11.
La imagen de Hipatia apareció en la pantalla del ordenador de Gorka con una amplia sonrisa dibujada en su rostro virtual.
La hacker jamás le había mostrado su identidad real, pero la incertidumbre inicial de sus primeros encuentros a distancia pronto se había transformado en una confianza plena en ella en cuanto comenzó a darle resultados en su búsqueda incansable de Hans e Ingrid Larssen.
Lo que Gorka veía era a una mujer madura con apariencia de hippie de los años sesenta, vestida con un impecable vestido ibicenco de un color níveo casi cegador.
—¿Has podido revisarlo?
Hipatia pareció dudar un instante antes de responder.
—Sí, lo he revisado. Pero a veces pienso si no estaré metiendo la pata suministrándote estos pequeños fragmentos de información, que está claro que no te vienen bien, Gorka.
—¿Ahora eres mi madre? Venga, Hipatia, que no estoy para perder el tiempo. La imagen de la mujer reverberó en la pantalla durante un instante.
—A ver. No lo tengo confirmado al cien por cien, así que no me mates.
—Suéltalo.
—¿Te acuerdas de que te facilité el registro del orfanato ilegal de Estonia donde en teoría fue a parar Ingrid cuando se la llevó tu padre?
—Sí.
—Bueno, me ha costado lo mío, y he tenido que pedir un favorcillo a un amigo, pero lo he conseguido.
Un mensaje llegó al correo electrónico encriptado de Gorka, que se apresuró a abrirlo. La pantalla del ordenador le devolvió la copia escaneada de un viejo documento mecanografiado en grafía cirílica.
—Gustav Krüger y su esposa Selma adoptaron en 2002 una niña pequeña en ese orfanato. Por supuesto, todo de manera irregular. Probablemente pagaron una millonada, o tal vez alguien les debía un favor. Ya sabes que ese hospicio estaba conectado con la mafia rusa.
Gorka tragó saliva. Ese era el año de la desaparición de Ingrid.
—¿Cómo se llamaba la niña que adoptaron?
El rostro evanescente de Hipatia se mostró atemorizado.
—Ingegärd. Ingegärd Krüger.
Gorka sintió cómo algo se le detenía por dentro. Notó un leve hormigueo en la pierna derecha, pero no permitió que derivara en otro ataque. Esta vez no.
—Es ella, Hipatia. Ingegärd. Ingrid. Es uno de los nombres que estaba investigando Ana Rodríguez antes de morir. Todo esto es como una broma de mal gusto.
—¿Tú te acuerdas de tu hermana, Gorka?
El subinspector se quedó petrificado observando el rostro virtual de la hacker . ¿Cómo no se iba a acordar de Ingrid? Tenía pesadillas recurrentes con su carrito vacío abandonado en mitad del sótano en el que Hans asesinó a su madre y a su hermana Haizea.
—Me refiero… quiero decir… —prosiguió Hipatia— …a que si recuerdas cómo era físicamente tu hermana Ingrid.
Gorka enmudeció. Por más que se esforzó, no logró recordar sus rasgos.
¿Acaso había olvidado cómo era? Se acordaba de su risa, sus llantos, hasta de su voz…
pero ¿por qué no conseguía rememorar su cara?
Lo cierto era que, después de la muerte de su madre y de Haizea, jamás volvió a la casa familiar.
Su periplo en los servicios sociales y en las casas de acogida engulleron —a base de píldoras traumáticas oportunamente dosificadas— sus ganas de regresar en busca de su pasado.
Ni siquiera pudo hacerse con una foto de su madre.
Mucho menos de sus hermanas. Serafín Urrutia, el único familiar con vida, se había negado a tener ningún tipo de contacto con él, cortando de raíz el único nexo de sangre que podía devolverle parte de sus recuerdos.
Alguna vez se había llegado a preguntar si todo había sido una pesadilla.
Tal vez Haizea y su madre no habían muerto ni Ingrid había desaparecido.
Quizá había perdido la razón y todo se trataba del producto de su imaginación.
Sin embargo, su ingreso en la academia de la Ertzaintza le confirmó su tragedia familiar con pruebas fehacientes tejidas con sangre y vísceras.
Hans Larssen era un maldito psicópata que había asesinado a su mujer Leire y a su hija Haizea.
Y probablemente había hecho lo propio con Ingrid.
—¿Gorka?
La voz de Hipatia se coló en sus ensoñaciones y le devolvió abruptamente a la realidad.
—¿Por qué quieres saber si recuerdo físicamente a Ingrid?
Los ojos electrónicos de Hipatia parpadearon durante unos segundos.
