El secreto del lienzo 43
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Cosecha

E n Florencia, el inspector Salermo recibió esa misma noche la notificación: habían arrestado a Hugo Muscatello. Enmudeció en el escritorio con la mirada perdida en el documento casi una hora. Luego cruzó la callejuela hasta el bar. Pidió una botella de vino de la casa y después otra.

La madrugaba entraba sin permiso en el bar poco concurrido, la cinta repetía la misma mala música por segunda vez. Salermo apuró la copa hasta vaciarla. Esta vez, no podría detener ni negociar la orden con sus superiores, pensó. Los testigos eran frailes. ¿Quién lo diría?

Se había acordonado en el rincón más oculto de la barra. Una chica de caminar felino se acercó a él, arrastró la silla y se sentó con decisión. Era alta y morena, de pelo corto.

—¿Mala noche?

—Mal día. —Salermo, embotado por el vino, tardó en reconocer a Ingrid.

—Una botella de la casa. —Ingrid se extendió sobre la barra.

—Escuché unos rumores sobre Muscatello.

—¿Cuál de todos los rumores? —Salermo suspiró. Era una ciudad pequeña. Las noticias volaban demasiado rápido .

—Los que tú conoces de primera mano —contestó mordaz Ingrid.

—El uniforme lo dice todo —contestó con una mueca Salermo.

—No todo.

Ingrid destapó la botella y sirvió el vino. Era una mala cosecha. Salermo se tomó la copa de golpe.

—Hugo ha sido arrestado.

—Entonces es cierto. ¿Por qué?

Salermo apuró otra copa. Hundió la cabeza entre las manos y pareció hablar para él mismo.

—Es un gran hombre. Culto, político, buen empresario.

—¿De qué hablas? ¿Qué pasó con Hugo?

—Disparó en los terrenos de la abadía. El asunto se le escapó de las manos. —Sentía la boca pesada y le costó ordenar las palabras. Se arrimó contra la pared y su mirada se detuvo en la cadera descubierta de Ingrid.

—¿Me acompañas a casa?

—Cuéntame lo de Hugo.

Salermo acercó la mano a la botella, pero Ingrid fue más rápida y la tomó primero.

—Hugo vendió un óleo a buen precio a una galería. Antes del embarque la pintora se lo llevó.

—¿Qué pintora? —Ingrid se acercó a él, hasta casi rozarlo.

Salermo no contestó. Ingrid tomó el vino, se sirvió ella, y dejó la botella y su propio cuerpo fuera del alcance de Salermo.

—¿Qué pintura?

—Era del hombre en la puerta de un hotel; lo vimos mientras la estudiante lo pintaba.

—La estudiante. —Ingrid mordió las palabras.

—Hugo aprovechó la oportunidad. Contactó a los dueños de una cadena estadounidense de hoteles y les gustó el cuadro .

—¿El cliente era un hotelero?

—Sí, quería el cuadro. Muscatello tenía la capacidad de crear demanda por una pintura por la que nadie pagaba un céntimo. ¡Era un genio! Hacía únicas las piezas de arte. Los cuadros, las esculturas, ¡hasta las armas! Todo adquiría valor luego de pasar por sus manos. ¡Ahora todo eso está perdido!

—¿Perdido? ¿Te refieres a que tenía deudas?

—¡Bah! Todos los empresarios tienen deudas.

—Y a él no le gustaba pagarlas.

—¡No fue por deudas! —Salermo alzó la voz—. Él ganaba mucho dinero. Te digo que vendió ese óleo por un valor excesivo.

—Los volantes en la calle, ¿él los distribuyó para vender el cuadro? —Ingrid le llenó la copa.

—No, fue la estudiante la que distribuyó los volantes. Cuando vi los volantes repartidos por la ciudad con el retrato, también pensé que era una estrategia de Hugo, tú sabes, para tener a todos buscando el cuadro. De hecho, eso hizo subir el precio.

—¿Por qué subió el precio?

—Piensa un poco: es una forma de crear demanda. Los compradores dicen: «Se robaron este cuadro, debe de ser costoso». O mejor aún, «Este es el famoso cuadro que robaron del Instituto Muscatello».

Ingrid se quedó callada. Salermo sabía que estaba borracho, pero era incapaz de parar. Quería orinar en la estupidez de Muscatello y llevarse la botella y a Ingrid a su departamento.

—No tiene sentido. ¿Por qué tanto trabajo por el lienzo de Giulia? —preguntó molesta.

—La verdad es que él también tenía una obsesión por esa chica.

—¿Qué tipo de obsesión? —Ingrid se acercó a él.

Salermo arrastró la silla hacia ella y le habló en voz baja.

—El maestro Febres nunca aceptó trabajar para Hugo, lo evitó sistemáticamente durante años, y que lo desechen es algo que Muscatello no toleraba.

Cuando la hija de Febres apareció en el instituto, supongo que fue su forma de desquitarse.

Desde allí andaba distraído. Fue la primera vez que aceptó a un retratista en el instituto, él no soportaba un mal detalle.

Le dio un trabajo nocturno y mayor espacio en el estudio de pintura.

Hugo no solía alabar ninguna obra. No era su estilo.

—Se rascó la cabeza, como pensando—. Con ella parecía intrigado, y cuando terminó el óleo, obsesionado.

Repetía algo sobre la mirada del cuadro.

Yo me limitaba a escuchar. Deberías de ver lo bueno que soy escuchando.

Como tú podrás imaginarte, no sé de pinturas, así que no podría decirte si realmente era el trabajo de tu compañera lo que le llamaba la atención u otro asunto.

Cuando supo que la chica Febres se había llevado el óleo casi enloqueció. Puso cámaras en todo el instituto.

—Entonces —tartamudeó—, ¿me estás diciendo que tenían una relación sentimental?

—Hasta donde yo sé, no. Pero ¿quién lo asegura?

Ingrid se mordió el labio con tal fuerza que se partió la boca.

—¿Antes de Giulia se había obsesionado con otras estudiantes?

—No, de ninguna manera. —Salermo se tomó una pausa—. A él no le gustan las estudiantes sino las mujeres como tú, atractivas e independientes.

Salermo sirvió el vino en su copa.

—¿Nos vamos?

—Quizás otro día.

Ingrid se levantó tan rápidamente que Salermo no distinguió cuando salió del bar.