El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 4.
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Mila Rodríguez entró en la sala de interrogatorios de la comisaría de la Ertzaintza en el barrio de Lakua vestida totalmente de negro.

Su ropa, elegante y de alta gama, delataba su posición privilegiada dentro de la alta sociedad de la ciudad.

A diferencia de su hermana, que siempre había hecho gala de una ideología más progresista, Mila era conocida por hacer ostentación sin complejos de la clase social a la que pertenecía.

Empresaria de éxito, había dedicado su vida a expandir su negocio de turismo de alto standing por diferentes países de Europa y de Asia, principalmente.

Era la dueña de una de las cadenas de resorts de lujo más importantes del mundo.

Quizá por ello siempre iba acompañada de un guardaespaldas.

Karmen observó de reojo al escolta.

—Lo siento, señora Rodríguez, pero su hombre debe esperar fuera. Mila le enfrentó la mirada con dureza.

—Razvan se queda.

—Me temo que eso no es posible, señora…

—Usted no teme nada. Usted simplemente va a cumplir su cometido, que no es otro que esclarecer los motivos del asesinato de mi hermana.

La agente Sua Abasolo se removió en su asiento y salió en defensa de la inspectora.

—Señora Rodríguez, le ruego que mantengamos el decoro. Le recuerdo que está hablando con la autoridad.

Mila la miró como si estuviera analizando una cucaracha.

—¿Y esta quién es?

Karmen alzó la voz. No iba a permitir que aquella mujer tomara el mando de la conversación.

—Su guardaespaldas puede permanecer fuera, al otro lado de la puerta. Por razones de la investigación, no podemos permitir que su declaración se contamine.

La empresaria pareció dudar.

—Ni siquiera tengo obligación de declarar.

—¿Usted quiere que atrapemos a quien le ha hecho esto a su hermana o va a seguir poniendo impedimentos? —preguntó Sua.

Finalmente, la mujer claudicó.

—Está bien. Disculpen. Están siendo unos días muy duros. Razvan, por favor, espera fuera. El hombre obedeció sin mediar palabra y salió.

—Gracias, señora Rodríguez. Quiero dejar claro que esto es una declaración informal como testigo, pero puede llamar a su abogado si cree necesario que la asista.

—No se preocupe.

Karmen le ofreció un vaso de agua, que ella aceptó.

—Señora Rodríguez…

—Puede llamarme Mila.

—De acuerdo. Mila, ¿sabe por qué su hermana Ana acudió ayer por la tarde a la zona de Valdegovía? Una cámara de una gasolinera situada cerca de Espejo la grabó cuando paró a repostar sobre las diecinueve horas.

La mujer se revolvió en su asiento.

—Sé que se estaba viendo con uno.

—¿Qué quiere decir?

—Pues eso. Que tenía un medio novio. Un «follamigo», como decía ella.

Karmen se sintió incómoda ante aquel calificativo tan coloquial, impropio de alguien como Mila Rodríguez.

—Entiendo. ¿Lo conoce?

La mujer apenas pestañeaba.

—Sé que era de esa zona, por un comentario que me hizo Ana hace unos días. Llevaban poco tiempo viéndose, creo. Pero no me dijo su nombre.

La inspectora elevó el tono de su voz.

—Es importante que haga memoria, Mila. Cualquier detalle que recuerde nos puede ayudar para dar con ese hombre. ¿Qué comentario le hizo exactamente su hermana?

—Que se estaba viendo con un chico de esa zona, pero no me dijo exactamente de qué pueblo era.

Karmen frunció el entrecejo. Valdegovía. Un valle abierto, salpicado de multitud de pequeños pueblos. Al oeste, el parque natural de Valderejo. El río Purón abriéndose paso entre la roca. Un lugar perfecto para desaparecer.

—¿Ana le comentó cómo había conocido a ese hombre?

—Pues… sé que estaba apuntada en una de esas aplicaciones para ligar, o en varias, no lo tengo claro.

La agente Abasolo hizo una consulta en uno de los ordenadores.

—Disculpe, oficial —le dijo a Karmen—. El móvil de la víctima no ha sido encontrado en la escena del crimen. Se está rastreando el río y las zonas aledañas, pero, de momento, ni rastro.

La empresaria torció el gesto.

—El móvil no está en el río porque sigue dando señal —argumentó—. He llamado varias veces a su número, pero me da miedo gastar la batería.

—El grupo de homicidios está tratando de triangular la señal antes de que se pierda, pero aún es pronto —le explicó Sua—. Debemos esperar.

—Me parece increíble que con los avances que hay hoy en día aún no hayan dado con el dichoso móvil —les recriminó ella.

Karmen aclaró la voz.

—Mila, ¿tenía su hermana otro dispositivo móvil desde el que pudiera acceder a esas aplicaciones para concertar citas?

La mujer permaneció en silencio unos segundos antes de contestar.

—Pues tenía el móvil del trabajo, el de Radio Vitoria, pero, vamos, dudo mucho de que se atreviera a instalar esas aplicaciones ahí.

—¿Y una tablet ? —preguntó Sua.

—Pues… ahora que lo dices… sí, creo que tiene una tablet . Le gustaba ver películas en ella.

—¿Es posible que utilizara ese programa para ligar en esa tablet ?

—Sí, creo que sí. Ahora que lo pienso, una vez me enseñó la foto de un hombre al que quería conocer, para pedirme mi opinión, ya sabe.

La inspectora se levantó de su silla y se dirigió a Sua.

—Abasolo, curse una solicitud al juzgado para registrar la casa de Ana Rodríguez. La quiero tener en mi ordenador para firmar ya, ¿entendido?

Sua arrugó la frente algo molesta por el tono empleado por la inspectora, pero obedeció y salió de la sala de interrogatorios.

Mila Rodríguez pareció encantada con la actitud autoritaria de Karmen con sus subordinados.

—Oficial Ayala… ¿se sabe algo de la autopsia?

—¿Qué quiere decir? El forense aún está realizando las pruebas pertinentes.

—Quiero saber si ese hijo de puta la hizo sufrir. Karmen tragó saliva.

—Es pronto para saberlo, pero todo parece apuntar a que su hermana murió ahogada.

—¿Y después?

—¿Cómo que después?

—Si se sobrepasó con ella. No soportaría saber que hubiese profanado su cuerpo.

La inspectora bajó la cabeza mientras pensaba en las palabras que iba a emplear. Mila Rodríguez aún no era consciente de que a su hermana le habían amputado los pies. Pensaba en otra cosa. No en lo que realmente le habían hecho.

—El juez Mendiola ha decretado el secreto de sumario, Mila. No puedo contestarle aún.

A la empresaria no le hizo falta que le respondiera. En aquella frase había escondida una constatación de que algo terrible había ocurrido con Ana.

Sin poder reprimirse, Mila Rodríguez rompió a llorar.