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Ishsha
G iulia ya no gritaba. El lodo le había cubierto los ojos y la cara.
Resbaló en un vacío jabonoso y una roca le cortó el muslo.
Se agarró con las uñas y las puntas de los pies, mientras seguía descendiendo lentamente.
La luz del reflector que estaba sobre ella se hizo cada vez más lejana y el pozo se estrechó en espiral hasta que se encontró en completa oscuridad.
Giulia quiso volver a gritar, consciente de que lo único que la salvaría es que alguien la escuchase, pero tragó agua y una dolorosa quemazón descendió por el pecho.
Las paredes la aprisionaron como una boa apretando su cuerpo, el agua la inundó de frío y la punzó como cuchillos en su muslo y en sus pies.
—Ishsha. —Un suave tono grave.
Sintió que la tomaban del abrigo y la alzaban en peso; vio luz reflejada en las paredes.
Levantó la cabeza, buscando aire. El reflector parpadeaba descontrolado.
Lucca salió primero del pozo y luego la alzó a ella.
La recostó boca arriba, con las piernas aún en el orificio.
Podía ver la torre de metal sobre ella y el cielo tormentoso de luna llena.
El agua caía en gotas gruesas, pero no las podía sentir sobre la cara.
Lucca la levantó, alejándose de la zona del derrumbe.
La sostuvo boca abajo y ella tosió, vomitando.
Le retiró el pelo cubierto de lodo de la cara, que se pegó hacia atrás.
—Por poco no llego —dijo Lucca.
Su mirada era fija, con el entrecejo unido en una expresión concentrada.
El reflector parpadeaba iluminando su cabeza y espalda.
Reparó que el pelo claro no había perdido sus rizos, que el agua no resbalaba por su cara ni por los brazos y que la leva delgada y blanca lucía impoluta.
El agua caía a borbotones sobre ellos, pero él permanecía completamente seco.
—No temas, Ishsha—dijo.
Y se desvaneció.
Giulia estaba exhausta, miró a su alrededor buscando a Lucca, se agarró de una rama para impulsarse y su rostro quedó a pocos centímetros de un pequeño murciélago de ojos redondos y orejas pequeñas.
Extendió sus dedos y lo acarició en la base de la cabeza.
El bicho cerró los ojos, hipó de contento y extendió el cuello disfrutando el contacto.
Giulia no había registrado en su memoria cómo la había sacado del pozo, sin utilizar ni siquiera una cuerda, y se aferró a la sensación de haber sido alzada con firmeza.
El miedo, por primera vez desde que ella lo recordaba, la había abandonado.
Salió en dirección a la abadía y, a medida que caminaba, la esperanza de llegar antes de que Hugo tomase el lienzo se hizo mayor.
Le dolían los cortes de las manos, y especialmente el de la pierna; había perdido un zapato.
Estaba entumecida, pero se forzó a llevar un buen paso.
No tuvo que avanzar mucho, estaba aún dentro del campamento de la compañía El Pozzo Inc.
, cuando escuchó un sonido de motor. Reconoció el vehículo de mayor tamaño que la media de Hugo Muscatello.
Corrió hacia la garita abandonada, bajó la tranca metálica, y la sostuvo con su cuerpo con el objetivo de cortarle el paso.
El vehículo frenó de golpe a pocos centímetros de la tranca metálica. Hugo Muscatello se apeó precipitado del asiento del conductor. Un mechón de pelo oscuro le caía en el centro de la frente .
Giulia se apresuró a darle varias vueltas a la amarra que sostenía la tranca.
Luego escuchó como un rastrillo. Incorporó la vista.
Un disparo. Fue un sonido atronador, un fulgor cortante.
La bala dio contra la garita, a unos pocos centímetros de ella, el cemento salió disparado en varias direcciones, la tranca se abrió.
Hugo avanzó, rastrilló el arma y esta vez apuntó a Giulia.
—¡Alto! —escuchó un grito. Eran los frailes. Fray Moreto se adelantó hacia ellos.
Hugo paró sorprendido. Al distinguir el grupo de frailes dio media vuelta, ingresó al vehículo y se perdió de vista en el bosque.
El grupo rodeó a Giulia, quien tiritaba con violencia.
—¿Estás herida? —preguntó uno de los frailes.
—No —tartamudeó.
La tormenta había menguado. Escasas gotas de lluvia se deslizaban desde las copas de los árboles y el silencio cubría el bosque como una manta pesada.
—Vamos, acompáñanos a la abadía. —Fray Moreto se acercó a ella y le dio el brazo.
Giulia caminó cojeando. Le ardía el corte de la pierna y las piedras se clavaban en el pie en el que había perdido el zapato.
Sentía que el lodo seco en su piel se resquebrajaba en las rapaduras de los codos.
Aun así, permaneció atenta al camino, con la idea de que Hugo Muscatello saliera por un lado del bosque.
Giulia llegó a trompicones hasta la abadía. La acomodaron en una de las habitaciones de los huéspedes. El baño de agua caliente y un pijama grueso y el pan que le brindaron en el hospedaje le permitieron recuperar su temperatura.
Despertó cerca de las cuatro de la mañana con el cuerpo agarrotado. Incapaz de volver a conciliar el sueño, esperó a que amaneciera para salir del dormitorio. Se enfundó en unas sandalias, tres tallas mayores .
