El secreto del lienzo 41
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El peregrino

F ray Moreto se sentía adormilado así que decidió quedarse de pie y atizar el fuego.

Puesto que era una noche fría, colocó los troncos más gruesos dentro del fogón.

El novicio Nocalla junto con fray Ingeniero recitaban la lectura Saludo a las virtudes mientras que los aprendices y frailes que pernoctaban en la abadía llegaban en grupos y se situaban alrededor de la chimenea; sus túnicas parecían una cordillera de montañas marrones.

Un llamado en la puerta: golpes fuertes, como si de un temblor se tratase, atravesaron las paredes de la biblioteca.

El fuego de la chimenea pareció dejar de respirar.

Nocalla interrumpió la lectura y con los ojos muy abiertos miró a su alrededor.

Los frailes, asombrados, se preguntaron quién llamaba de esta forma.

Fray Moreto hizo a un lado el atizador y a paso rápido se dirigió a la entrada, abrió los cerrojos y empujó la puerta de par en par.

—Fray Moreto, has abierto con prontitud. —El joven peregrino vestía una leva de viaje que le llegaba hasta los tobillos. Sonrió complacido y su pelo claro brilló a la luz de la luna.

—Siempre a su servicio. —Fray Moreto lo condujo al interior de la abadía. Caminó sin prisa, como detenido en el tiempo hasta llegar a la biblioteca .

El fray Cristóforo se levantó de la silla en cuanto vio llegar al joven peregrino. Los novicios, que habían suspendido las lecturas de la noche, se miraron unos a otros.

—El peregrino extendió un sobre con el sello de la vicaría.

—Esta es la manda firmada por el vicario. A partir del instante en que recibamos la misiva, la reliquia estará expuesta y los visitantes podrán tener acceso a ella —informó Nocalla.

—Pero —tartamudeó el fray Cristóforo— ¿a esta hora de la noche?

Los frailes miraron sorprendidos al joven peregrino, quien permanecía en silencio, esperando que ejecute la manda.

—Son las nueve de la noche y justamente nos disponíamos a realizar las Completas .

—¡Ah! —exclamó el novicio Nocalla—. ¡Las oraciones espirituales llenan tanto el alma! Ahora justo íbamos para la capilla.

—¿Qué clase de oración son las Completas ? —preguntó el peregrino.

—Las hacemos en la capilla —se apresuró a contestar Nocalla—. Escuchamos la lectura divina del día de hoy y cantamos en coro el canto solemne, una antífona en honor a la santísima Virgen María.

—Eso está muy bien —prosiguió fray Ingeniero—.

Las Completas encierran un significado en el que hemos trabajado todo el día: son el último oficio donde la jornada queda cumplida, es decir, completa.

De esta manera podemos retirarnos al descanso nocturno, poniendo en las manos de Dios nuestras obras y nuestras vidas.

—Bendito sea Dios —dijo el novicio Nocalla—. Además, debemos entregarnos al silencio antes del reposo nocturno.

—No es momento aún para ir a las Completas .

—Pero ¿por qué? —preguntó el fray Cristóforo—. Ya son más de las nueve.

—No hemos cumplido aún el último oficio que nos pide el día —dijo fray Moreto .

El fraile lo miró intrigado.

—Por obediencia debemos exponer la reliquia, fray Cristóforo —dijo fray Moreto.

—No está bien —insistió el fray Cristóforo—, sería una negligencia poner al alcance de los peregrinos tan valiosa reliquia.

—Es una solicitud a la que, por obediencia a nuestros superiores, no nos corresponde negarnos.

El grupo regresó la mirada al joven peregrino, pero este no les prestó atención. Se acercó al perchero, donde colgaba la maleta de Giulia.

—Ella me pidió que guardara su bolso —dijo fray Moreto—, entendí que regresaría por él pronto.

Una ligera arruga marcó el entrecejo de joven peregrino.

—Vino al monasterio al caer la noche. Dejó su mochila y salió en dirección a Pozos del Norte —agregó fray Moreto.

—Hemos tenido un día agitado —dijo el fray Ingeniero—. También tocó la puerta un hombre bien vestido. Preguntó dónde estaba el pozo hace poco más de una hora. Le dije que no había nadie en la noche, pero no escuchó.

—Considero una cosa odiosa la visita a aquel pozo tan propenso a accidentes —agregó el fray Cristóforo.

—Debo marcharme —anunció el joven.

Fray Cristóforo dio un respingo, como si perdiera piso. Debió de enojarse muchísimo, ya que se colocó frente al joven peregrino, cortándole el paso.

—Todo esto es una imprudencia. Exponer la reliquia es una imprudencia.

—Eres tú el que habla con imprudencia —contestó el joven.

Los frailes a su alrededor lo secundaron, pero el peregrino, pasando en medio de ellos sin que nadie se atreviera a detenerlo, se dirigió a la puerta .

Los frailes se miraron confusos.

—Algo no está bien —dijo fray Moreto.

—¡Pues concuerdo! Salir así, sin ninguna explicación. Es una falta de respeto. —El fray Cristóforo estaba rojo de ira.

Pero la preocupación de fray Moreto estaba lejos de la disputa. Tenía un horrible presentimiento que guardó para sí mismo.

—Vamos al pozo —pidió con voz cortada.