8.
La agente Sua Abasolo irrumpió en la sala donde Olentzero acababa de realizar una autopsia. En la mano derecha llevaba la tablet de Ana Rodríguez. El forense la miró con cara de pocos amigos mientras se acercaba a uno de los lavabos para asearse. Sua cerró el grifo.
—¿Dónde está el cuerpo de Ana Rodríguez? Eduardo Ceviche la observó desconcertado.
—En la cámara de refrigeración, a la espera de que el juez Mendiola dé la orden para entregarlo a la familia.
Sua observó la hilera de nichos que se extendía a lo largo de una de las paredes y comenzó a abrirlos. Extrajo con cuidado cada una de las baldas metálicas donde se almacenaban los cuerpos y se dispuso a abrir las bolsas que los cubrían.
Olentzero la detuvo de manera brusca y la agarró por el brazo.
—¿Qué se supone que estás haciendo? Ella lo apartó con un breve empujón.
—Necesito el dedo de Ana Rodríguez. ¿Dónde está?
—¿Para qué necesitas el dedo? ¿Te has vuelto majara?
—Hemos encontrado esta tablet en su casa. Está bloqueada con un lector de huellas. Tengo que usar su dedo.
El forense alzó la voz.
—Ni lo intentes. Han pasado más de dieciséis horas desde su fallecimiento.
La deshidratación del tejido epidérmico es demasiado alta.
Y las manos están muy dañadas por el agua.
Además, ¿es que no has oído hablar de la rigidez cadavérica?
Por no hablar de la maceración de la yema y el deterioro del tejido.
¿Qué os enseñan a los jóvenes ahora en la academia de policía?
No quiso darse por vencida.
—Vamos, Olentzero. Seguro que hay alguna técnica de esas milagrosas para hidratarle de nuevo la yema de los dedos.
—Sí, con agua bendita —contestó él de manera irónica—. No se puede. Olvídate. Y deja de abrir todas las bolsas si no quieres que le dé cuenta a tu jefa de tus aventuras necrófilas.
Cuando Sua llegó a la comisaría de Lakua se encontró a Gorka y a Karmen reunidos en el despacho de la inspectora.
Las paredes de cristal revelaban una escena un tanto desconcertante.
Gorka estaba especialmente taciturno, más de lo que era habitual en él.
A su lado, Karmen trataba de reconfortarlo de una forma un tanto distante, pero lo suficientemente cercana como para denotar que entre ellos había algo más que una relación laboral.
Se quedó observándolos un segundo más de la cuenta.
Tras lo ocurrido en el caso del asesino del pantano, Gorka se había mostrado mucho más receptivo con Karmen, sobre todo al principio. Que ella hubiera estado a punto de morir había tenido mucho que ver. Luego la cosa se enfrió.
Sua y Gorka habían vuelto a acostarse alguna vez.
Aunque cada vez menos. Sabía que lo que había entre ellos no era más que una mera atracción física, pero no podía evitar pensar en la remota probabilidad de que lo suyo pudiera convertirse en algo más.
Gorka era un buen tipo, y un buen amante.
Pero la sola idea de que aquello respondiera más a su necesidad que a un sentimiento real la frenaba. Y, aun así, le dolía verlo con Karmen.
La puerta del despacho se abrió y la inspectora salió a recibirla.
—Pasa, Abasolo. Veo que has traído la tablet . Tenemos buenas noticias. Sua dudó si revelarle su visita a Olentzero. Optó por no decirle nada.
—¿Qué ocurre?
—El juez Mendiola ha ordenado que la compañía propietaria de HeartBit nos facilite a la mayor brevedad el historial de la víctima.
—¿No dijo su hermana que usaba varias aplicaciones para ligar?
—Mila nos ha llamado después. Ha hablado con un par de amigas de Ana.
La que usaba principalmente era HeartBit.
Al parecer, todas las conversaciones quedan almacenadas en la nube, para que luego los usuarios puedan volver a acceder a ellas cuando quieran, aunque se hayan desinstalado el programa.
Crucemos los dedos para que la empresa se porte.
Tiene la sede en Irlanda, esperemos que no pongan trabas.
El juez ha cursado una orden europea de investigación para que colaboren desde allí.
—Seguro que ponen problemas —farfulló la joven.
Gorka salió del despacho de la inspectora y se dirigió hacia ella.
—Bueno, tenemos un plan B —le dijo, arrebatándole la tablet . El equipo de informática forense va a intentar clonar el sistema.
Sua lo miró incrédula.
—¿Y ya va a funcionar eso?
—Van a intentar extraer una imagen del sistema. Si hay suerte, podrán acceder a los datos sin desbloquearla. Pero si está cifrada a nivel de hardware , olvídate.
—O sea, complicado.
La inspectora intervino:
—No seas ceniza, Sua. Cuando lleguen esos ríos, cruzaremos esos puentes. Gorka esbozó una ligera sonrisa.
Sua lo miró.
—¿Y a ti qué te pasa? Tienes una cara que da pena mirarte. ¿Ha pasado algo? ¿Han vuelto los temblores?
El subinspector tragó saliva.
—Sí, para variar. Pero no es solo eso. He estado con el doctor Aristegui. Las dos lo miraron.
—Hay bastantes probabilidades de que el asesino pasara por una feria de oficios antiguos en Añana.
—En un puesto enseñaban a trenzar cuerda —explicó Karmen—. Y parece que coincide con el cordel de la víctima.
Sua asintió.
—Bien. Por fin una línea clara. Hizo una pausa.
—Pero eso no explica tu cara, Thor. Él la miró con los ojos cansados.
—El artesano que impartió el taller…
Un silencio incómodo alargó sus palabras.
—Es mi tío.
Sua tragó saliva. Sabía muy bien de quién hablaba: Serafín Urrutia. El que lo abandonó de pequeño. El que lo dejó solo. El que permitió que pasara por distintos centros tutelados hasta que una pareja de Vitoria lo acogió.
Solo había dos personas en el mundo que Gorka odiaba. Hans Larssen.
Y Serafín Urrutia.