El segador de almas (Los crímenes del agua 2) Lo que es de las profundidades
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El segador de almas (Los crímenes del agua 2)

El segador de almas (Los crímenes del agua 2)

Por Samuel Vernal

© inepub.com

Lo que es de las profundidades

Nunca debería haber quedado con él.

Corría por el bosque, con los pies descalzos. El costado le ardía como si algo se le estuviera desgarrando por dentro. La sangre le resbalaba entre los dedos mientras trataba de taponar la herida con la mano. Cada respiración era más corta que la anterior. Cada latido, más fuerte.

A esas horas de la noche, el lugar era inhóspito y siniestro. Olía a humedad, a hojas podridas, a un miedo antiguo.

Cuando escuchó el ruido detrás de ella, supo que no habría perdón.

—Quítate los zapatos.

La voz del hombre resonó en su cabeza.

Vio cómo lo sacaba de la mochila, con una calma insoportable. No era un cuchillo. La hoja, curva, capturó durante un instante la luz de la luna antes de desaparecer de nuevo en la oscuridad.

—Quítatelos. Obedece. Temblando, ella acató la orden.

—Así no —le recriminó—. Despacio.

La miraba como si quisiera memorizarla. Ella tragó saliva, notó la tierra húmeda bajo las plantas de los pies, mientras el frío nocturno atravesaba su piel.

—Dámelos.

Se los entregó sin apartar la mirada del filo. Él los sostuvo un segundo, como si fueran más pesados de lo que realmente eran.

—Ahora… túmbate.

—No, por favor…

—¡Que te tumbes!

El miedo la atenazó como un alambre alrededor del cuello.

Y justo en ese momento, el ladrido de un perro cercano resonó en la noche. Él giró la cabeza.

Y ella huyó.

Corrió lo más rápido que pudo. Escuchó sus pasos en la oscuridad: al principio lejos, después cerca, demasiado cerca. Los guijarros y las zarzas le abrieron la piel, pero no se detuvo. El sudor le empapaba la nuca. La garganta se le cerraba. El costado le suplicaba parar.

Un claro circular en medio de los árboles se abrió ante ella como una isla. Redujo el ritmo un instante. Escuchó.

Nada.

Cruzó el prado hasta el otro extremo, convencida de que ganaba ventaja.

Entonces lo oyó. El agua.

Se había desorientado por completo. No pensaba que el río estuviera tan cerca. Un ruido seco la obligó a girarse.

Él caminaba hacia ella. Con una tranquilidad pasmosa. Su silueta se recortaba contra la luna.

En su mano, seguía portando aquella amenazante hoja curva. No había tiempo. La única opción de escapar era el río.

Se asomó al cañón con cautela. No parecía demasiado alto. Las raíces podían servirle de apoyo.

No se lo pensó dos veces y comenzó a bajar. Las rocas estaban húmedas y estuvo a punto de resbalar en un par de ocasiones. Cuando llegó al agua, el frío helador le atravesó el cuerpo y el dolor del costado se volvió insoportable.

Avanzó lentamente mientras trataba de luchar contra la corriente. No sabía cuánta profundidad había allí. Bajo sus pies, solo había negrura, pero no había tiempo que perder.

Siguió abriéndose paso como pudo hasta que atisbó una enorme roca plana al otro lado. Por ahí podría subir.

Le pareció escuchar un chapoteo y se giró asustada, pero no vio nada. Siguió avanzando.

Cuando estaba a punto de alcanzar la orilla, algo se cerró sobre sus pies. Unas manos tibias, como si el agua gélida no les afectara. No tiraban con violencia. Tiraban con decisión.

La arrastraron hacia abajo.

El pánico se apoderó de ella y el agua entró de golpe en sus pulmones. La había atrapado.

Trató de librarse y ascender hacia la superficie, pero era demasiado tarde.

Contempló por última vez la luz de la luna reflejada sobre la lejana superficie del agua. Un punto blanco que fue haciéndose cada vez más pequeño. Ni siquiera le dio tiempo a cerrar los ojos.

Y así, con la mirada vidriosa, se dejó engullir por la oscuridad, mientras su cuerpo era arrastrado al fondo.