El segador de almas (Los crímenes del agua 2) 3.
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El forense Eduardo Ceviche estaba de mal humor.

Se había olvidado su bata blanca en casa y se sentía desnudo sin ella.

Karmen no pudo evitar fijarse en su abdomen prominente y en su tupida barba de un gris casi blanco, que en los últimos meses había decidido alargar unos cuantos centímetros.

Olentzero, como así le llamaban en los círculos policiales y de la judicatura, por su parecido con el carbonero del folclore vasco que traía regalos a los niños en Navidad, estaba más callado de lo habitual.

Tras examinar visualmente a la víctima saludó con el brazo al secretario judicial, que se acercó hasta él.

La jueza Bergara había pedido una excedencia para cuidar a su madre, afectada de Alzheimer.

El juez sustituto aún no se había incorporado a su puesto y el juzgado de guardia había autorizado al forense a practicar el levantamiento y al letrado de la administración de justicia a documentar la diligencia.

Rubén Asteguieta estaba realizando todo el trabajo de campo a regañadientes.

Descendió el camino embarrado, flanqueado por dos ertzainas .

—Buenos días, doctor. Inspectora Ayala. Señores… —los saludó con un gesto de la cabeza.

Gorka asintió con desgana y Karmen hizo lo propio.

No le caía nada bien aquel engreído. Había tenido varios roces con él en dos casos anteriores.

Ni siquiera era capaz de utilizar la nomenclatura oficial para dirigirse a la Ertzaintza.

Sabía que a efectos prácticos eran lo mismo, pero ¿tan difícil era usar el rango de «oficial» con Karmen y «suboficial» con él, en vez de «inspectora» y «subinspector»?

No soportaba esa falta de rigor viniendo de alguien de la judicatura.

—Doctor Ceviche —se dirigió esta vez al forense, sin perder de vista el cuerpo de Ana Rodríguez—. ¿Qué tenemos?

—Hombre, buenos buenos no son, secretario —respondió Olentzero.

—En realidad es letrado. Letrado de la administración de justicia. Lo de secretario judicial ya ha quedado antiguo.

Gorka soltó un bufido. Era evidente que, para lo que quería, Rubén Asteguieta bien que se molestaba en que los demás usaran el nombre correcto para su cargo.

El forense lo miró sin pestañear. No estaba para tonterías.

—Se trata de una mujer de unos treinta años.

Aunque falta la confirmación con las pruebas pertinentes, es evidente que se trata de Ana Rodríguez, la locutora de Radio Vitoria.

Llevaba muerta, por lo que parece, entre doce y dieciocho horas, aunque tengo que confirmarlo.

El cuerpo está muy frío, pero no descarto que el agua acelerara la pérdida térmica.

—¿Cuál es en su opinión la causa aparente de la muerte?

El forense se incorporó y se quitó el guante derecho, como si quisiera expresarse de esa manera con más naturalidad.

—Pues no he detectado ningún signo externo evidente de lucha ni ninguna herida mortal visible en el torso o en la cabeza.

Tampoco hay sangre en la escena, salvo un poco en los muñones.

Le amputaron los dos pies a la altura del tobillo.

Los cortes son bastante rudos, y descarto que hayan sido realizados por algún animal.

El sangrado parece escaso. Ha dislocado la articulación y cortado los tendones por la parte posterior.

Con precisión, sí, pero no ha usado instrumental quirúrgico —señaló la hoz, mientras uno de los agentes de la científica trataba de capturar huellas dactilares en ella.

—¿Le cercenó los pies antes o después de matarla?

—Seguramente se hicieron post mortem . Si se hubiera hecho en vida, habría marcas de lucha, o alguna señal de conmoción en la cabeza que la hubiera dejado sin sentido. Y, como le acabo de decir, no parece que los haya.

—¿La amputación es la causa de la muerte? Olentzero negó con la cabeza.

—No lo creo. A falta de la autopsia, mi hipótesis es que murió por ahogamiento.

