El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 10.
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La inspectora Karmen Ayala estaba preocupada por Gorka.

A regañadientes, el subinspector había aceptado tomarse el día libre tras el ataque sufrido en Radio Vitoria.

Había tenido que ordenarle que se quedara en casa.

Ni siquiera había querido acudir al hospital.

Su instinto lo tenía sumido en un estado de alerta constante y los dos sabían que no iba a parar hasta que consiguieran dar con el asesino de Ana Rodríguez.

Aún tenía remordimientos por haberle presionado para regresar al trabajo en el caso de los crímenes del pantano.

Iba a llamarlo para preguntar qué tal se encontraba, cuando la agente Sua Abasolo irrumpió en su despacho con la fuerza devastadora de un tornado.

Fue tal el ímpetu con que abrió la puerta, que no fue consciente de que había golpeado la pared hasta que ya fue demasiado tarde.

En sus manos sostenía varios folios impresos, que agarraba como si se tratara de un trofeo.

Su rostro reflejaba una mezcla de satisfacción y urgencia.

—¡Lo tenemos! —gritó nada más entrar.

Karmen la observó con detenimiento. Sabía que el sosiego y la templanza no eran precisamente las virtudes de Sua.

La joven era una excelente agente, inteligente y con iniciativa.

Aunque seguía pensando que le faltaba la madurez necesaria para enfrentarse con mesura a los envites de las investigaciones.

Le había demostrado en más de una ocasión que no se amedrentaba ante nada y eso era precisamente lo que, por contradictorio que pareciera a primera vista, podía convertirse en su talón de Aquiles.

Cuando se hallaba tras una pista, su instinto cazador le impedía actuar con claridad.

No sería la primera vez que ignoraba sus órdenes y se exponía al peligro de manera innecesaria.

—¿A qué te refieres?

—A esto —le respondió mientras le mostraba varios folios impresos—. Nuestros amigos los irlandeses han sido más colaborativos de lo que pensábamos. Acabamos de recibir el expediente de Ana Rodríguez en la aplicación esa para ligar, HeartBit.

—Déjame ver —le pidió Karmen. Sua le entregó las hojas.

—Por lo que se ve, Ana Rodríguez mantenía una vida sexual bastante activa, ¡qué envidia! —

bromeó la agente.

Karmen le reprobó con la mirada.

—No estamos para comentarios jocosos, Sua. Te recuerdo que Ana Rodríguez ha sido brutalmente asesinada.

—Lo sé, lo sé, perdón —trató de excusarse—.

Además, en realidad, la mayoría eran conversaciones subidas de tono sin más, porque al final solo quedó con cuatro tíos por esta app .

He hecho un primer barrido entre los perfiles de hombres con los que más ha hablado en el último año, que es cuando se abrió la cuenta.

Al poco de divorciarse. He desechado las conversaciones que mantenía con hombres de fuera de la zona de Valdegovía, que básicamente eran dos, uno de Madrid y otro de León.

He ordenado y recopilado todos los chats . Hay alguno muy jugoso. Mira.

Abasolo extendió sobre la mesa los documentos que había preparado. Karmen sonrió. Sua podía tener muchos defectos, pero tenía que reconocer que era una de sus agentes más proactivas y eficientes.

—Con lo cual, tenemos dos sospechosos en la zona de Valdegovía, más los dos que has comentado —apuntó Karmen.

Sua asintió entusiasmada.

—Yo descartaría en principio a esos dos.

Karmen la animó con un gesto de la mano para que hablara.

—Sospechoso número uno: Kepa García —dijo, mientras le extendía una fotografía de un hombre de treinta y pocos años, moreno, con el pelo muy corto y el cuerpo tonificado propio de alguien que hacía deporte con frecuencia—.

Vive en Pobes, no muy lejos de Villanueva de Valdegovía.

Tiene un negocio de turismo activo en Sobrón, cerca del embalse.

Organiza rutas en kayak, pádel surf y otros deportes acuáticos.

Su hermana trabaja con él, por lo que he podido averiguar en la web.

La inspectora resopló. Si ese tal Kepa García trabajaba en una empresa de deportes acuáticos, era más que probable que conociera bien los cauces fluviales y las zonas más recónditas del río Purón o del Ebro.

Y, en consecuencia, supiera cómo atacar de manera letal en el agua, o moverse por la zona sin ser descubierto.

—Por lo que se ve aquí —continuó Sua— estuvieron intercambiando mensajes durante casi un mes hasta que quedaron por primera vez hace dos semanas. Luego los mensajes se interrumpen. Supongo que continuarían hablando por WhatsApp.

Karmen soltó un bufido.

—Pues perfecto, porque la señal del móvil de la víctima se ha perdido. Nos lo han confirmado hace dos horas. O se ha quedado sin batería o alguien lo ha apagado.

Sua la miró, pero ya no estaba escuchando. Estaba tan embelesada con lo que quería contarle, que no le hizo el menor caso.

—Y luego tenemos al segundo sospechoso, que este ya me tiene un poco más mosca.

La agente le entregó la fotografía de un hombre también de alrededor de cuarenta años que parecía sacada de la portada de una revista de modelos de fitness .

—Esta foto es falsa. No me jodas, Sua.

—Así es. A falta de lo que nos digan los de informática yo diría que está robada de un modelo real o está generada por inteligencia artificial.

—¿Y Ana Rodríguez se tragó esta patraña? Está claro que es un montaje.

—No solo eso, sino que accedió a quedar con él hace una semana. Y adivina dónde: en Espejo. La inspectora se levantó de la silla.

—Un momento. ¿En Espejo no era donde estaba la casa rural donde Blanca Arriaga, la redactora jefa de Radio Vitoria, afirma que vio a Ana Rodríguez entrar con un desconocido?

Una expresión seductora encuadró el rostro exaltado de Sua. Karmen no supo interpretar si se estaba burlando de ella o aquella mueca se debía a la excitación de la agente por dar cuanto antes con el asesino.

—Encárgate tú de Kepa García —le ordenó.

—¿En serio? —se quejó Abasolo.

—Sí, en serio. Si quieres puedes llamar a tu amigo el agente Garrote para que te acompañe.

Sua la fulminó con la mirada. Aquel comentario había sido totalmente innecesario. Tras el caso del pantano, Toni Garrote había sido apartado. Las secuelas no le permitieron volver a la primera línea.

La agente no respondió.

—Y, Sua. Otra cosa. No desechemos del todo a los otros dos hombres con los que había quedado.

Cuando vuelvas de Sobrón, ponte con eso también.

La joven ni la miró. Asintió con la cabeza y salió del despacho.