Epílogo
Comisaría de Lakua, tres días después
Gorka dejó a Kepa García en la sala de interrogatorios.
Tras la desaparición de Xabi Landa, el escudo que se había construido para protegerse de los demonios de su pasado se había desmoronado.
Kepa les había confesado que conoció a Xabi en San Jerónimo, cuando eran unos críos.
Los dos participaron en la noche de los exploradores tiempo después.
Kepa fue testigo de lo que pasó aquel día con Zuriñe Aranburu.
Sospechaba que Xabi era quien se ocultaba ahora detrás de la identidad del segador, mientras replicaba el castigo que le había infligido a Zuriñe por no haber permanecido en silencio.
Por haber intentado sacar a la luz el horror de lo que pasaba en el internado.
Kepa no tenía miedo de recordar. Tenía miedo de que Xabi supiera que había empezado a hablar.
Gorka entró un momento en su despacho y terminó de redactar el informe sobre el caso del segador.
El dispositivo de búsqueda continuaba rastreando el entorno del Salto del Nervión.
Hasta el momento, su cuerpo no había sido localizado.
La Ertzaintza había podido reconstruir parcialmente la vida de Xabi Landa después de la clausura de San Jerónimo.
Alma Arana se había ocupado personalmente de sufragar la educación y el sustento de Xabi Landa hasta que ingresó en los Miñones.
Por alguna razón, la neuróloga había puesto tierra de por medio y se había alejado de Valdegovía.
Tal vez ya entonces sospechaba en qué clase de persona se había convertido su protegido. Jamás lo averiguarían.
Antes de cerrar el archivo, se quedó observando en la pantalla la imagen de Razvan Petrescu y su mujer. Se había descartado por completo su implicación. No obstante, el procedimiento por las lesiones encontradas en el cuerpo de Florina seguía su curso. Ella no había cambiado ni un ápice su versión.
Karmen lo estaba esperando en una de las salas contiguas.
Estaba cansada, harta de todo. Ritxar le había pedido volver a casa hasta que las cosas mejoraran con su enfermedad.
Y ella había accedido. No estaba segura de que fuera una buena idea.
Estaba hecha un lío. Pero ¿qué podía hacer?
Necesitaba un descanso y poner las cosas en su sitio.
Cuando vio a Gorka entrar notó cómo la respiración se le agitaba.
Desde lo ocurrido en el salto del Nervión, se sentía como una niña pequeña a su lado.
Enfadada consigo misma. Y agradecida. Aunque ambos habían estado más veces en situaciones peligrosas para su integridad física, aquella había ido demasiado lejos.
Había estado a punto de morir. Él la había salvado.
Y no era la primera vez. No había mejores palabras para definir lo que había pasado.
Por mucho que le avergonzara tener que reconocerlo.
Ella, que se suponía que tenía que velar por la integridad de su equipo.
¿Y si por su culpa Gorka hubiera caído con ella por el precipicio?
Mikel Olazuri ejecutó un comando en el ordenador. La pantalla parpadeó unos segundos.
Junto a él, la agente Sua Abasolo asistía intrigada al proceso de desbloqueo del aparato. El comisario le había abierto un expediente interno en cuanto se enteró de que había localizado el móvil de Kepa García sin autorización judicial. Su carrera se tambaleaba, pero a ella parecía darle igual.
—Ya está —anunció el técnico—. Hemos conseguido acceder.
Karmen no apartaba la vista de la tablet de Ana Rodríguez, que yacía a un lado.
El técnico la había conectado a un portátil del laboratorio para volcar y analizar la información recuperada del dispositivo.
El teléfono de la víctima no había llegado a aparecer.
Gorka permanecía a su lado, en silencio.
Una carpeta apareció en el escritorio. Sin nombre. Sin fecha. Solo un extraño icono en forma de E.
—Ábrela —ordenó Karmen.
El cursor titubeó un instante. Ante ellos aparecieron decenas de archivos. Era una vasta colección de documentos escaneados, informes, fotografías… Nombres. Fechas. Lugares.
—¿Qué es todo esto…? —susurró Karmen. El técnico amplió uno de los documentos. Sua comenzó a leerlo en voz alta.
—Son adopciones irregulares, o por lo menos esa es la conclusión a la que llegó Ana Rodríguez.
Continuaron abriendo más archivos. Para su sorpresa, no se limitaban únicamente a San Jerónimo.
Decenas de expedientes incompletos hablaban de casos repartidos por todo el País Vasco, Cantabria, Madrid…
los casos se extendían hasta el sur de Francia, Bélgica, Alemania…
El listado era inabarcable. Ana Rodríguez, antes de morir, había hecho una investigación exhaustiva que parecía haber dado resultados.
Gorka se inclinó sobre la pantalla.
—No es solo San Jerónimo… —murmuró—. Esto es mucho más grande. Sua se abalanzó sobre el técnico, que se retiró a un lado.
—¡Aquí! —gritó. Señaló en la pantalla un nombre en uno de los expedientes. Gorka tragó saliva.
—Suniva Karlsson.
Sua volvió atrás y buscó en otro de los documentos que habían abierto.
—¡Vuelve a aparecer aquí! ¡Es ella! Karmen se acercó a la pantalla.
—¿Sor Suniva? Sua asintió.
—Déjame comprobar una cosa.
Tecleó una búsqueda en varios archivos.
—Ese nombre aparece demasiadas veces —sostuvo Gorka—. No puede ser casual.
—¡Es ella! Tiene que ser ella —insistió Sua—. Dejadme ver si aparece algo en Internet con este nombre.
Al cabo de unos segundos el buscador le devolvió un único resultado. Se trataba del registro de votos tomados por varias novicias en un convento de Malmö en los años noventa.
