9.
La sede de Radio Vitoria se levantaba junto al campus universitario de la ciudad.
Era un espacio amplio situado en la planta baja de un edificio de viviendas.
Cuando Karmen Ayala y Gorka Larssen entraron, todos los redactores enmudecieron.
Ambos habían acaparado los focos mediáticos tras el caso de los crímenes del pantano de hacía casi un año.
Blanca Arriaga, la redactora jefa, les guio hasta el despacho de Ana Rodríguez, que compartía con su asistente, un joven de unos treinta años que, nada más verlos, ofreció su asiento a Gorka.
El trastorno del movimiento que padecía había saltado a la luz en uno de los múltiples reportajes que los noticiarios llevaron a cabo cuando finalizó la investigación.
—El subinspector Larssen no necesita ayuda, gracias —intervino Karmen. Y, sin pensárselo dos veces, le devolvió la silla a su legítimo dueño.
Gorka agradeció el gesto. Estaba cansado de tener que dar explicaciones. De que los demás solo vieran en él a un enfermo.
—Disculpe a Aritz —trató de excusarlo la periodista—. Estoy convencida de que no ha sido su intención molestarlo, subinspector.
Karmen miró a Gorka, que no sabía dónde meterse. ¿Desde cuándo su intimidad había pasado a ser de dominio público?
—Entonces, ¿este era el despacho de Ana Rodríguez? —preguntó Karmen. La mujer y el muchacho asintieron.
—Sí, esta es su mesa, su ordenador y sus estanterías.
Gorka observó la pantalla. Estaba bloqueada con una contraseña.
—TxoriaTxori —dijo el joven. Los tres se giraron.
—La puso hace meses. Decía que así no se le olvidaba.
Gorka introdujo la clave y accedió al contenido del dispositivo. Ni siquiera esperó a ver la reacción de Karmen. Como un autómata, comenzó a buscar entre los distintos directorios que la víctima había ido creando a lo largo de los cinco años que llevaba trabajando en la cadena.
La inspectora Ayala ojeó la documentación acumulada en los cajones del escritorio y en las estanterías. La mayoría eran borradores, guiones de programas y esquemas o resúmenes, pero nada que se saliera de lo normal. Decidió probar suerte con el chico.
—Aritz, ¿sabes si Ana estaba preocupada por algo? El asistente se cruzó de brazos.
—Bueno, en el último mes andaba bastante rara. Ana siempre ha sido una tía alegre, muy optimista. Pero llevaba unos días que no había quien la aguantara. Como ida. Y bastante borde. No solo conmigo. Sandra también me comentó lo mismo.
El chico señaló una fotografía clavada con una chincheta en una de las paredes. Eran Ana Rodríguez y otra mujer más joven.
—Sandra Eskibel —puntualizó la redactora jefa—. Es una de nuestras reporteras de calle. Ana y ella eran amigas.
Gorka observó la imagen. Sandra Eskibel era una de las periodistas que se habían congregado en la escena del crimen al poco de descubrirse el cadáver.
—¿Está Sandra aquí? —quiso saber Karmen.
Blanca Arriaga abrió la puerta del despacho y oteó la redacción.
—¿Ha llegado Sandra? —gritó.
—Está en la calle con unas entrevistas —le contestó uno de los reporteros.
La redactora jefa invitó a Karmen a que la siguiera. Tras dar varias vueltas por un interminable laberinto de mesas y paredes bajas que delimitaban cada uno de los puestos de trabajo, se detuvo ante un cubículo repleto de fotografías pegadas por todas partes.
—Este es el sitio de Sandra —le indicó.
Karmen analizó las imágenes. En la mayoría, Sandra aparecía entrevistando a distintos personajes célebres de la ciudad y de todo el País Vasco. A primera vista, daba la sensación de que había logrado varios hitos profesionales, tal vez demasiados para lo joven que era.
—No se deje engañar por las apariencias. Sé lo que está pensando: otra periodista arrogante buscando la fama.
Karmen no dijo nada.
