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El mensaje
L o primero en lo que se fijó fue en que la puerta de su ático había sido forzada: pisó los platos rotos y se topó con el sofá volteado, su suéter y las camisetas en el piso.
Le revolvió el estómago que unas manos desconocidas hubiesen tocado su ropa.
El olor a intruso estaba pegado en el ambiente, como si su pequeño espacio hubiera sido trasquilado, despojado de alma y luego engomado de sudor y suciedad.
Giulia fue a su pequeña cajonera: su ropa interior y sus fotografías.
Los cajones estaban abiertos y el dinero de la renta, desaparecido.
No creía que un ladrón común subiera hasta un sexto piso, así que supuso que Hugo había venido por el óleo.
Ella lo había cambiado de ubicación justo a tiempo.
Empezó a recoger la ropa y los libros a toda velocidad y meterla de cualquier modo en un bolso.
Pero, luego del frenesí, se sentó sobre el colchón viendo el techo inclinado.
Ni siquiera tenía dinero para considerar mudarse.
Se fijó en la pequeña planta de bambú que había sobrevivido en un vaso de vidrio, con sus hojas extendidas como una bailarina sobre el desastre.
Trancó la puerta con el sofá, durmió poco, sin cenar y con la ropa puesta.
Se levantó más tarde de lo usual, barrió, recogió los vidrios y pasó el paño.
Limpiar le ayudaría a pensar, estaba arrodillada en el suelo cuando la sobresaltó el timbre.
Era el notario Carlo Mancini, su casero.
Estaba agitado, seguramente por el esfuerzo de subir las escaleras.
Llevaba el cabello blanco despeinado hacia atrás y sus ojos azules la miraban desde su altura de magistrado.
—Su amigo llamó. Aquí está el mensaje. —Le entregó un papel arrancado de libreta, escrito en letras temblorosas:
Te espero hoy en el pozo de la abadía del Roble, a las nueve de la noche. Trae el óleo.
Giulia lo leyó dos veces.
—¿Lucca le envió este mensaje?
Mancini se alzó de hombros.
—Esa es toda la información que recibí antes de que se perdiera la llamada.
—¿Se perdió la llamada? —preguntó Giulia, ligeramente alarmada—. Gracias, doctor Mancini.
—Siempre he sido una persona responsable y eficiente, no en vano me confiaron tantos escritos en la notaría —dijo mientras se alejaba en pequeños pasos.
Giulia guardó la nota del notario en el pantalón y, con la esperanza de conseguir un boleto a tiempo, llamó a Carina, quien vivía cerca de la estación.
—Hoy no puedo acompañarte —dijo Carina.
—Está bien. —Giulia se fijó en la hora—. Voy a recoger el óleo de la abadía y toparme con Lucca.
—¿Lucca? ¿El que buscabas en el instituto? —preguntó Carina.
—Sí, el mismo. Me dijo que llevara el óleo.
—¿Se lo vas a dar a él? —preguntó Carina.
—No lo sé.
—¿Entonces ya descubriste quién era? ¿Cuál es su apellido ?
Giulia abrió desmesuradamente los ojos como si se hubiera pasado una luz roja.
—Ni siquiera sabes su apellido.
Ambas estallaron en una ruidosa carcajada.
—Él no contesta mis preguntas. Pues hoy voy a averiguar todo. Tendrá que decirme quién es.
Lo dijo de la boca para afuera. ¿Cómo explicarle a Carina que Lucca insistía en que vivía desde hacía más de un siglo?
—¿Conoces el horario del tren?
—Sí, ya partió el tren de la mañana, pero hay una salida en la tarde en el que puedes embarcarte. ¿Vas por el día? —preguntó Carina—. Hacen buen pan allí.
—Qué curioso, lo mismo dijo Lucca.
Giulia llegó a Roble sin mayores contratiempos y siguió por el tramo que rodeaba el pueblo y se internaba en el bosque.
Dejó atrás las humildes casas de campo, los ruidos de los vendedores y las calles adoquinadas.
Era la segunda vez que recorría ese camino de árboles con troncos altísimos.
La luz penetraba entre las hojas de bordes sinuosos, que se acercaban sin tocarse, como si el espacio entre ellos fuera parte del bosque.
La temperatura empezó a descender cuando divisó la abadía, así que apretó el paso para entrar en calor.
Llegó cerca de las ocho, tocó la puerta varias veces, la noche cayó abrupta.
Finalmente se abrió la puerta.
—Bienvenida, joven Giulia.
—No me ha olvidado, fray Moreto.
—Vamos, no estoy tan viejo como para olvidar a quien he visto por estos días.
Giulia sonrió.
—Debo llevar el lienzo a la compañía de pozos. ¿Es cerca de aquí?
—Sí, bastante cerca. Las oficinas están bien iluminadas, en el área de construcción del pozo. Sigues por el camino de piedrecitas hasta toparte con uno amplio, de tierra. A pocos pasos, a mano izquierda, encontrarás el campamento.
Giulia acompañó a fray Moreto a la biblioteca, que tenía prendida la chimenea. Allí estaba su óleo, sobre la inscripción.
—Va a llover, te aconsejo llevar abrigo.
—Gracias por el aviso, fray Moreto. Pensándolo bien, no quisiera que se moje el óleo. Giulia tomó su abrigo. ¿Puedo dejar también mi bolso? Voy por mi amigo y regreso en poco rato.
—Seguro. —Fray Moreto colgó el bolso a un lado de la chimenea—. Lo dejamos aquí.
Giulia se sintió inquieta al dejar la seguridad de la abadía y regresar al bosque, pero la idea de toparse con Lucca la calmó.
El pozo no estaba lejos, las luces se veían desde la abadía.
Fueron veinte minutos en un camino de bajada en dirección a la montaña, y pese a que la luna brillaba con fuerza, a Giulia se le antojaba que la luz era insuficiente.
Apretó el paso, quería llegar a las oficinas del pozo lo más pronto posible.
Llegó a un claro donde había maquinaria moderna de perforación profunda.
En una torre de alrededor de quince metros de alto, colgaba un reflector industrial que iluminaba el perímetro.
Giulia se estremeció al ver una gran cantidad de murciélagos volando por la estructura.
Otras máquinas de hierro anaranjado se encontraban a un lado, y el pozo, un orificio de un metro de diámetro, permanecía a la intemperie.
En lo que parecían antiguos contenedores, se habían adaptado toscas oficinas que estaban cerradas con una cadena metálica y un candado de llave, que chirriaban con el viento irregular de la montaña.
El campamento estaba desierto y la tierra, libre de arbustos, pantanosa.
Pozos del Norte era una compañía gigantesca y ella había supuesto que el lugar donde Lucca la había citado sería una gran oficina o por lo menos estaría cerca de un lugar más transitado.
No le hacía sentido encontrarse en un lugar tan desierto.
Las copas de los árboles se movían erráticas y la cadena metálica golpeaba cada vez con más insistencia el contenedor de las oficinas.
Le daban miedo las formas del bosque, y el chillido de los murciélagos no ayudaba.
Tenía este impulso de regresar a la abadía.
«Vamos, Giulia, no seas irracional. Se trata de Lucca.
», se dijo a sí misma. Por más que buscó no encontró sentido a su inquietud.
Decidió escuchar a su parte lógica y se sentó cruzada de piernas en una piedra al pie del pozo.
Dos gotas de lluvia cayeron en su zapato. Eran las nueve y cinco.