7.
El doctor Borja Aristegui apenas pasaba de los cuarenta, pero su lenguaje corporal, su imponente presencia física —que a Gorka le recordó a la de un jugador de rugby— y su mirada intensa destilaban autoridad y experiencia.
Gorka Larssen lo saludó cuando entró en la pequeña sala de cristal del instituto de patología y no pudo evitar sentirse un poco acobardado.
Olentzero le había explicado que el doctor Aristegui era uno de los botánicos más prestigiosos del País Vasco.
—El subinspector Gorka Larssen, supongo —le dijo él—. Tengo lo tuyo. Tenía ganas de hablar contigo.
Gorka asintió. Por suerte, Aristegui ya sabía que el helecho formaba parte de la escena del crimen de Ana Rodríguez. Eso le daba margen para poder expresarse con total libertad.
Observó cómo el científico extraía de un recipiente hermético la muestra.
—Athyrium filix-femina. El helecho hembra —le anunció—.
Como puedes ver, sus frondes, sus hojas, son bastante finas y alargadas, de un verde muy intenso y su aspecto recuerda a un conjunto de plumas.
Cuando brota, la hoja nueva de esta especie de helecho aparece en forma de espiral, lo que visualmente recuerda a un caracol vegetal o una trenza natural.
—Entonces, ¿el estar trenzado es su estado natural? Habíamos supuesto que el asesino lo había trenzado aposta.
—Aunque su forma natural recuerda a la de una trenza, esta muestra ha sido manipulada y trenzada por un ser humano después de ser arrancada. De eso no hay duda.
Gorka se acarició el mentón.
—Este tipo de helecho, ¿es autóctono de Álava?
—Bueno, es muy común en bosques húmedos, barrancos y cañones del norte peninsular, sobre todo en zonas sombrías y cercanas a cursos de agua.
Gorka no dejaba de pensar en el significado del nombre del vegetal. El helecho hembra. Demasiada casualidad.
—Doctor, ¿es cierto que los helechos tienen efectos purgantes? El científico lo miró sorprendido.
—Vaya, veo que has hecho bien los deberes, subinspector.
En efecto, tradicionalmente algunas especies se han utilizado en infusiones purgantes, como medicina natural.
En algunas aldeas de Galicia, Cantabria y el Pirineo se usaban antaño como protector espiritual o para fomentar la visión sobrenatural, combinados con hongos alucinógenos.
Pero, como te comentaba antes, aún es más extraño que el autor del crimen se haya tomado tiempo para trenzarlo de una manera tan concienzuda con la cuerda de esparto.
Y no cualquier esparto. Esto está hecho a mano.
Aristegui cogió con unas pinzas el cordel y se lo acercó.
—¿Podría haberlo comprado?
—No. Esto no está hecho en ninguna fábrica. Lo trenzaron usando una técnica antigua. Me ha costado lo mío encontrar una referencia tan rápido, pero he conseguido hablar con una colega de etnobotánica de la universidad y me ha dado la respuesta.
Gorka se apoyó en la mesa.
—Esta cuerda tiene un trenzado asimétrico a tres cabos —continuó el doctor—.
Antes se usaba para amarrar animales, hacer cestería e incluso también como amuleto protector.
Pero lo más interesante es que se ha usado para atar el helecho hembra.
Igual me estoy aventurando, pero quien haya usado estos dos elementos conoce esta simbología ancestral.
Vamos, es mi opinión, no soy un experto antropólogo como tú.
El subinspector sonrió.
—Es como si con ese esparto protector hubiera atrapado al helecho.
—Yo más bien creo que ha empleado los dos elementos para encerrar o someter a la víctima.
¿No te parece?
Gorka se aclaró la garganta y asintió.
—¿Quién podría trenzar un cordel así?
—Alguien que vive o ha vivido en el monte. Alguien que conoce el bosque y los oficios tradicionales.
Gorka resopló. Aquello no le servía de mucho.
Observó al doctor Aristegui. Sabía que le ocultaba algo.