—Pues para nada —continuó—. Pese a su juventud, Sandra es una de nuestras mejores reporteras. Tiene un instinto feroz para captar la noticia y llegar la primera a casi todo. Es muy querida por todos. Una de nuestras grandes apuestas de cara al futuro de la cadena.
La inspectora continuó observando las fotos.
—Veo que ha entrevistado a gente importante —señaló—. ¿Este armario es suyo?
—Sí. Bueno, de ella y de otra compañera, Itziar, que está de baja desde hace meses. Así que ahora lo usa solo Sandra, sí.
—¿Le importa? —se aventuró. Sabía que estaba rozando el límite de lo permisible.
—Adelante. Sin problema.
Karmen rebuscó entre las distintas carpetas que ocupaban buena parte de las baldas.
Decenas de recortes, fotografías desechadas y negativos se agolpaban por todas partes, sumiendo todo en un caos difícil de ordenar.
En el estante más alto, abrió una pequeña caja.
Contenía más fotografías, pero estas parecían ser de índole personal.
Un cumpleaños con amigos, dos fotos de dos niños pequeños…
Reparó en una de ellas. Había sido tomada en la Riviera Maya, en una idílica playa de arena blanca.
Sandra aparecía sonriente mientras miraba con picardía a un joven, que la abrazaba por la cintura.
Era Aritz, el ayudante de Ana Rodríguez.
—Aritz y Sandra estuvieron saliendo hace unos meses —le aclaró la redactora jefa—. Pero ya lo dejaron. Por suerte para todos.
—¿Qué quiere decir?
—Aritz es un buen chico, pero tenía unos celos horribles de Sandra. No llevaba nada bien que se fuera de fin de semana con amigas, por ejemplo. Sufría mucho.
Karmen continuó rebuscando en el armario, pero no encontró nada más que le llamara la atención.
—Por favor, tome mi número —le dijo, extendiéndole una tarjeta—. Dígale a Sandra que me llame, me gustaría hablar con ella.
Blanca Arriaga asintió y regresaron al despacho de Ana Rodríguez. Gorka continuaba absorto en el ordenador de la víctima. Aritz lo observaba de cerca, como si estuviera vigilando cada uno de sus movimientos.
Karmen aclaró la voz.
—¿Le preguntaste a Ana si le pasaba algo, Aritz?
—Sí. Estuvo a punto de contármelo, pero se echó para atrás. Karmen decidió tensar la cuerda un poco más.
—Supongo que algo de su vida personal te contaría, tantas horas juntos. No sé, algún novio que tuviera, algún ligue, alguien que estuviera conociendo…
El muchacho dudó. Miró a la redactora jefa, que le hizo un gesto para que hablara.
—Se estaba viendo con alguien de Villanueva. La habían visto por Espejo y Pobes con él.
—¿Quién te lo dijo?
—Todo el mundo lo sabía…
—Fui yo —confesó la redactora jefa—. Mi suegra es de Villanañe. Los he visto dos veces. Una vez en Pobes tomando un cacharro y otra vez en Espejo, entrando a una casa rural juntos.
Karmen se acercó.
—¿Está segura de que era con el mismo hombre?
—Claro que estoy segura. Un tío alto, así con barba de cuatro o cinco días, fuerte. Karmen lo anotó en su móvil.
—¿Sería capaz de reconocerlo?
—Pues supongo.
—¿Recuerda algo especial de su físico o de su ropa?
—Pues no sé, iba vestido con ropa de monte. Era moreno, pelo corto. Tíos así hay muchos.
—¿Y la casa rural? ¿Recuerda el nombre?
—Sí, claro. Gaubea Ederra. Es una de las casas más bonitas de la zona.
—¿Se acuerda qué día fue?
—¿Lo de la casa rural? Pues a ver, tendría que confirmarlo, pero creo que fue hace tres semanas.
Era sábado, eso seguro, porque es cuando mi suegra nos suele invitar a comer.
