2.
El día había amanecido frío. El rocío impregnaba la frondosa vegetación que bordeaba la orilla del cañón del Purón.
El río serpenteaba como una cicatriz brillante entre las paredes del desfiladero, con un murmullo constante, tras haber surcado el parque natural de Valderejo.
El aire olía a humedad, a musgo y a raíces podridas.
Un par de buitres trazaban círculos sobre la escena del crimen, atraídos sin duda por el aroma de la muerte.
La inspectora Karmen Ayala observaba con horror el cadáver de la mujer, que ahora reposaba boca arriba sobre una roca plana de grandes dimensiones, junto a la poza donde había sido hallado.
Mientras, el equipo de la científica, con sus uniformes blancos impolutos, se afanaba por crear el cordón de seguridad y comenzaba a tomar las primeras muestras.
A poca distancia del cuerpo, una hoz oxidada de aspecto grotesco asomaba encajada entre dos rocas puntiagudas que coronaban aquel altar de muerte.
Karmen había llegado casi a la vez que ellos a la zona.
En ese momento el cuerpo aún flotaba boca abajo en una pequeña poza situada en un lateral del barranco, que apenas tenía corriente.
A primera hora, un senderista había avistado el cadáver durante un paseo matutino y había asegurado cuando llamó al servicio de emergencia que la mujer tenía los pies arrancados.
Enseguida habían constatado la veracidad de aquel dato.
No era la primera vez que veía un cadáver.
Ni siquiera era la primera vez que lo hacía en un escenario abierto y hostil.
Pero había algo en aquel cuerpo, inmóvil, frágil, silencioso, que le revolvió el estómago.
Se trataba de una mujer de unos treinta años, que aún conservaba parte de la ropa, aunque su busto estaba al descubierto, sin sujetador.
A simple vista, salvo la amputación de los pies, no presentaba otras señales evidentes de violencia.
Yacía boca arriba, ligeramente ladeada, con los brazos abiertos y los ojos cerrados.
No parecía muerta, sino dormida. La piel, empapada, tenía un brillo cerúleo que recordaba a los peces muertos.
El agua había desdibujado sus facciones, pero aún conservaba unos rasgos armónicos y parte del maquillaje.
La boca estaba entreabierta, como si sus labios quisieran revelar algo.
Sin embargo, lo que más le llamó la atención no era eso.
No podía quitar la vista de sus piernas.
De los tobillos hacia abajo, no había nada.
Ni pies, ni zapatos. Tan solo dos muñones con cortes abruptos, aunque sin sangre visible.
Los bordes estaban algo desdibujados y parecían ligeramente macerados, probablemente por la acción del agua.
Como si la hubieran despojado de aquello que la unía a la tierra.
Y aquella hoz siniestra en lo alto de la escena. No podía dejar de observarla.
—Oficial Ayala, ¿qué tenemos?
Karmen se dio la vuelta sobresaltada. No los había visto llegar.
Sintió una pequeña punzada en el corazón cuando vio a Gorka junto a la agente Abasolo.
Tenía el pelo algo más largo y conservaba la barba de varios días.
Su cabello rubio, su altura —cerca del metro ochenta y cinco—, sus ojos grises y el tono invernal de su piel le conferían un aire inequívocamente nórdico.
Incluso en aquel entorno de bosques fluviales, su presencia destacaba, como si no perteneciera del todo a aquel lugar.
—Hola, Thor —dijo, sin poder evitarlo.
Se sintió culpable al emplear el apodo del dios del trueno de la mitología nórdica.
Así llamaba todo el mundo a Gorka en la comisaría.
Había pasado un año desde los acontecimientos del asesino del pantano y, aunque la relación entre ambos se había estrechado durante la investigación, las cosas se habían ido enfriando.
Según Sua, Gorka estaba enfrascado en la búsqueda de su padre y de su hermana desaparecida.
Había recibido alguna especie de pista sobre su paradero y estaba intentando seguirla.
No lo culpaba. Para Gorka, el sentido de su vida era tratar de descubrir si Ingrid seguía con vida y vengar la muerte de su madre y de Haizea.
Si había encontrado un nuevo hilo del que tirar, ya podía olvidarse de él. Lo conocía perfectamente.
—Buenos días, oficial —dijo Sua, después de observar de reojo a los buitres, que ahora eran cinco.