—Es ella, Gorka —refrendó Karmen. Gorka le dio la razón.
—Lo cual significa que muchos de estos casos están conectados.
El técnico abrió otro archivo. Era un listado con columnas interminables de nombres.
—Aquí —señaló con el dedo—. Esto parece una clasificación. Y es rara de cojones. Parecen como categorías asociadas a diferentes personas.
Sua no podía apartar la vista del listado.
—¿Qué es todo esto?
El técnico amplió uno de los documentos.
—¿Y todas estas palabras? No soy un experto, pero juraría que son códigos. O claves.
Karmen analizó la información. Bajo algunos registros aparecían palabras que se repetían una y otra vez.
Nereida.
Abisal.
Marea.
Leviatán.
Orfeo.
—¿Qué significan? —preguntó Sua. Mikel Olazuri negó con la cabeza.
—Ni idea. Pero alguien se ha tomado muchas molestias para organizarlos así.
Karmen siguió leyendo. Entonces vio otra palabra destacada en la parte superior de varios archivos.
«EREBO».
Un silencio denso se interpuso entre Gorka y ella. Recordaban perfectamente aquella palabra del ordenador de Ana Rodríguez en la redacción de Radio Vitoria.
—¿Qué coño es Erebo? —murmuró Sua. Gorka se acercó a ella.
—En la mitología griega, Erebo era la oscuridad primordial —explicó—. No la noche. Erebo era otra cosa. Era la oscuridad anterior al mundo. Es una de las divinidades primigenias más antiguas del cosmos. Representa las sombras que existen antes de la creación ordenada del mundo.
Sua lo miró con envidia. Era asombroso cómo Gorka almacenaba en su cabeza toda aquella información sobre antropología.
—¿Y qué tiene que ver Erebo con todo esto? Gorka no respondió y observó al técnico.
Mikel Olazuri navegaba por los archivos con frenesí. Abría y cerraba documentos como si estuviera buscando algo. Escribió varios comandos en el sistema operativo que no supieron entender.
—Alguien ha entrado aquí antes —les anunció—. Hay varios accesos externos. No autorizados. Sua observó la pantalla mientras trataba de entender los códigos que aparecían.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó. Mikel Olazuri contestó sin mirarla.
—Que alguien con conocimientos informáticos superiores ha accedido a esta información de manera ilegal. Antes que nosotros.
Los tres permanecieron en silencio unos segundos.
—¿Un hacker ? —preguntó por fin Karmen. El técnico dudó.
—No te lo puedo decir con certeza, pero todo apunta a que sí. Déjame que haga un par de comprobaciones.
Los tres lo vieron rastrear el dispositivo en un ir y venir de términos incomprensibles.
—Parte de los archivos están incompletos. Como si alguien hubiera limpiado secciones concretas.
—¿Borrado? —preguntó Sua. El técnico volvió a teclear algo.
—Me da la sensación de que ha ido seleccionando partes de los archivos y se las ha cargado. Pero no ha sido tan listo como se pensaba. Ha dejado un rastro: este archivo de aquí no lo ha borrado del todo. Es como si se hubiera despistado y no lo hubiera eliminado por completo.
Lo señaló con el cursor del ratón. Era un nombre.
«Maitane Abaitua».
Karmen intercambió una mirada con Gorka.
—¿A ti te suena de algo?
Gorka sintió cómo algo se le cerraba en el pecho. ¿Qué hacía aquel nombre allí? Maitane Abaitua era una de las mejores amigas de su madre. Oier, su compañero inseparable de la infancia, era su hijo. Él mismo la había visto en Murgia recientemente, cuando había ido a visitar a su tío.
Negó lentamente con la cabeza. Aunque el nombre le había golpeado por dentro.
—A mí tampoco me suena —dijo Sua. Karmen se dirigió de nuevo al técnico.
—¿Cuándo ha ocurrido esto? ¿Antes de que Ana Rodríguez fuera asesinada? El técnico comprobó algo.
—Ha habido varias intromisiones. La última hace unas semanas. Pero es difícil saber si no han sido muchas más.
Karmen se desesperó. Alguien había estado espiando a Ana Rodríguez, pero ¿por qué?
—¿Hay alguna forma de averiguar quién ha sido? El técnico se encogió de hombros.
—Lo dudo. Quien ha hecho esto no es un cualquiera. Karmen miró a Gorka.
Pero él no levantó la vista de la pantalla.
Y por primera vez, tuvo la sensación de que acababan de asomarse a algo demasiado profundo.
En algún lugar no lejos de allí
La habitación estaba en penumbra. Tan solo la luz brillante de la pantalla iluminaba el rostro de la mujer.
Miraba fijamente el archivo, que permanecía abierto. GORKA LARSSEN.
Eran decenas de fotografías, informes de seguimiento y movimientos. Todo.
El cursor descendió lentamente y fue analizando cada documento. Caso por caso. Error por error. Hasta el detalle más irrelevante.
Lo sabía todo de él.
De repente se detuvo. Hizo un leve gesto, casi imperceptible. La mujer inclinó la cabeza, como si estuviera evaluándolo. Midiéndolo.
A continuación, abrió otra carpeta mucho más densa que no tenía nombre. Tan solo un símbolo: una E mayúscula. La conocía bien.
La pantalla reflejó sus ojos. Uno azul.
El otro verde.
Su mirada era glacial. Serena. Decidida. Como si supiera exactamente cuál era el siguiente paso a dar. Como si hubiera esperado aquel momento toda su vida.
La mujer inclinó la cabeza.
Algo antiguo había regresado a su memoria. Un viejo recuerdo que atravesaba toda su existencia.
El agua.
Sus labios apenas se curvaron.
—Por fin… Ya estás listo.