Gorka se puso de pie y se dirigió al asistente de Ana Rodríguez mientras señalaba la pantalla del ordenador.
—¿Qué es esto? —le preguntó en un tono de voz excesivamente alto.
Karmen analizó el rostro de Gorka. A continuación, observó cómo el subinspector se agarraba con fuerza su brazo derecho. ¿Estaba sintiendo la primera señal de uno de sus ataques?
—¿Qué pasa, Larssen?
Gorka ni siquiera la miró. Sus ojos estaban clavados en Aritz.
—Te he preguntado que qué es este directorio —insistió.
El joven se acercó y observó la pantalla. El policía había abierto uno de los directorios de los últimos trabajos de Ana Rodríguez. Varios archivos se agrupaban dentro de una carpeta denominada
«Erebo», un nombre extraño que el ayudante no lograba relacionar.
—No tengo ni idea de qué es esto, la verdad —reconoció el asistente—. Debe de ser una de las últimas investigaciones en las que estaba trabajando. Por lo que veo, tiene que ser algo sobre los bebés robados, ya estuvo con esto hace tiempo, cuando trabajaba en la SER.
—Déjame ver —pidió Karmen mientras se aproximaba.
Efectivamente, parecían expedientes de cuatro casos sospechosos de adopciones irregulares o bebés robados, a tenor de los datos que la periodista había recopilado.
Nombres tachados, fechas de entrada, algunas notas manuscritas en viejos documentos que habían sido digitalizados: «trasladada», «acogida», «anexo pendiente»…
Muchos de aquellos archivos habían sido compartidos con un tal Eneko Sagasti, con quien también había estado intercambiando varios correos electrónicos.
La mayor parte parecía burocracia antigua.
Siguió leyendo con avidez sin comprender bien qué era aquello que había disparado las alarmas de Gorka.
Hasta que se topó de bruces con la respuesta.
El último documento que el subinspector había abierto era una fotografía digitalizada de un informe que contenía una lista de nombres asociados a distintas fechas y datos.
Entre todos ellos, uno aparecía escrito en inglés y remarcado por un subrayado digital fosforescente:
«I. Krüger / Nacimiento: 1999 / Sexo: Mujer / Origen: País Vasco / Primer destino: Tallin, Estonia / Estado: adoptada.»
Giró la cabeza y contempló la mirada melancólica de Gorka.
La pesadumbre asomaba a sus pupilas y un ligero temblor había hecho acto de presencia en su brazo izquierdo.
Sabía perfectamente lo que estaba pensando.
Meses atrás, Gorka había contactado con Ana Rodríguez, sabedor de que la periodista había estado investigando casos de bebés robados que habían acaecido en los años setenta, ochenta y noventa en Álava.
Hipatia, la hacker que le ayudaba al subinspector en su búsqueda desesperada de Hans Larssen y de su hermana desaparecida Ingrid, había conseguido un informe que apuntaba a que la pequeña había sido enviada a un orfanato ilegal en Estonia.
¿Se estaba refiriendo a Ingrid aquel registro interceptado por Ana Rodríguez?
¿I. Krüger era en realidad Ingrid Larssen?
No le dio tiempo a cavilar mucho la respuesta. El subinspector cayó al suelo y su cuerpo comenzó a convulsionar en un torbellino de espasmos que lo sacudían contra el suelo. La redactora jefa hizo amago de acercarse, pero Karmen se lo impidió.
—¡Fuera! —les exigió—. Dejadnos solos.
Ellos la obedecieron sin saber muy bien qué decir.
Karmen se sentó en el suelo, se quitó la chaqueta, la enrolló e hizo una almohada improvisada que colocó bajo la cabeza de Gorka.
Él le correspondió con un amago de sonrisa, pero fue incapaz de articular ninguna palabra.
La inspectora se tumbó junto a él de costado y le agarró una mano mientras que, con la que tenía libre, le acarició suavemente el brazo. Los temblores amainaron un poco.
—Tranquilo —le susurró—. Enseguida se pasa… y nos vamos a tomar una caña.