—Bueno… He encontrado una fotografía de Ingegärd. Es del permiso de conducir que se sacó hace cinco años en Malmö, en Suecia. Es curioso, porque su rastro desaparece poco después, como si se la hubiera tragado la tierra. Me ha sido imposible de momento seguir sus pasos.
—Enséñame la foto.
—¿Estás seguro, Gorka? Puede que no sea Ingrid. De hecho, es lo más probable.
—Por favor —le suplicó.
Hipatia lanzó la fotografía al centro de la pantalla.
Gorka la observó mientras escudriñaba cada detalle.
El rostro anguloso de una muchacha, una joven de poco más de veinte años, se materializó ante él.
El color rubio cenizo de su cabello largo enmarcaba una mirada adusta, impenetrable.
Unos labios finos y sonrosados endulzaban ligeramente su expresión, pero no lo suficiente como para humanizarla.
La imagen era nítida, aunque había sido tomada sin ningún tipo de gusto fotográfico.
Escasamente iluminada, las sombras cubrían buena parte de la piel.
No podía quitarse de la cabeza que estaba ante una completa desconocida. Sin embargo, había algo en esa actitud defensiva, en ese modo de ocupar el espacio como si esperara un golpe, que le resultaba demasiado familiar. Pero no sabía por qué.
Sin darse cuenta, acercó la cabeza a la pantalla. Desplazó la mirada un centímetro más arriba. Y entonces lo vio. El primer ojo era azul, claro como un cristal empañado. El otro era de color verde, profundo, como un bosque oscuro.
Gorka parpadeó, desconcertado. Al principio pensó que sería un fallo del escaneo, una sombra, un reflejo. Pero no. No era un error.
La habitación encogió de golpe.
Una presión se apoderó de su estómago y no lo soltó. Y en algún lugar de su memoria —ese lugar al que llevaba toda la vida evitando regresar— algo se encendió. Como un fogonazo en mitad de la oscuridad. Un destello fulgurante que cobró vida de manera inesperada.
Un niño descalzo mirando a una niña sentada en el suelo de la cocina. Repleto de minerales y piedras del río. El pijama rosa de ella demasiado grande. La bombilla a punto de fundirse titilaba sobre ellos. Y la niña alzaba la cabeza para enseñarle un dibujo garabateado.
Un ojo azul. Como el cielo puro de una mañana de febrero.
Un ojo verde. Igual que la hierba mojada tras una tormenta de primavera.
Gorka sintió cómo el pasado le arrancaba algo profundamente arraigado en sus entrañas. Se apoyó en la mesa para no perder el equilibrio.
—Gorka… —murmuró Hipatia desde algún lugar de su universo digital—. ¿Qué te ocurre?
Él seguía con la mirada clavada en los ojos de la chica. En esa firma genética imposible de borrar.
La voz emergió de su garganta ronca, casi gutural, como si llevara años aguardando justo ese instante para despertar. Le costó transformar en fonemas lo que su cerebro ansiaba gritar.
—Ingrid tenía los ojos así. Hipatia no dijo nada.
Gorka volvió a acercarse al monitor, esta vez con más cuidado, como si temiera que aquella imagen fuera a desvanecerse para siempre.
—Hasta hoy me era imposible recordar su cara… —susurró—. Ni su nariz, ni su boca. Nada. Hizo una pausa.
—Pero esto… —rozó la pantalla con el dedo, justo sobre el iris verde— …estos ojos son imposibles de olvidar.
La hacker respiró hondo. La imagen de su avatar parpadeó un instante.
—¿Estás seguro? —preguntó—. ¿Crees que es ella? Gorka apretó la mandíbula.
—Claro que es ella.
—Gorka, ya sabes que la psique humana puede jugar malas pasadas y hacernos recordar cosas que en realidad no hemos vivido. Puede que desees tanto reencontrarte con ella que tu cerebro te esté engañando para hacerte creer cosas que no son.
Gorka no se inmutó y continuó contemplando la imagen.
—Es ella, Hipatia… —dijo despacio—. Sé que es ella. Ingegärd Krüger es Ingrid.
—¿No conservas ninguna fotografía de ella?
Gorka enmudeció durante unos segundos. El aliento frío de los recuerdos más dolorosos de su niñez rozó su nuca y lo retrotrajo hasta Murgia, el pueblo alavés donde se había criado. Solo había una persona en el mundo que podía tener una fotografía de su madre y sus hermanas.
—Gorka… ¿te encuentras bien? —preguntó la hacker.
Los rasgos pétreos del rostro de Serafín Urrutia se esbozaron sutilmente en la mente de Gorka, mientras trataba de esquivarlos. Pero no fue capaz. Su tío podía tener la clave para confirmar sus sospechas.
Había llegado el momento de hacerle una visita.