Mire: presenta cianosis en los labios, congestión en las mucosas nasales y algo de espuma en la comisura de la boca.

Lo típico de una muerte por inmersión, vamos.

Puede que muriera de una arritmia mortal debida al reflejo de inmersión.

—¿El reflejo de inmersión?

—Sí. Es una respuesta fisiológica del cuerpo que se produce cuando la cara entra en contacto repentino con agua fría, sobre todo si la persona está inconsciente o en situaciones de estrés extremo.

Cuando la cara entra en contacto con agua fría, disminuye la frecuencia cardiaca, se reduce el flujo de la sangre a extremidades y piel para proteger los órganos vitales y se redirige al cerebro y al corazón.

Hay veces incluso que lleva a la pérdida de conciencia si se prolonga ese contacto, sobre todo si ya había hipoxia, falta de oxígeno.

—O sea que pudo morir de un paro cardíaco justo cuando se sumergió en el agua.

—Eso es.

El funcionario arrugó el entrecejo.

—¿Hay indicios de algún tipo de agresión sexual?

—Ninguno aparente. Podría parecer en un principio, porque el causante de los hechos ha dejado los pechos de la víctima descubiertos, pero no creo que sea el caso.

Aunque eso, como sabe, lo confirmará o descartará la autopsia en Vitoria.

¡Ah! Se me olvidaba. Además de esa bonita hoz, tenemos este pequeño regalito que nos ha dejado atado a la mano de la víctima —le dijo, mientras le mostraba el helecho.

—¿Qué es eso?

El forense miró el pequeño brote trenzado, que aún conservaba el cordel de esparto.

—Es curioso, ¿verdad? Lo colocó y lo ató con esta cuerda fina. Obviamente no es algo improvisado. No lo hizo ella misma.

El letrado asintió, serio.

—¿Ha habido ya confirmación visual del cuerpo por parte de terceros?

—Todavía no. Estamos esperando autorización de la familia para una posible identificación fotográfica, o incluso por ADN. Pero vamos, es evidente que es Ana Rodríguez, la periodista de Radio Vitoria.

El hombre asintió.

—¿Tiempo aproximado de la muerte?

—Entre doce y dieciocho horas, como le he indicado antes.

Yo diría que murió de noche. El cuerpo no presenta signos de depredación ni demasiada maceración.

Probablemente, tras morir en el río, fue arrastrada hasta esta poza.

O tal vez murió justo al entrar en contacto con el agua, como ya le he explicado antes.

El letrado echó un vistazo alrededor. El paisaje abrupto del cañón contrastaba con la abundante vegetación de las orillas.

—¿Qué opina de este lugar, doctor? Olentzero se cruzó de brazos.

—A ver. No es un sitio fácil para llegar con un cadáver a rastras. Es escarpado y bastante aislado. Hay que conocer bien la zona. Yo creo que tuvo que matarla aquí. Si no lo hizo, entonces tuvo que cargar con ella con mucho esfuerzo o con ayuda de alguien.

El letrado respiró hondo. Había presenciado muchas escenas de crimen, pero todos los elementos que rodeaban la muerte de Ana Rodríguez estaban impregnados de un halo que le estaba dando mala espina. Su intuición le decía que el autor de los hechos no había acabado aún su trabajo.

—De acuerdo, doctor. Mande al juzgado el informe preliminar en cuanto lo tenga. Y si descubre algo importante, ya sabe cómo contactarme.

—Como siempre, secretario. Así lo haré.

Rubén Asteguieta se giró para dirigirse al coche, pero se percató de que una joven agente estaba interrogando a un hombre.

Era Sua Abasolo.

—Buenos días —la saludó él.

— Egun on , secretario.

—¿Qué está pasando aquí? ¿Quién es este hombre? Sua lo señaló.

