El Secreto Peligroso del Pakhan (Los Pecados de la Bratva 5) 32 Andrey
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32 Andrey

ANDREY

Me siento al borde de la cama, observando cómo Mariya gira entre sus dedos el pequeño trozo de papel que encontró en uno de los anillos de su madre.

La luz de la lámpara resalta las delicadas líneas del dibujo de lo que parecen pilares antiguos en un campo de hierba alta y maleza.

Lleva diez minutos mirándolo fijamente, con el ceño fruncido en concentración.

—No reconozco este lugar —dice en voz baja, con una pizca de frustración en su voz.

Me inclino más cerca, estudiando el boceto de nuevo. Los pilares son rudimentarios pero deliberados, dibujados con la misma mano cuidadosa que creó todas las otras pistas de Yegor. —Yo tampoco.

Mariya deja el papel sobre la cama entre los dos y alcanza los otros objetos que hemos recopilado.

Las piezas de rompecabezas caseras de la cabaña que se conectaron con el broche de su madre para revelar una imagen de la cabaña familiar.

El pergamino que encontramos en esa cabaña, enumerando las casas seguras de la Bratva en cuidadoso cirílico.

La nota de Yegor con el dibujo del cuervo que nos llevó al anillo con el cuervo grabado, que ella encontró tan astutamente antes.

Y ahora esto. Pilares en un campo.

—¿Qué significa todo esto? —pregunta Mariya, su voz tensa por el cansancio. —¿Por qué mi padre nos dejaría todas estas pistas si no se conectan con nada?

Cojo el dibujo, acercándolo más a la luz. —Tienen que conectarse. Solo nos falta algo.

—¿Pero qué? —Se levanta y comienza a caminar de un lado a otro, sus pies descalzos silenciosos sobre el suelo de madera.

Mi camiseta grande que lleva puesta le llega hasta mitad del muslo, y me distraigo con la curva de su trasero bajo la tela fina.

—Hemos seguido todas las pistas. Hemos estado en la cabaña, en la casa familiar, y encontramos la lista de casas seguras.

¿Qué se supone que hagamos con pilares en un campo?

Obligo mi atención a volver al problema en cuestión. —Quizás sea una ubicación. Algo significativo para tu familia.

—Nunca he visto algo así. —Deja de caminar y se da la vuelta para mirarme, sus ojos oscuros buscando los míos. —Mi padre nunca mencionó ruinas antiguas o pilares. Mi madre tampoco.

Dejo el dibujo y me levanto, acercándome a ella. Mis manos encuentran su cintura, empujándola contra mí. —Lo resolveremos. Siempre lo hacemos.

Ella se inclina hacia mí, su frente apoyada en mi pecho. —Estoy cansada de los rompecabezas, Andrey. Estoy cansada de perseguir fantasmas.

—Lo sé. —Presiono un beso en la parte superior de su cabeza, inhalando el limpio aroma de su champú. —Pero estamos cerca. Lo siento.

Ella se separa ligeramente, mirándome. —¿Y si no lo estamos? ¿Y si mi padre solo estaba paranoico y estas pistas no llevan a ninguna parte?

—Entonces lidiamos con eso cuando lo sepamos con seguridad. —Mi mano se desliza por su espalda, enredándose en su largo cabello rubio. —Pero ahora mismo, nos centramos en mañana. En la trampa que estamos preparando.

Su expresión cambia, la frustración siendo reemplazada por la emoción. —Sigues preocupado por eso.

—Sí. —No me molesto en mentir. —Algo no se siente bien.

—¿Tu instinto?

—Mi instinto. —La suelto y vuelvo a la cama, sentándome pesadamente. —No puedo quitarme la sensación de que nos falta algo importante.

Mariya me sigue, sentándose a mi lado. Su mano encuentra la mía, entrelazando nuestros dedos. —Hemos planeado todo cuidadosamente. La ubicación del muelle, el tiempo y los dispositivos de rastreo. ¿Qué podría salir mal?