—Sé lo que estás pensando —dijo el científico—. Que con estos datos el círculo de sospechosos aún es demasiado amplio.
—Me temo que sí.
—Eso pensé yo al principio. Pero a veces hay suerte. Mira esto. El científico le extendió un folleto.
—«Feria Tradicional de Oficios de Añana» —leyó Gorka—. No me suena.
—Es una feria anual. Uno de los puestos enseñaba a trenzar cuerda como se hacía antes. Fibras naturales: esparto, junco, cáñamo… incluso ortiga seca. Lo llevaba un hombre de unos sesenta años.
Gorka no sabía a dónde quería llegar.
—No es una actividad tan extraña.
—Cuando le enseñé el cordel a Jaime, mi ayudante, me dijo que era muy parecido al que su novia había aprendido a hacer en ese taller. Me mandó la foto. Mira.
Gorka observó la pantalla del móvil. Tenía que reconocer que ambos cordeles eran muy parecidos.
—Pero la pulsera de esa chica lleva teñida una parte en azul —apuntó.
—No es tinte. Es un trozo de tela cosido a modo de adorno que el señor del puesto engarzaba en muchas de las pulseras. A modo de firma.
—Sigo sin verlo claro.
El botánico señaló la cuerda que había aparecido en la mano de la víctima.
—El cordel que el asesino dejó tenía un corte. Lo he analizado con más detalle y he encontrado una fibra azul. Minúscula. Me falta confirmarlo, pero apostaría a que procede de la misma tela.
—Lo que implica que el asesino pasó por ese puesto —reflexionó Gorka.
—O que tuvo acceso a él.
—Y aun así no veo cómo lo vamos a localizar.
—Arantxa tuvo que registrarse para poder participar en el taller.
Usó el interfono y llamó al ayudante, que a los pocos segundos irrumpió en la sala.
—Hola, Jaime —dijo Aristegui—. Este es el subinspector de la Ertzaintza Gorka Larssen. Le he contado lo de la pulsera de Arantxa.
—Hola.
Gorka avanzó dos pasos hacia el chico.
—Hola, Jaime. ¿Tu novia se inscribió en el taller?
—Sí.
—¿Y sabes si alguien pudo llevarse una pulsera sin registrarse?
—Lo dudo. Solo se las daban a los que participaban. Salvo que la robara, claro.
Gorka notó cómo la adrenalina le subía por la garganta. Buscó en su teléfono móvil hasta que por fin dio con lo que buscaba. Tuvo que agarrarse al borde de la mesa para disimular el temblor incipiente de su pierna derecha.
—Perfecto. Gracias a los dos —les dijo, mientras el sudor resbalaba por su espalda.
Salió del edificio y tomó el tranvía. Pudo sentarse justo a tiempo de que el temblor volviese. Por suerte, esta vez solo le afectó a las piernas. Una mujer se acercó para ayudarle, pero la rechazó. No necesitaba a nadie.
Habían pasado semanas sin crisis. Por un momento, había llegado a pensar que aquel maldito trastorno neurológico que padecía desde niño había desaparecido para siempre. Pero nada más lejos de la realidad. Jamás lo había hecho.
La enfermedad apareció justo después de que Hans asesinara a su madre y a su hermana Haizea y se llevara a Ingrid.
Como si aquel recuerdo traumático se hubiera quedado a vivir para siempre en su cuerpo.
Ahora, la efímera tregua de aquel maldito trastorno había finalizado.
Aquella quimera se había esfumado de la forma más humillante, rodeado de extraños que no dejaban de mirarlo.
Los espasmos finalmente cesaron y respiró aliviado.
Miró de nuevo su teléfono móvil y amplió la imagen.
Era un hombre sexagenario con rasgos duros y mirada desafiante.
El artesano del taller: Serafín Urrutia.
El carpintero de Murgia, el pueblo de su infancia.
Más de veinte años después, seguía siendo el mismo. Y Gorka también.
Cuando Hans mató a su familia, aquel hombre no dudó en dejarlo solo. Serafín Urrutia era su tío. Pero lo único que lo unía a él era un profundo resentimiento.