—Señor, este hombre dice que ayer por la noche pasó por esta zona del río de camino a su caserío. Vive a las afueras de Lalastra. Se ha acercado en cuanto ha visto el ajetreo de coches de policía. Asegura que anoche vio a una mujer alta cerca de la poza.

El letrado lo miró con suspicacia.

—Dígame, su nombre, por favor.

El testigo parecía acobardado. Su aliento destilaba un pestilente olor etílico que aturdió al funcionario durante unos instantes.

—Alberto Martín, señor.

—Dígame, Alberto. ¿A qué hora vio a esa mujer?

—No lo sé con exactitud, debían de ser cerca de las doce. Yo había estado haciendo una de las rutas de senderismo, y se me había hecho tarde.

—Describa a esa mujer, por favor.

—No la vi bien, estaba oscuro. Pero era alta, delgada, o eso me pareció. Iba vestida de negro.

Tenía el pelo largo, suelto.

—¿Le vio la cara? ¿Recuerda el color del cabello?

—¡Qué va! La vi a unos cincuenta metros de distancia. Tal vez más.

—Y si no la vio bien, ¿cómo está seguro de que era una mujer?

—Era una mujer, seguro. La forma de moverse, todo.

—¿Está seguro de que la vio en esta zona? Pudo ser en otra parte del río.

—Era aquí. Me acuerdo porque acababa de mirar el GPS de la app que uso para las rutas, para ver si podía atajar para llegar más rápido a casa. Me extrañó que anduviera sola a esas horas por aquí.

—¿Llegó a entablar conversación con ella?

—No, iba con prisa. Mi mujer estaba cabreada porque llegaba tarde.

Sua se adelantó e interrumpió al funcionario justo cuando iba a hacerle la siguiente pregunta.

Tuvo que apartarse con disimulo para evitar el hedor del alcohol.

—Señor Martín, disculpe —le dijo—. ¿Escuchó algo que le llamara la atención mientras cruzaba esta parte del río?

El hombre pensó durante unos segundos antes de responder.

—Pues ahora que lo dice, al alejarme me pareció escuchar un ruido de inmersión y chapoteo, pero no le di mayor importancia. No sería la primera vez que un corzo cae al río.

—¿Escuchó algún tipo de grito? —siguió preguntando la agente.

—No. Nada. Por eso no le di importancia.

Rubén Asteguieta hizo un ademán con la mano para retener a Sua, que estaba a punto de formular otra pregunta.

—Señor Martín. Es muy importante. Piense bien antes de responder. ¿Vio a alguien más cerca de la mujer?

—No lo sé, señor. La verdad es que tengo recuerdos confusos. Verá, me pasé un poco con el pacharán que suelo llevar en la bota.

—¿Suele beber cuando hace senderismo?

—No… —trató de excusarse—. Yo… estoy pasando una mala racha con mi mujer…

—Intente recordar, por favor.

El hombre volvió a mirar al suelo, como si se esforzara en bucear en el sopor de su memoria embriagada.

—Lo siento. Creo que no vi a nadie más.

—Está bien. Le van a tomar los datos y le van a citar para que pase por la comisaría en Vitoria a prestar declaración. Supongo que no tendrá problema.

—Vale, todo lo que sea ayudar…

—Perfecto —dijo el letrado y se dirigió a Sua—. Agente, concierte una entrevista con el señor Martín a poder ser esta misma tarde.

—Así lo haremos —respondió ella.

Uno de los policías que había acompañado a Rubén Asteguieta a la escena del crimen se acercó.

—Señor, nos tenemos que ir ya. El juez Mendiola ha llegado al juzgado para incorporarse.

El secretario torció el gesto y se alejó en dirección al coche.

Olentzero, Sua y Gorka se alegraron de que aquella fugaz visita hubiera terminado.

No soportaban sus ínfulas de estrella ni un minuto más.

Junto a ellos, Karmen lo observó hasta que el vehículo hubo abandonado la zona.

En su mente, un recuerdo borroso se afanaba por salir a la superficie. Pero no le dejó hacerlo.