No lo sé bien. Estaba comprando unos focos para el piso y se me vino todo encima. No sentí nada, solo que me mareaba. Me agarré como pude a una de las estanterías, pero no me dio tiempo. Me caí redondo al suelo. Lo siguiente que recuerdo es dentro de la ambulancia, de camino al hospital.

—¿Te hicieron un ecocardiograma?

—Sí. Encontraron algo anómalo en una de las válvulas del corazón. No abre —o no cierra— como tiene que hacerlo.

Karmen intentó aparentar indiferencia, o al menos cierta distancia emocional, pero le fue imposible. Se acercó a Ritxar y colocó su mano sobre su hombro derecho.

—Me están mirando, pero dicen que creen que es por la cardiopatía, que me ha debido empeorar. Que posiblemente sea eso lo que me ha provocado los mareos. Y lo peor es que he perdido el conocimiento dos veces. Me podía haber roto la crisma.

Karmen lo observó con preocupación.

—Pero ¿estás nervioso por algo en concreto?

Se arrepintió al instante de haber formulado aquella pregunta. Él alzó la mirada como un cachorro malherido.

—¿Tú qué crees? No puedo con toda esta mierda, Karmen.

Me equivoqué. Lo siento. Te puse los cuernos, sí.

Tampoco creo que sea el primer ni el último marido que le haga lo mismo a su mujer.

Mi abogada me está volviendo loco con todo el papeleo de la disolución de la sociedad de gananciales.

Y lo peor es que siento que la he cagado de verdad contigo…

Karmen se alejó unos pasos de él.

—¿Dónde está tu novia? —le preguntó.

—Eh… está en Extremadura, está visitando a su madre —balbuceó él.

—Bueno, pues cuando vuelva, ya sabes a dónde tienes que ir a llorar. Él se arrodilló en el suelo.

—Karmen, no me trates así, por favor.

Karmen sintió el aguijonazo de la culpa. Ritxar no se merecía su compasión después de haberla traicionado, pero, por algún motivo, se sentía culpable por hablarle así.

—Es que no sé qué pretendes, Ritxar. Te enrollas con una tía en un aparcamiento público, a los ojos de media Vitoria. Intentas arrancarme hasta el último céntimo en el divorcio…

Él se arrastró un metro hacia ella.

—Eso es cosa de mi abogada, a mí me da igual. Yo solo quiero volver contigo. Me equivoqué. Lo siento.

Los ojos de Ritxar aparecían inundados por densas lágrimas que comenzaron a resbalar por su rostro macilento. Karmen sintió que se le erizaba el vello de los brazos. Que algo se le abría por dentro.

—No me hagas esto, Ritxar. Que somos ya mayorcitos. Hemos tomado una decisión. Bueno… la tomaste tú unilateralmente. Ahora atente a las consecuencias.

Él sollozó como un niño pequeño.

—¿De verdad piensas así? ¿En serio? Con todo lo que nos hemos querido…

—Nuestro matrimonio no iba bien y lo sabes, Ritxar. ¿O es que no te acuerdas de todas las veces que me echaste en cara el alargar el momento de tener hijos?

Ricardo rodeó con sus brazos la cintura de Karmen. Ella lo apartó con delicadeza.

—Lo sé. Y es verdad. Yo quería tener un hijo. Me obcequé. Me dolía la idea de no ser padre. Pero es mucho más doloroso el saber que ya no te tendré a mi lado. Yo te quiero, Karmen.

Un llanto irreprimible rasgó en dos la distancia que los separaba. Karmen sabía que debía salir de allí cuanto antes si no quería arrepentirse. Pero algo en su interior le retuvo un poco más.