6.
Karmen Ayala observó de reojo a Gabriela mientras la asistente se cambiaba de ropa antes de salir a la calle.
Era una joven de nacionalidad colombiana que su hermana Klaudia había contratado para echarle una mano con las labores de casa.
En realidad, apenas acudía seis horas a la semana, pero se había convertido en un apoyo inesperado.
Y no solo porque Gabriela fuera una excelente limpiadora, sino porque su presencia en casa tras la marcha de Ritxar le había supuesto un apoyo moral importante.
Gabriela era una mujer repleta de energía y siempre le contagiaba su buen humor.
A veces había pensado en invitarla a tomar un café fuera del trabajo, pero nunca se atrevía.
Seguramente Gabriela, a diferencia de ella, tendría la vida totalmente organizada y con todas las necesidades emocionales cubiertas.
—Señora, esta mañana se apareció por la casa un man , más o menos de su edad, bien alto y guapísimo, pero tenía una cara… uff, de pocos amigos, la verdad. Me dijo que se llamaba Ricardo. Que quería hablar con usted, que le dijera que ya se había pasado.
Karmen sintió un escalofrío que le atravesaba la espalda.
Ricardo. Ritxar. Su todavía marido, del que se estaba divorciando.
El traidor. El que le había sido infiel y al que Klaudia había fotografiado mientras se besaba con otra.
No le había contado a la limpiadora ese episodio de su pasado más reciente.
—Gracias, Gabriela, le llamaré.
—A la orden, doñita —respondió ella con una sonrisa—. Ah, y también la llamó su hermana, la señora Klaudia, hace como una horita. Me dijo que le dejara el recado y que, por favor, le devuelva las llamadas, que ya es hora.
Klaudia seguía insistiendo para quedar semana tras semana.
Desde que había comenzado el proceso de divorcio no la había dejado sola en ningún momento.
Al principio le agradeció tanta atención, pero, ahora, su presencia se había convertido en un recordatorio constante de que su vida, con un buen marido y un bebé de pocos meses, era idílica, mientras que la suya colgaba de un hilo sobre el abismo.
No soportaba estar con ellos demasiado tiempo.
Prefería hacer todo lo posible por coincidir con Gabriela en casa y hablar con ella de cosas banales, que la distraían y la hacían reír.
La muchacha terminó de vestirse y se dirigió a la puerta.
—Bueno, doñita, yo me voy ya.
—Te he dicho mil veces que me llames Karmen. Me haces sentir una vieja con eso de «doñita».
—Ay, vea pues, es que a mí me cuesta. Es por respeto, se lo juro. No es porque la vea mayor ni nada, ¡si usted está divina! Mejor dicho ¡cualquiera se enloquece por usted!
Karmen sonrió. Y no pudo evitar pensar en Gorka.
—¡Qué más quisiera yo! Anda, anda, tira, que vas a perder el tranvía. Nos vemos pasado mañana.
¡Y lleva a tu madre al centro de salud si no se le quita la tos!
—Tranquila, doñita, eso está hecho.
Y así, sin despedirse, salió al descansillo y bajó saltando las escaleras.
El sonido de una llamada entrante en su teléfono móvil la sobresaltó. Miró la pantalla y torció el gesto.
Era Ritxar.
Estaba harta de él y de su abogada. Había contratado a una de las más reputadas letradas de Vitoria y su objetivo era exprimirla para obtener el mayor rédito económico posible de aquella ruptura.
—¿Qué quieres ahora, Ritxar? Todo lo que tengas que hablar hazlo con mi abogado. Él permaneció en silencio unos segundos.
—Te pido disculpas, Karmen.
Aquella solicitud la sorprendió con la guardia baja.
—Creo que ya es un poco tarde para eso, Ritxar.
Él carraspeó.
—Lo sé. Sé que me he portado mal contigo. Te pido perdón. Karmen no daba crédito a sus palabras.
—¿Perdón por qué? ¿Por acostarte con otra mujer? ¿O por tratar de sacarme hasta el último céntimo en el divorcio?
—Solo sé que te quiero.
—Ya me da igual, Ritxar. Por cierto, que te vaya muy bien con ella. Ya me han contado que estás viviendo en su casa.
Él volvió a quedarse en silencio unos instantes.
—Karmen… yo… te sigo queriendo.
Sus palabras cayeron como un jarro de agua fría.
—Esto es increíble, Ritxar. No me vengas con chorradas. Si me quisieras no me hubieras traicionado. ¿Sabe tu novia que me estás contando esto?
—No, no lo sabe.
Aquella confesión se le clavó muy dentro.
—Eres un cabrón, Ritxar. Estate con ella y asume de una vez las consecuencias de tus decisiones.
—No lo entiendes…
—¿Que no entiendo el qué, Ritxar?
—Solo sé que te quiero, Karmen.
Era el colmo. Ritxar se había vuelto loco.
—¿Qué me estás diciendo? ¿Que quieres a las dos?
—Karmen, yo…
—¡Vete a la mierda! Y no me vuelvas a llamar en tu vida. Todo lo que tengas que decirme, a través de mi abogado.
Karmen cortó la llamada y tiró el móvil encima de la cama. Se paseó por la habitación presa de la ira. No lo reconocía. ¿Era Ritxar un narcisista que necesitaba tenerla siempre cerca? Nunca lo habría pensado.
El sonido de un mensaje entrante la sacó de golpe de sus pensamientos.
Tomó el móvil. Lo leyó.
Era de Ritxar.
«Karmen… me estoy muriendo».