Al lado de su puerta, sentado en una silla de apoyabrazos gruesos y con un rosario entre las manos, se encontraba fray Moreto.
Su cuerpo, quebrado en una posición incómoda, parecía haber pasado la noche en la silla de madera.
A un lado de la silla, el perro ovejero dormía cuan largo era.
Levantó la cabeza y extendió las patas, desperezándose.
—Buenos días, jovencita —le dijo fray Moreto aún con las cuentas en la mano. Las pepitas del rosario tenían un color rojizo oscuro y desprendían un olor agradable, a rosas. Trató de sonreírle, era un señor amable.
—¿Cómo te encuentras? ¿Quisieras desayunar?
Pastor se levantó rápidamente y se sentó sobre sus cuartos traseros, moviendo la cola. Giulia abrió la boca. Luego la volvió a cerrar e hizo un movimiento negativo con la cabeza.
—No tengo hambre aún.
—¿Puedo preguntar? ¿Quién era el hombre que te disparó?
—Se llama Hugo Muscatello. Es el director del instituto donde estudié —dijo inquieta—. Puede estar cerca de aquí.
—Uno de los novicios memorizó la placa de su vehículo, así que ya hemos reportado a las autoridades —contestó fray Moreto—, no vendrá por acá. Pero, jovencita, necesito que me expliques qué hacías en la compañía de pozos.
Giulia suspiró.
—Empecé a estudiar hace dos años en el Instituto de Arte Muscatello, en Florencia. Yo siempre he querido dedicarme a la pintura, y se abrió la oportunidad de aplicar a la Galería de Milán.
—Es un hermoso lugar.
—Sí, lo es. —Giulia se alegró de que fray Moreto conociese la galería—. Yo apliqué a un programa que me permitía exponer y trabajar en la galería. Allí fue cuando las cosas se complicaron.
—¿Y por qué estabas en la compañía El Pozzo ?
—Hugo Muscatello se apropió del lienzo, pero luego yo lo recuperé. Me citaron allí, en la compañía, pero quien me esperaba era Hugo Muscatello.
—¿El lienzo del que hablas es el de Masseo de Marignano? —preguntó fray Moreto.
—Sí, aprendí de Masseo por Lucca y por las cartas que usted me envió.
—¿Qué dices? —Sus ojos, ligeramente enrojecidos, parecieron brillar—. Esas cartas llegaron a la abadía, algunas llevaban tu dirección, por eso las reenvié.
—Son las traducciones de los pergaminos originales que están en Giganti. Lucca me lo enseñó. Es una tela en forma de rollo, escrita en latín —sonrió—, también me tradujo la primera de ellas. Lo habla muy bien.
Fray Moreto la miraba con ojos muy abiertos.
—¿El que llamas Lucca fue quien te dijo que el pergamino original de la abadía de Roble estaba en Giganti?
—Sí —contestó Julia. Luego describió a Lucca y los encuentros que tuvo con él en el instituto y en Giganti.
—Ha tocado dos veces la puerta de esa abadía, pero no me reveló su nombre.
Giulia no supo qué decirle. Era muy propio de Lucca no contestar preguntas.
—A mí me decía «Ishsha», y ese no es mi nombre.
—«Ishsha». Significa mujer en lengua antigua.
—Ah.
—¿Recuerdas lo que él te tradujo?
—El pergamino habla de un joven que llamó fuerte y precipitadamente a la puerta de una ermita.
—La reliquia de la abadía de Roble es un pedazo de esa puerta —dijo fray Moreto.
Y entonces sonrió ampliamente, sus ojos se achinaron y unas carcajadas como agua dentro de un cántaro sonaron en la abadía—.
El joven Lucca quería que expusiésemos la reliquia —dijo fray Moreto.
El rosario se perdió en su sotana marrón—.
Pensándolo bien, él quería que tú vieses la reliquia. —Se paró de la silla—. Sígueme.
El frío de la mañana los golpeó en cuanto salieron al patio exterior.
El perro los siguió hasta llegar a la capilla y luego se alejó olisqueando los arbustos.
Fray Moreto hizo pasar a Giulia a la cámara que quedaba debajo del altar, en el sótano, por la puerta lateral.
Era pequeña, sin adornos ni molduras en el techo.
La temperatura y el silencio eran agradables.
En su parte central, sobre el cojín rojo, descansaba un pedazo de madera cubierta por un vidrio.
Fray Moreto hizo una genuflexión y luego de incorporarse retiró el vidrio.
Giulia se acercó con cuidado. Tocó la madera.
Retiró la mano de inmediato y miró a fray Moreto.
—Tómala —la animó con un gesto.
Giulia levantó la reliquia. Un trozo de tablón castaño oscuro.
Reconoció el tono rojizo de la madera que ahora sostenía entre sus manos y la forma nudosa de las vetas largas y morenas. Las que habían formado el rojo cadmio.
—Cuando Hugo tomó el lienzo, la pintura se raspó y tomó forma de madera magullada; los bordes se oscurecieron en la hendidura dando este tono violáceo.
Este pedazo de madera es igual al de la pintura en el cuadro de Masseo.
—Giulia pasó con delicadeza los dedos por la hendidura—.
Pensé que este defecto en el lienzo lo hacía inservible.
Ahora entiendo, Lucca quería que viera la reliquia, porque no hay nada que reparar en el óleo.
Con delicadeza, Giulia regresó la reliquia al cojín.