El secreto del lienzo 40
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Derrumbe

H ugo Muscatello conducía su vehículo a exceso de velocidad por la estrecha y curvilínea carretera que rodeaba al Bosque de Roble.

Era buen conductor, y la escasa iluminación de la vía y el golpeteo de la lluvia contra el parabrisas no eran para él un aviso de ralentizar la velocidad.

Se estiró hacia delante, incómodo, con ambas manos sobre el volante de cuero.

Disfrutaba dando paso a la ira, un arma de grandeza e inmunidad que no controlaba ni quería controlar, pero la intromisión de Giulia en su oficina había desatado en él un estado de descontrol y fastidio permanente.

Los números rojos del tablero de mandos marcaban las ocho y veintinueve.

¡Demonios! Según sus cálculos, y él no fallaba, Giulia estaría en el pozo y él recuperaría el óleo.

Estaba atrasado. Pisó el acelerador. Masculló una maldición cuando la curva le obligó a disminuir la velocidad.

Rebasó un par de camiones y un vehículo pequeño.

Sentía la boca seca y se la limpió con la manga; la velocidad le duró poco, una nueva curva.

—¡Maldita sea! —gritó dentro del vehículo.

Finalmente divisó la abadía en medio de los árboles.

Salió de la carretera principal y se desvió por un camino de tierra hasta llegar a la edificación.

Dejó el automóvil frente a la peatonal de entrada.

Su respiración formó una nube blanquecina mientras caminaba hacia una puerta maciza en mitad del muro que aislaba la propiedad del bosque.

Una aldaba de hierro tosco colgaba de ella.

La bateó con fuerza y esta chocó contra la madera, emitiendo un sonido casi inaudible que se le antojó burlesco.

Pateó la madera esperando hacer ruido. La puerta no se movió ni emitió sonido alguno.

Su irritación se calmó ligeramente al detectar un moderno timbre incrustado en el muro.

Timbró con insistencia, escuchó el tono cortante y agudo durante varios minutos hasta que casi quince minutos después un fraile de aspecto juvenil se presentó ante él.

—Creí que nunca abrirían —reclamó Muscatello—. ¿Qué se la pasan haciendo que no pueden atender?

—La abadía de Roble abre la puerta a todos los visitantes. —El fraile se acomodó las gafas—. Es una norma de la abadía dar refugio y atención al necesitado.

—Pues los necesitados morirán de hambre antes de que usted llegue —interrumpió Muscatello—. ¿Dónde está el pozo?

—Seguramente se refiere a la compañía El Pozzo Inc.

, desde que empezaron los trabajos suelen preguntarnos cómo llegar a su campamento.

Están trabajando carretera abajo para abastecer al pueblo y a la abadía de agua limpia.

¿Usted los conoce? Es una construcción fascinante: los pozos profundos crean unos sistemas potables bajo tierra, a menor costo que las presas de agua.

—¿Es acaso usted ingeniero o fraile?

—Primero, fraile.

—¿Está el pozo cerca de aquí?

—Muy cerca. Como a veinticinco minutos caminando carretera abajo, pero si va en automóvil serían unos diez minutos. Debe desviar a la izquierda en el camino de tierra hasta llegar al campamento.

—Lléveme allá. No tengo tiempo para andarme perdiendo .

—No puedo llevar a visitas al pozo, ni interrumpir mis labores por los peregrinos fuera de la abadía. Además, no le recomiendo ir. Va a llover.

—¿Le he pedido consejo, acaso? —Hugo estaba fuera de sí y este fraile no parecía o no quería entenderle.

—Es que es un poco tarde para una reunión en esas oficinas. No hay nadie a estas horas.

Hugo se retiró de las puertas de la abadía más irritado que cuando llegó. Había perdido un tiempo valioso discutiendo con un idiota.

Regresó a su vehículo. Prendió el motor y manejó con las luces bajas por el camino.

Pasó por una garita abandonada que tenía una tranca metálica abierta.

El aviso del cinturón timbró repetidas veces hasta que distinguió el reflector en lo alto de una estructura metálica, y apagó el motor.

Bajó del vehículo, ajustó su gabardina, aseguró la pistola en el bolsillo exterior derecho y en un movimiento mecánico se empujó el pelo hacia atrás.

El viento amenazaba tormenta doblando las ramas de los árboles iluminados por la luna llena.

Caminó sigiloso por la tierra. Unas gotas de agua cayeron sobre el puño de lana gris del abrigo.