—Todo. —Me doy la vuelta para mirarla, notando la determinación en su mandíbula, el fuego en sus ojos. —Estás caminando voluntariamente hacia el peligro. Eso es lo que podría salir mal.

—Estaré bien —dice, su otra mano acariciando mi rostro, el pulgar rozando mi pómulo. —Tú estarás vigilando. Tus hombres estarán listos. Y yo no soy indefensa.

No, definitivamente no es indefensa. Pero también es mía, y la idea de que esté en manos del enemigo, aunque sea temporalmente como parte de un plan, hace que mi pecho se apriete con algo que se siente incómodamente cercano al miedo.

—No me gusta esto —admito en voz baja.

—Lo sé. —Se inclina hacia mí, posando sus labios sobre los míos en un beso suave—. Pero es la mejor manera de encontrarlos. De acabar con esto.

Tiene razón. Sé que tiene razón. Pero eso no lo hace más fácil.

Intensifico el beso, deslizando mi mano por su cabello mientras la atraigo hacia mí.

Ella responde de inmediato, su cuerpo fundiéndose contra el mío mientras nuestras lenguas se encuentran.

Su sabor, la sensación de sus curvas suaves presionadas contra mí, alejan temporalmente la ansiedad que roe mis entrañas.

Mi otra mano encuentra el dobladillo de su camisa, deslizándose bajo la tela para agarrar su cadera desnuda. Su piel está cálida y suave bajo mi palma, y cuando aprieto, ella jadea contra mi boca.

—Andrey —susurra contra mis labios.

Me separo lo justo para mirarla, observando sus mejillas sonrojadas y pupilas dilatadas. —Te necesito.

—Entonces tómame.

No necesito que me lo digan dos veces. Le quito la camisa por encima de la cabeza, revelando su cuerpo desnudo. Sus pechos son generosos y perfectos, los pezones ya erectos. Mi boca encuentra uno mientras mi mano acaricia el otro, y Mariya se arquea hacia mí con un gemido.

Sus manos trabajan en mi ropa, quitándome la camisa y forcejeando con mi cinturón. La ayudo, desvistiéndonos rápidamente hasta que no queda nada entre nosotros. Entonces la empujo sobre la cama, colocándome entre sus muslos abiertos.

Ya está húmeda cuando mis dedos se deslizan por sus pliegues, y saber que me desea tanto hace que mi polla palpite. La estimulo con la mano, rodeando su clítoris mientras dos dedos penetran su calor estrecho.

Ella jadea, moviendo las caderas contra mi mano. —Necesito que estés dentro de mí.

Me coloco en su entrada y empujo con un fuerte embate. Ella grita, sus uñas clavándose en mis hombros mientras la lleno por completo. La sensación de su cuerpo envolviéndome, ardiente y perfecto, hace que todo lo demás desaparezca.

Establezco un ritmo brutal, penetrándola con embestidas profundas y potentes. Sus piernas se enroscan alrededor de mi cintura, atrayéndome más adentro, y puedo sentir sus músculos internos empezando a palpitar a mi alrededor.

De repente, me voltea y se monta sobre mí, su largo cabello rubio cayendo sobre mi pecho. Arqueo una ceja y ella sonríe.

—Mi turno de controlar —dice antes de hundirse lentamente sobre mi polla. La sensación de sus músculos internos apretándome mientras me recibe casi me hace perder el control ahí mismo.

Inclina la cabeza hacia atrás, apoyándose en sus brazos. Su sedoso cabello roza mis muslos y mis piernas tiemblan en respuesta. ¡De verdad tiemblan! Tengo que apretar los dientes para no correrme, pero es jodidamente difícil. Mi maldita polla palpita como loca, mis huevos llenos y tensos.

