1.
Gorka Larssen se despertó con su propio grito.
Le costó unos segundos recuperar la calma y darse cuenta de que estaba a salvo en su casa.
Había pasado una noche horrible llena de pesadillas.
La imagen de su padre asesinando brutalmente a su madre y a su hermana Haizea —y llevándose consigo a la pequeña Ingrid— lo perseguía desde que hacía un año había recibido aquella extraña llamada.
Era una mujer que afirmaba ser su hermana desaparecida. Ingrid.
«¿Por qué no nos salvaste?», le había preguntado.
Gorka se sentó al borde de la cama y apoyó los codos en las rodillas.
Le temblaban los dedos. No de miedo, sino de rabia.
De una culpa arraigada muy dentro de él.
El recuerdo volvía siempre igual: el sótano, el silencio espeso, la sangre por todas partes, su madre, Haizea…
y el cochecito vacío de Ingrid como una broma cruel.
Desde aquella llamada, los recuerdos bloqueados de su infancia afloraban a trompicones.
Pequeños fragmentos. Destellos. Un olor.
Un gesto. Un grito que no estaba seguro de haber oído…
Había intentado localizar el número de teléfono con ayuda de Hipatia.
Habían probado todo, pero no habían logrado nada.
Como si la llamada no hubiera existido. Como si alguien quisiera que se quedara sin respuesta.
Se levantó, fue a la habitación de los ordenadores y encendió el equipo. La pantalla le devolvió su reflejo: ojeras profundas, piel pálida, la barba de varios días. Incluso había dejado crecer el pelo más largo de lo que era habitual en él.
Un aviso en el monitor vibró con insistencia. Era un mensaje.
Lo abrió con cautela.
«Asunto: El dragón ha cruzado la frontera.» No necesitó leer más para sentir el frío.
El archivo adjunto era un vídeo: una cámara de seguridad frente al Kursaal, en San Sebastián.
Un anciano con gorra azul caminaba despacio por la avenida de la Zurriola.
Un tipo cualquiera. Un paseo cualquiera.
Hasta que, de pronto, la forma de mover los hombros, la rigidez calculada, esa manera de mirar sin mirar…
Gorka acercó la cara a la pantalla.
—A mí no me engañas.
Al final del vídeo, el hombre se detuvo junto a otro y le entregó un sobre. El receptor se marchó sin intercambiar ni una palabra.
Había un segundo archivo adjunto: era la grabación de otra cámara, otra calle de San Sebastián.
Diez segundos. El mismo anciano giraba la cabeza justo en el último instante.
A pesar de su corpulencia, su rostro aparecía avejentado y demacrado.
Sin duda, el paso del tiempo había hecho mella en él.
Gorka se fijó en sus ojos. Aquel azul intenso seguía reflejando frialdad, exactamente tal y como lo recordaba de su niñez.
Sin embargo, algo en su expresión le llevó a pensar que quizá estuviera enfermo, como si arrastrara un peso que le lastrara a cada paso.
Gorka apartó la vista un instante.
«Confirmado. Es Hans», había escrito Hipatia. Gorka tragó saliva.
Ni siquiera se dio cuenta de que estaba conteniendo la respiración hasta que el timbre de la puerta lo devolvió al presente. Bajó las escaleras de dos en dos. Abrió y en ese momento se percató de que no se había puesto la camiseta. Sintió un latigazo en la pierna derecha, breve, como un aviso.
Era la agente Sua Abasolo, con un termo de café y dos sándwiches.
—¿Aún en la cama? —refunfuñó—. ¿No has visto los mensajes de la inspectora Ayala? Como lleguemos tarde, nos arranca la cabeza.
Gorka parpadeó.
—¿Qué ha pasado?
—Ana Rodríguez. La periodista de Radio Vitoria. Le sonaba aquel nombre.
—La entrevistaste hace tres o cuatro meses, cuando estuviste mirando lo de Ingrid.
El subinspector suspiró. Ahora se acordaba de ella.
Era una locutora de Radio Vitoria que había investigado varios casos de bebés robados en Álava.
Se reunió un par de veces con ella para tratar de discernir si la información que le había suministrado Hipatia tenía visos de ser verosímil.
En uno de los informes policiales de los años dos mil que la hacker había conseguido, se apuntaba a que Ingrid había sido localizada en un orfanato ilegal de Tallin, en Estonia, vinculado con la mafia.
Pero la pista se había perdido enseguida.
—Han encontrado su cuerpo hace menos de hora y media. En Valderejo. En una poza del río
Purón. Y no… no ha sido un accidente.
Gorka la miró sin entender. Sua no apartó la vista.
—Le han amputado los pies.