El piso firme, cubierto de hojas húmedas, y los árboles, testigos silenciosos, esparcían en eco el susurro del viento y el crujir de las ramas.

La distinguió en cuanto llegó a una especie de claro.

Estaba de espaldas a él, sentada sobre una piedra.

El reflector de la torre de perforación, a cuatro metros sobre ella, la iluminaba directamente haciendo brillar el pelo cobrizo que caía sobre su abrigo.

Un ruido metálico cortaba el silencio de la noche: miró en dirección al sonido y distinguió en los contenedores del fondo unas oficinas cerradas con cadena metálica.

Avanzó despacio, escuchando cómo aumentaba el sonido del crujir de las hojas bajo sus pies.

Sentía la espalda tensa y las manos calientes.

Los árboles altos y la hierba húmeda del Bosque de Roble bordeaban el claro del campamento.

Rodeó una bombona de agua y dos tanques de lubricantes.

La construcción había eliminado la maleza y el piso estaba resbaloso.

Avanzó hasta que solo quedó el espacio vacío entre el pozo donde Giulia esperaba y la bombona de agua que lo ocultaba.

Giulia estaba sola, dibujando en la tierra con una rama.

—Nos volvemos a encontrar. —Muscatello avanzó rápidamente apretando los puños.

Giulia se incorporó de un salto; sin ver dónde pisaba, retrocedió enredándose con la malla de seguridad del pozo. La malla y las dos estacas que sostenían la cerca de seguridad que rodeaba el orificio cayeron con ella, perdiéndose en la tierra.

Muscatello quedó de pie, el lodo salpicó su traje. Luego escuchó un crujido seguido de un golpe seco. En un estruendo sordo el piso alrededor del pozo se desprendió y Giulia resbaló en el lodo, como en un embudo.

Hugo retrocedió unos pasos, alejándose del derrumbe y del agua alrededor del orificio.

Giulia se asió a la tierra de los alrededores, pero solo consiguió agrandar la entrada del pozo.

Finalmente, se quedó quieta. El pelo y la barbilla se le habían llenado de lodo, tenía los brazos extendidos para poder agarrarse de la superficie.

Hugo supuso que no tenía apoyo en los pies, pues empezó a resbalar en cámara lenta.

La superficie en el área del derrumbe y alrededor del orificio filtraba agua, así que se mantuvo a distancia, celebrando su buena suerte.

—Mira todo lo que has ocasionado —dijo Hugo.

—¡Ayúdame! —gritó Giulia.

Hugo se acuclilló frente a ella, sin acercarse.

—Eres una inconsciente, por eso estás metida en un pozo lleno de lodo. Embarrada hasta el cuello.

Giulia lo miró desesperada.

—¿Dónde está el óleo? —Avanzó hacia ella, esperando una respuesta. El agua alrededor del orificio se extendió hasta tocar los zapatos de cuero de Hugo. Se detuvo en seco y retrocedió.

Al ver cómo se alejaba, Giulia se impulsó con fuerza y la tierra se deshizo. Resbaló y esta vez sus manos se perdieron de la superficie.

—¡Sácame! —gritó.

—¡¿Dónde está?!

—¡En la abadía! —Giulia estaba desesperada— ¡No puedo sostenerme!

—Te lo buscaste —contestó Hugo.

La tormenta tomó fuerza y las gotas de lluvia se juntaban descendiendo en forma de pequeños riachuelos por la apertura del pozo.

Hugo caminó hacia los contenedores y examinó las ventanas.

Se cercioró de que las cadenas estuvieran cerradas y las oficinas desiertas.

La luz del reflector que colgaba de la torre de perforación y el foco de las improvisadas oficinas no eran la luz perfecta para un análisis exhaustivo, pero suficiente para comprobar que no había guardias ni personal de oficina.

—¡Ayúdame Hugo! ¡Por favor!

—Al fin me dices Hugo —masculló para sus adentros.

Los gritos de Giulia se escuchaban lejanos y esparcieron su frecuencia.

La cadena de la oficina tocaba su acorde impulsado por el viento de la tormenta.

Hugo metió las manos en su chaqueta y caminó hacia su vehículo.

Era ya entrada la noche y se encontraba además lejos de la ciudad, así que recuperaría el óleo de la abadía y, con un poco de velocidad, llegaría a tiempo de embarcarlo en la mañana.

Pisó en falsó y resbaló, ensuciándose la leva.

—Mierda.