Karmen forzó una sonrisa.
—Olentzero debe de estar a punto de llegar y el secretario judicial está de camino.
A pocos metros de ellos, Gorka reconoció varias caras conocidas tras la cinta perimetral que habían instalado los de la científica.
¿Cómo era posible que la prensa ya estuviera allí?
Una de las reporteras azuzaba a uno de los agentes para que atendiera a sus preguntas.
Él intentaba zafarse de ella como podía.
—Agente, por favor, solo confírmeme si la mujer que ha aparecido es Ana Rodríguez. Somos compañeras en Radio Vitoria. Por favor…
El agente se limitó a ignorarla.
Gorka contempló ensimismado el rostro del cadáver. Le parecía irreal que Ana Rodríguez, con la que se había reunido hacía unos meses, yaciera sin vida ante él.
—¿Qué piensas que ha pasado?
La inspectora le devolvió la mirada como pudo.
—Creo que las opciones de lo que ha ocurrido aquí están claras. O alguien se ha encontrado el cuerpo y ha decidido amputarle los pies, o primero la mató y luego se los cortó.
Sua dio un paso al frente y se quedó absorta contemplando la escena.
No podía creerlo. Otra vez no. De nuevo, ante ella, el cadáver de una persona asesinada yacía en medio del agua, como en el caso de los crímenes del pantano.
Un fogonazo de recuerdos brotó desde algún lugar de su subconsciente.
Los cuerpos mutilados de las víctimas del pantano se materializaron en su psique.
Casi podía sentir el aroma dulzón de la sangre.
Apartó la mirada levemente, mientras procuraba que los demás no se dieran cuenta.
La resolución del caso de los asesinatos del pantano le había afectado más de lo que hubiera deseado.
Había comenzado a acudir a una terapeuta, pero estaba claro que no había sido suficiente.
Aún tenía pesadillas en las que se mezclaba el agua, las raíces puntiagudas de los árboles y la luz titilante de un viejo sótano.
Una imagen grotesca recurrente que no había logrado eliminar del todo.
—Pudo cortarle los pies y después tirar el cuerpo al río —dijo por fin.
—Es otra de las posibilidades —aceptó la inspectora—. De ser así, espero que estuviera ya muerta cuando se los amputó.
Gorka se agachó junto al cuerpo y observó detenidamente la zona de los tobillos. Al levantar la vista, se detuvo en la hoz que presidía la escena.
—Obviamente descartamos que haya sido obra de una fiera. Está claro que el corte de los pies ha sido realizado con algún tipo de sierra o cuchillo. Puede que incluso con eso —añadió, señalando la hoz.
Karmen asintió.
—Se va a liar una buena. Ana Rodríguez es una de las estrellas de Radio Vitoria.
—Y de ETB —apuntó Sua—. La he visto de colaboradora en varios programas de la tele. Y en su día tuvo un programa de sucesos en ETB 2, ¿verdad, Thor?
El subinspector no le contestó. Uno de los hombres del equipo de la científica le había pedido que se apartara a un lado, tras abrir la mano izquierda de la mujer para examinarla.
Gorka lo observaba con atención, sabedor de que lo que el tipo acababa de encontrar podía dar un giro a los acontecimientos.
Karmen y Sua no acertaban a entender por qué el de la científica se tomaba tanto tiempo para fotografiar esa extremidad en concreto.
—¿Qué ocurre, agente? —le preguntó la inspectora.
El hombre se giró hacia ella mientras sostenía un pequeño objeto con unas pinzas de las que usaban para la recopilación de pruebas. Se levantó y se lo mostró mientras extraía una bolsa de plástico de su bolsillo y lo introducía dentro.
—Esto estaba dentro del puño de la mujer, atado a la muñeca con este cordel —les explicó.
Karmen lo analizó con atención. Se trataba de un pequeño helecho trenzado que había sido atado deliberadamente con una pequeña cuerda de esparto a la mano de la víctima.
El autor se había asegurado de que lo encontraran.
Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Miró a Gorka y este le sostuvo la mirada.
Ambos sabían perfectamente a qué se enfrentaban. Aquello no era un homicidio cualquiera.
Gorka aclaró su voz.
—La hoz es su firma y el helecho es su mensaje. Karmen suspiró.
—El mensaje de alguien que sabe exactamente lo que está haciendo.