Mis ojos recorren su garganta hasta sus pechos generosos, completamente expuestos en esta posición. Sus pezones están rosados y erectos, y me lamo los labios, deseando tenerlos en la boca. Su vientre está plano mientras mueve las caderas, frotándose contra mí, su clítoris rozando mi pelvis.

Joder, es exquisita. Quiero tomarle una foto así. Su rostro sonrojado, ojos cerrados, y una fina capa de sudor cubriendo su cuerpo.

De pronto se incorpora y apoya las manos en mi pecho, cambiando el ritmo que había establecido, haciéndolo más rápido y fuerte.

Alargo la mano y froto su clítoris, haciendo que todo su cuerpo se estremezca antes de gritar, su cuerpo apretándose alrededor de mi polla mientras olas de placer la recorren.

Yo la sigo momentos después, enterrándome profundamente mientras mi orgasmo es tan intenso que nubla mi visión.

Colapsamos juntos, enredados y sin aliento. La atraigo contra mi pecho, acariciando su espalda mientras nuestra respiración vuelve lentamente a la normalidad.

Nos dormimos así, abrazados, el dibujo de los misteriosos pilares olvidado en la mesilla de noche.

A la mañana siguiente, despierto con el pecho oprimido y la mandíbula apretada. Hoy tendemos la trampa. Hoy, Mariya se adentrará voluntariamente en el peligro para descubrir quién es la nueva familia que está causando tantos problemas, y todos mis instintos gritan que esto está mal.

A mi lado, Mariya se mueve, abriendo los ojos lentamente. Cuando ve mi expresión, sonríe. —Buenos días.

—Buenos días. —Aparto un mechón de su cabello claro de su rostro—. ¿Estás lista para esto?

—Absolutamente. —Se incorpora, estirándose. Mis ojos descienden a su pecho, observando cómo sus senos se elevan con el movimiento. Se me hace agua la boca, pero aparto esos pensamientos antes de que se formen por completo—. No puedo esperar para empezar.

Su entusiasmo solo empeora mi ansiedad. —Deberíamos salir a correr primero. Despejar la mente.

Ella se vuelve a mirarme, sorpresa cruzando su rostro. —¿Correr?

—Te gusta correr. A mí también. —Me encojo de hombros, intentando parecer casual aunque mi mente va a mil por hora—. ¿Por qué no lo hemos hecho antes?

Una sombra cruza su expresión, y me doy cuenta de lo que he dicho. Hasta hace poco, era mi prisionera. Correr juntos no era exactamente una opción cuando estaba encerrada en un dormitorio bajo vigilancia.

—De acuerdo —murmuro—. Olvídate de que he dicho eso.

—No —responde ella, alcanzando mi mano y apretándola con suavidad—. Me gustaría eso. Salgamos a correr.

Nos vestimos rápidamente con ropa deportiva y salimos al exterior. El aire de la mañana es fresco sobre mi piel mientras comenzamos a trotar por los terrenos de la finca. Mariya mantiene el ritmo fácilmente a mi lado, su respiración constante y controlada.

La observo de reojo, fijándome en la determinación de sus hombros, en la manera en que su coleta se balancea con cada paso. Es fuerte. Capaz. Pero también está entrando en una situación en la que todo podría salir mal.

—Deja de preocuparte —dice ella sin mirarme.

—No me estoy preocupando.

—Eres un pésimo mentiroso —replica ella, mirándome de reojo mientras sus labios se curvan en una leve sonrisa—. Prácticamente puedo oírte pensar desde aquí.

Gruño, pero no discuto.

Terminamos de correr y regresamos al interior para ducharnos y prepararnos. Para cuando estamos vestidos y listos, mis hombres ya están reunidos en la sala principal, repasando el plan una última vez.

El muelle es la ubicación elegida. Es lo suficientemente público como para que la nueva familia bratva no sospeche de una trampa, pero lo suficientemente aislado como para que podamos controlar la situación.

Cuando se la lleven, los seguiremos usando los dispositivos de localización que hemos escondido en su ropa y joyas.

Sencillo. Limpio. Infalible.

Excepto que nunca nada sale según lo planeado.

Conducimos hasta el muelle en vehículos separados. Mariya viaja conmigo, su mano descansando sobre mi muslo mientras navego por el tráfico matutino. Ella está tranquila, concentrada y lista. Yo soy el que no puede dejar de pensar en los peores escenarios.

—Va a salir bien —dice ella en voz baja.

—No lo sabes.

—Tampoco tú sabes que no saldrá —responde ella, apretando suavemente mi pierna—. Pero nos hemos preparado para todo lo que se nos ha ocurrido. El resto es solo ejecución.

Aparco a varias cuadras del muelle, en un lugar desde donde puedo observar sin ser visto. Mis hombres están posicionados por toda la zona, ocultos pero listos para actuar. Todo está en su lugar.

Mariya se inclina y me besa, lento y profundo. Cuando se separa, sus ojos oscuros están serios. —Te veré pronto.

—Más te vale. —Le acaricio la cara, mi pulgar rozando su pómulo.— Ten cuidado.

—Siempre.

Se desliza fuera del coche y camina hacia el muelle, su paso seguro y tranquilo. La observo alejarse, mis manos agarrando el volante con tanta fuerza que los nudillos se me ponen blancos.

A través de mi auricular, escucho a mis hombres informar de su posición. Ya está en el muelle, parada cerca del agua como habíamos planeado. Esperando.

Los minutos pasan. Entonces uno de mis hombres reporta movimiento: un sedán negro se acerca desde el norte, con dos hombres en su interior y ambos armados.

—Son ellos —murmuro en mi micrófono.— Todos manténganse en su posición.

El sedán se detiene cerca de Mariya. La puerta del pasajero se abre y un hombre sale. Es alto, de hombros anchos, con un físico que denota años de violencia. Se acerca a Mariya lentamente, diciendo algo que no puedo escuchar desde esta distancia.

Mariya responde, su lenguaje corporal relajado. Está interpretando su papel perfectamente.

Entonces todo sucede rápido. El hombre agarra su brazo, tirando de ella hacia el coche. Ella lucha lo suficiente para que parezca real, pero no tanto como para resistirse de verdad. En cuestión de segundos, la tienen en el asiento trasero y el sedán se aleja.

—Todas las unidades, sigan ese vehículo —ordeno, arrancando el motor.— No lo pierdan de vista.

Me incorporo al tráfico, manteniendo varios coches entre el sedán y yo. Mis hombres informan sus posiciones, confirmando que también están en persecución. Los dispositivos de rastreo funcionan perfectamente, mostrando la ubicación de Mariya en la pantalla montada en mi salpicadero.

El sedán gira hacia una calle lateral, luego otra. Se dirigen hacia el distrito industrial, exactamente como esperábamos. Todo está saliendo según lo planeado.

Entonces la señal se corta. Miro fijamente la pantalla, mi pulso acelerándose. —¿Qué coño?

—Jefe, hemos perdido la señal de rastreo —informa uno de mis hombres a través del auricular.

—Ya lo veo —golpeo el volante con fuerza.— ¿Dónde está el sedán?

—Desconocido. Torcieron hacia Warehouse Row y desaparecieron.

Acelero, abriéndome paso entre el tráfico mientras me dirijo hacia la última ubicación conocida. Mi pecho está oprimido, mi mandíbula apretada con tanta fuerza que me duelen los dientes.

Cuando llego a Warehouse Row, la calle está vacía. No hay rastro del sedán negro. Ni señal de Mariya.

—Despláguense —ordeno a mis hombres.— Registren cada edificio, cada callejón. Encuentren ese maldito coche.

Pero incluso mientras lo digo, sé la verdad que se asienta en mi estómago como hielo.

La hemos perdido.